Colombia, un tesoro vivo


Voy a empezar contándoles lo poco que sé —dijo el viejo Jacobo. —Colombia está localizada en el noroeste de Suramérica. Esto le trae muchas ventajas. Una de ellas es que tiene costas en dos océanos: el Atlántico y el Pacífico. La otra es que hace miles de años muchas especies de animales y de plantas, en su viaje por el continente americano, tanto de norte a sur como de sur a norte, hicieron de Colombia su casa. Por eso, y por la variedad de ecosistemas, Colombia es uno de los pocos países del mundo considerado megadiverso. ¡Un solo árbol de una selva colombiana puede albergar más diversidad que la de todo un país europeo!

—¡Yo sé que en Colombia hay hasta desiertos! —dijo David—. En el sur está el desierto de la Tatacoa, y en el norte está el gran desierto de la Guajira. Mi papá pasó varios días allí con la comunidad Wayúu, que vive entre Colombia y Venezuela. Me contó que los wayúu dan mucha importancia a los sueños, que las mujeres hacen lindos tejidos, y que para ellos la riqueza se cuenta en el número de chivos que tengan.

¡Un amigo de mi papá vive en el Amazonas! —dijo Rosana, contenta por poder contar su historia—. Él me dice que el río Amazonas es tan grande que si te paras en una orilla no puedes ver la otra, como si el río quisiera ser un mar. Cuenta que los indígenas Huitoto, con los que vive, se mueven hábilmente en la selva, como dentro de una gran ciudad hecha de árboles, ríos y lianas, y que en los días de fiesta preparan sus casas o malokas, se ponen sus máscaras y hacen retumbar los tambores de maguaré por toda la selva para llamar a los invitados. ¡Hasta los delfines rosados salen a ver de qué se trata la fiesta!

Mi familia —dijo Miguel, que se moría de ganas de hablar— llegó desde Córdoba hasta Necoclí. Así como nosotros, mis tíos se fueron a otras partes del país. Cuando todos los primos nos reunimos, jugamos a decir: “En mi casa tengo mangos… ¿Y en la tuya?”, y cada uno va mencionando cosas que se encuentran cerca al lugar donde vive. Jugando me he dado cuenta de que todas las regiones son muy distintas: cambia el clima, la comida, los oficios, la música, los animales, el paisaje, la familia, los medios de transporte, las leyendas, los dichos, los vestidos, el acento, y hasta cambia la palabra para llamar a los amigos.

Mis abuelos —dijo David, que también quería que lo oyeran— me hablan en emberá. Por ejemplo, para saludar me dicen: bia ewari. Ellos me cuentan que en Colombia se hablan, además del español, 65 lenguas indígenas. También hay una lengua de origen africano: el palenquero, que se habla en un municipio del Caribe colombiano llamado Palenque de San Basilio. Sé que los raizales, en San Andrés y Providencia, hablan su propia lengua, y que los gitanos hablan también su lengua, el rom. Mi abuela me dice: “Esto es un tesoro, David, porque cada lengua es como un gran mundo de susurros”.

Yo conozco el Pacífico —dijo Rosana, emocionada—. Todas las vacaciones voy a Nuquí. A veces salgo a explorar la selva con mi abuelo. Él me enseña a diferenciar el canto de cada uno de los pájaros y a mantenerme alerta, sobre todo de una ranita dorada que es la más venenosa del mundo. Cuando salimos a la playa, podemos ver las ballenas jorobadas, que llegan en julio buscando aguas más templadas para tener a sus hijos, los ballenatos. Y por las noches me gusta bailar con mis primas la danza del currulao al ritmo de la marimba, vestida con una falda ancha y blanca. ¡Para mí es la mejor época del año!

Mis amigos —dijo Miguel— viven en la Orinoquía. Cuando fui a visitarlos, monté a caballo por los llanos y aprendí de los viejos algunos trucos de vaquería. Después de galopar varias horas, llegamos adonde los vecinos más cercanos. Allá dicen que la lluvia y el sol compiten, porque en invierno la lluvia convierte los caminos en ríos, y en el verano el sol convierte los ríos en caminos. Mis primos me prometieron que la próxima vez visitaríamos la Macarena, una serranía en la mitad de los llanos donde corren ríos de mil colores. ¡Dicen que el fondo de los ríos parece la olla de un gran mago!


Yo quiero contarles a Jacobo y a los niños de otros países lo que la maestra nos enseñó —dijo Rosana—. Ella nos contó que los pueblos y ciudades en Colombia forman un pastel de varios pisos que se ha armado durante los siglos. La primera capa de este pastel son las ciudades de los pueblos indígenas que ya desaparecieron, como Ciudad Perdida, en la Sierra Nevada de Santa Marta, o San Agustín, en el Huila. Luego, están las ciudades que nacieron en la época de la Colonia Española, como Popayán, Barichara, Santa Fe de Antioquia, Mompox, Cartagena y el barrio La Candelaria en Bogotá.

Todavía te falta algo —dijo David—, porque luego están las ciudades que se formaron después de la independencia del país. Hoy en día —añadió—, Colombia tiene, además de Bogotá, muchas ciudades importantes como Medellín, Cali, Barranquilla y Bucaramanga; la maestra dice que estas ciudades forman una red que hace fuerte al país. —¡Yo fui a Medellín! —les dijo Rosana—. Es una ciudad muy bonita, con árboles de todos los colores. Allá me contaron que a esta ciudad la llaman la ciudad industrial de Colombia, porque allí se fundaron y crecieron muchas empresas. En Medellín conocí el metro y el metrocable, un teleférico que une los puntos más empinados de la ciudad. Medellín es una ciudad que ha crecido sobre un valle y que está protegida por montañas.

En Bogotá viven mis tíos —dijo Miguel, que quería contarles sobre su viaje a la capital—. Cuando fui, conocí el Museo del Oro, donde están los tesoros de los pueblos indígenas que vivieron en Colombia antes de la llegada de los españoles. Estos tesoros han viajado por varias ciudades del mundo fascinando a todo el que los ve. Allí hay esculturas de piedra, ollas y vasijas de cerámica, y muchos objetos que hicieron parte de la vida cotidiana y de los rituales del pasado. Pero lo que más me gustó fueron los objetos de oro. En el centro del museo hay un espacio que se va iluminado hasta que aparecen un montón de barcas, joyas, animalitos y pectorales de oro. ¡Yo quisiera ser arqueólogo para recuperar los secretos de las culturas del pasado!

En Bogotá —continuó Miguel— también está el Palacio de Justicia, el Capitolio Nacional y el Palacio de Nariño, en donde vive y trabaja el presidente de la República. Estos tres edificios están ubicados en la Plaza de Bolívar. Mi tío me contó que esta misma plaza se repite, más pequeña, en casi todos los municipios de Colombia, con la estatua de Simón Bolívar en el medio.

Yo sé quién es Simón Bolívar —intervino emocionado David—. Él fue quien comandó los ejércitos en la guerra de independencia para liberar a Colombia, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Perú de la Corona Española. Después de lograr la independencia de España, Bolívar soñó con la idea de crear una gran república, conformada por estos cinco países, que fuera respetada por todo el mundo. Cuando era niño, tuvo un maestro llamado Simón Rodríguez, al que siempre recordó por su alegría para enseñar y por su amor a la libertad.

¡Ahora yo quiero contarles del Carnaval de Barranquilla! —saltó diciendo David—. Durante los días de carnaval, viene a la ciudad gente de todo el país a bailar y a gozar de las fiestas. La gente desfila por las calles en comparsas, disfrazada de personajes como la Marimonda, Joselito, la negrita Puloy y el Rey Momo.

Yo quiero decir algo más—les dijo Rosana—. Colombia tiene alrededor de 1.900 especies de aves. En la tierra tiene animales grandes como el tapir, el puma y el jaguar; medianos como el tigrillo y la guagua; pequeños como la comadreja y ciertas especies de venados; lentos como los osos perezosos, y saltarines como los monos. En el agua nadan millones de peces, y en algunas ciénagas se pasean animales gigantes como los manatíes y juguetones como las nutrias.

En vacaciones —dijo Miguel—, cuando todos nos reunimos en la casa de los abuelos, cada familia debe hacer el plato típico de su región. Comemos ajiaco, sancocho, viudo de pescado, tamales, posta, sopa de mute, fríjoles, lechona y ternera a la llanera. Un día, a mis tíos de Santander les dio por llevar hormigas culonas. Son tostadas y deliciosas, y saben parecido al maní. A los niños nos fascina el mango biche con limón y sal, y siempre nos asomamos a la cocina para probar alguno de los dulces que cocina mi abuela. Ella hace arequipe, tortas, merengues, bocadillos, mermeladas, manjar blanco y gelatinas de todos los sabores.

Ya veo que saben mucho de Colombia —les dijo el viejo Jacobo—. Y eso me parece muy bien, porque conocer el país es mucho más que aprenderse un montón de fechas y de nombres: es ser consciente de sus saberes, de sus conflictos, de sus riquezas y del largo proceso de encontrarse y de reconciliarse unos con otros. Estoy seguro de que si muchos niños más reconocen y valoran todo lo que tienen, Colombia puede llegar a ser como una in-mensa y bella trenza de cantos, ideas, sabe-res y colores, donde todos tengan un lugar.