De carriel al hombro

Jhon Jairo Agudelo, al igual que su padre, sus cuatro hermanos y sus tres hijos mayores, se dedica a hacer carrieles en Jericó. Todos ellos forman una familia que conserva vivo un oficio que lleva más de cien años vigente.

La tradición comenzó en 1895 cuando el español José Manuel Bermúdez llevó a Jericó dos bolsos traídos de España. Los artesanos de entonces, que se dedicaban a hacer monturas y enjalmas, copiaron estos bolsos, les pusieron pelo de animal, varios bolsillos y así crearon el guarniel, que luego se hizo famoso en Antoquia y en Colombia con el nombre de carriel.

El diseño de este bolso era muy particular, pues tenía que tener tantos bolsillos como objetos cargaran los arrieros en sus largos viajes de Jericó a Medellín. En ellos, los arrieros guardaban la barbera, el yesquero, la aguja capotera, el escapulario, las cuentas, los dados, los tabacos y la vela. Y en los bolsillos secretos escondían los amuletos, la estampa de la Virgen del Carmen, el pañuelo con el perfume de la novia, las cartas y el jabón de tierra.

El oficio llegó a extenderse tanto como la arriería y hubo un momento en Jericó en que hubo más de 40 guarnilerías. En una de ellas comenzó a trabajar Darío Agudelo, el padre de esta familia, quien luego se independizó y fundó su propio taller. “Yo no tengo más que darles sino este arte”, le dijo Darío a sus siete hijos, y cinco de ellos continuaron la tradición.

Ellos han sabido adaptar los carrieles a los nuevos tiempos. Cuando las mujeres los comenzaron a usar, hicieron un estilo para ellas. Cuando los niños los llevaron, hicieron unos más pequeños. Hoy hacen portafolios con estilo carriel, estuches de celular, correas, sandalias y carteras.

Pero por más innovaciones que ensayen nunca han dejado de hacer el carriel de siempre, el que han usado presidentes, el mismo que un Papa se llevó como recuerdo, el que a Jericó le ha dado fama y un oficio a los Agudelo de tres generaciones.

La generosidad

Para que un oficio se mantenga vivo es necesario que quienes lo saben hacer sean generosos con su conocimiento y lo enseñen a los más jóvenes. Este proceso es acumulativo: los padres reciben el conocimiento de los mayores, le ponen su propio sello, luego se lo entregan a las siguientes generaciones, que a su vez lo enriquecen.