Cuturú, Donde está el oro, está la casa del minero

Situado a orillas del río Nechí, es un corregimiento de Caucasia, municipio al norte de Antioquia - Colombia. Población: 3.800 habitantes.

Actividad principal: Minería de aluvión.

Temperatura 28°a 35° centígrados.

Donde está el oro, está la casa del minero

La vida del minero tiene un solo problema: ¡¡pronto pobre..., pronto rico!!
Isidra Mina, barequera


“En el río Nechí, el oro nunca se acaba”, aseguran confiados los habitantes de Cuturú, población a orillas de este río. El poblado está a tres horas por carretera, o a cuatro en lancha, de la cabecera municipal, Caucasia, en Antioquia. En invierno, el río arrastra oro y “ceba las playas”, dicen. Cuando merman las lluvias, hombres, mujeres y niños, se dedican a mazamorrear, es decir, lavar con ayuda de bateas las arenas superficiales del lecho del río. Pasan horas y horas con el cuerpo doblado, girando la batea hasta que aparecen las ‘pintas’ de oro. Los mineros más duchos plantan sus dragas hechizas en medio de la corriente para chupar, del fondo, la tierra ‘útil’.

En invierno, las cosas cambian: el río esconde las playas y es riesgoso colocar dragas; la corriente las puede arrastrar. Trabajan entonces en tierra firme; abren enormes agujeros que se convierten en pozos de aguas lluvias y persiguen ahí ‘la pinta’ del oro.

Cuturú nació como sitio donde se aprovisionaban de leña los barcos que subían por el río Nechí. “Había personal que sabía qué día llegaba el barco y mantenía un poco de leña”.

Así, poco a poco, se formó el poblado. Luego vino la minería, las talas de madera, el arroz; se acabó la agricultura y vino de nuevo la minería...

“Cuando yo me levanté, todo el pueblo era minero; en ese sistema me críe”, dice Wilson Fernández. De pequeño iba con su mamá y hermanos a barequear –como llaman también el mazamorreo–. Luego, cuando supo que no podía seguir los estudios, le puso atención al trabajo con draga; pensó que era un oficio bueno y definió su destino. Se hizo buzo, la tarea más difícil. Desde hace 20 años, pasa al menos seis horas al día, en la mitad del río Nechí o hundido en pozos, a unos 10 metros, cateando –buscando– el oro y guiando desde allá abajo a sus compañeros de cuadrilla. Resiste tanto, porque un compresor, en la superficie, le manda aire por una manguera que él mantiene en su boca.

Lleva dos mangueras: con una echa un chorro de agua, para desmoronar la tierra; la otra chupa la tierra succionada desde arriba con motobomba. Esta tierra llega a cajones de madera, de fondo enrejado y forrados con costal. Allí, con ayuda del mercurio –el único metal líquido– se atrapa el oro.

Wilson prefiere bucear en el río. Es menos peligroso; en tierra firme la tierra es más alta y es riesgoso que se desbarranque y se le venga encima. En el río, se hunde, busca el fondo y, de frente a la corriente, cava un hueco de cinco metros. Ahí se entierra. “El fondo del río es arena; la arena va bajando y uno la siente”.

Al comienzo, la corriente lo golpea. Después la siente pasar por encima; en medio de esa revoltura no nota si hay o no peces.

Día a día

A las cinco de la mañana los mineros de este caserío, donde la referencia es una cancha de fútbol que parece ocuparlo todo, o las cantinas a orilla del río, están en pie. Toman café con leche y se preparan para ir al trabajo. Se desayunan con arroz, yuca, carne, plátano, bocachico o ‘ensopado’ de bagre. Algunos llevan su almuerzo a la mina en ‘portas’ –portacomidas– y en un plástico va gaseosa o agua. Se ha perdido mucho la costumbre de la zarapa: arroz, pollo, carne, envuelto en hojas de bijao, heredada de los campesinos de Córdoba que poblaron hace muchos años este valle.

A pie o en bicicleta van al río o a las minas en las afueras del pueblo. Ahí, en medio de barrizales, unos buscan el oro ayudados con máquinas: dragas, motobombas, ‘dragones’.

Los mazamorreros van detrás de ellos, con sus bateas, lavando una vez más la tierra que otros ya han lavado. Han esculcado tanto el suelo, que el paisaje que rodea a Cuturú es amarillo, sin verde, lleno de agujeros y montículos de tierra estéril. Todo el terreno está volteado; sólo hasta hace poco empezaron a reforestar.

En cualquier árbol, al pie de la mina, cuelgan sus bolsas… No acostumbran llevar radio: “con la bulla del motor de los dragones no hace falta”. Están en un sitio hasta que el oro se pierde. Entonces cogen sus dragas y bateas y se van a escarbar más adelante.

El minero es nómada


El minero auténtico es nómada, aventurero, “desapegado a las cosas”; los de esta región del Bajo Cauca saben que el oro se regó en medio del río Nechí y del Cauca. Si llega la noticia –entre ellos pasa de boca en boca– sobre una mina nueva, no importa el lugar, cogen su batea, dos mudas de ropa y se van.

Algunos han llegado hasta Chocó, o a la serranía de San Lucas, que se ve allá lejos, al otro lado del río, cerrando un paisaje amplio y plano. Junto a la mina levantan sus campamentos: ranchos de madera y paja. Viven ahí hasta que la ‘pinta de oro’ se agota. Sólo entonces regresan con sus familias. Y es común que anden solos; como conocen toda la zona, en cada sitio consiguen compañeros y arman sus cuadrillas.  La violencia atajó un poco ese espíritu aventurero; “antes nadie molestaba al minero”, lamentan.

La minería es un oficio que agarra: “da más platica que ser jornalero”, “en la mina es trabajo limpio, puede venderse al que sea sin que nadie lo esté atacando”, “la plata se la entregan a uno mismo”, “uno trabaja en la mañana, y en la tarde puede tener en el bolsillo el dinero”, “es un trabajo ‘elegante’; no tiene uno que voltear para vender”; son las excusas que usan para vivir aferrados a su oficio.

Pero saben que hay días con suerte y otros en los que se pasa en blanco. Pero a veces, así como llega el dinero, se va. El minero es parrandero…, “es la dicha del minero”, dicen.

Los que trabajan en equipo ‘ajuntan’ la producción y liquidan cada dos semanas. No desconfían del compañero: “el oro no quiere desconfianza”, dicen, y están seguros de que si en una cuadrilla un minero recela de otro, se pierde el oro. Por eso, a la hora de escoger compañeros, son cautos para que no aparezcan peleas que espanten el oro.

Y existen agüeros sobre la forma de amarrar la ‘bola’ de oro –al oro que sale en polvo, se le echa una gota de mercurio y se amalgama formando la bola–. Es de mala suerte, dicen, hacerlo con algo distinto a un hilo amarillo. Jamás usan cauchos o cordones. La bola la guardan, formando ataditos, en papel celofán, transparente o papel de cigarrillo. La cargan en los bolsillos pequeños del pantalón o la guardan en termos. Así la llevan donde los compradores, que luego revenden ese oro, en poblaciones más grandes río abajo.

Trabajo

El mazamorrero va lavando y lavando la tierra, la arena. La arena va menguando y las pintas de oro van quedado pegadas a la batea. Pasan largos minutos agachados, quietos, ensimismados. Para un extraño es difícil distinguir las diminutas manchas brillantes, las ‘cuentitas de oro’. La ‘draguita’, ‘dragón’ o ‘entable’ –lo llaman de las tres formas– es un invento del minero local.

Todos hacen de ingenieros y con piezas hechizas lo van ensamblando. Madera, canecas, cajones, costales, tubos viejos..., todo sirve. Se agrega la bomba y el motor. Dura unos dos años, “depende del uso y cuido”. Lo cargan para donde haya orito, “es una parte del sustento de uno…”. El buzo usa un compresor, para obtener oxígeno. Le adapta un pedazo de manguera para respirar. Puede demorar el día entero abajo, “lo que uno quiera”… El aire lo gradúa desde arriba: “El aire fuerte le rompe a uno la boca, le friega los labios…”.

La batea la lleva a la casa o la deja en el monte escondida… Aunque hay plásticas, es mejor la de madera –“el oro se establiliza más”–. Lo que dure depende del cuidado del dueño, que la cargue bien, que no se vaya a quebrar.

El minero llega donde el comprador con el oro azogado con mercurio. En un horno se quema y con un soplete se le saca el mercurio; por una tubería se bota lejos. Luego se enfría con ventilador y ahí se ve la calidad del oro, su pureza. Es un cálculo que se hace al ojo. El oro verde, por ejemplo, es de ley bajita. Después se funde. Así lo llevan al Bagre, a una hora en bote por el río. Allí se vende a precio seguro, porque hay máquinas que miden la pureza del oro.

La minería de filón es la subterránea, la de veta. La de aluvión es la de superficie, la de rebuscar en la tierra el oro que ha arrastrado el agua, la lluvia, desde las vetas. En Colombia, la mayor parte del oro es de aluvión.

Lo que no logran explicar en Cuturú —“eso lo sabrán los geólogos”— es porque el oro de aluvión del margen derecho del río es de menor calidad que el del otro lado del río, “da mejor ley”.

La pasión de ser minero

Para los hermanos Builes, la minería es una pasión: “es como el reto de uno contra la naturaleza”. Apuestan a sacar oro donde otros no han podido.

Aprendieron de su padre, que trasteaba, con sus mulas y sus bateas, para donde supiera que había una veta. Sus hijos asumieron un nuevo reto: producir mejor y de manera más tecnificada y fácil.

Cuentan con orgullo que son los ‘culpables’ del salto de la minería tradicional a trabajar con maquinaria: retroexcavadoras y buldóseres. “Antes se llevaba el agua a la mina, y la revolución fue llevar la mina adonde está el agua…”. Para eso, se utilizaban volquetas de doble transmisión que cargaban el material hasta las tolvas donde se lavaba.

Ahora, lo primero es perforar la tierra, hacer huecos y ‘catear’. Si hay cantidad suficiente de oro, se hace el montaje. Es un proceso costoso. Ocho mil galones de combustibles al mes, el ‘horaje’ de la máquina para sacar la tierra estéril y recuperar la tierra útil. Ésta, con excavadora y agua a presión, se lleva a una elevadora, de hasta 12 metros. Ahí, entre cajones metálicos con mallas de costales, donde hay mercurio queda atrapado el oro…

El dueño del terreno donde está la mina cobra “dependiendo de la conciencia que tenga”. Puede ser un 10% de la producción total o por ‘puestos’. En un entable de draga, por ejemplo, lo ganado se divide en puestos: tres, los trabajadores; tres, la draga y uno para el dueño de la tierra.

Cantando se va a “playá”

Sea ‘playando’ o en la pila, Isidra canta mientras mueve la batea. “Hay que estar alegre, divertida, cantando y trabajando”: Nosotros somos los compañeros que aquí venimos a trabajar con barretones y bateitas el oro vamos a buscar.

Es una canción que aprendió desde niña. Cree que si uno está bravo, no consigue el oro, lo mismo que si muestra angustia.

“El oro es celoso. Tampoco uno puede estar diciendo: ‘Ay, Virgen del Carmen...’. No puede decir así. Hay que invocar a San Francisco Limosnero:

San Francisco Limosnero vení a mostrarme mi suerte vení a mostrarme mi suerte...”.