De por qué el armadillo lleva a cuestas una pesada concha

Valeria Baena



En la Gran Selva vivía un armadillo al que no le gustaba la compañía de nadie y prefería vagar sin rumbo por el campo. Así pasó mucho tiempo, hasta que un buen día su vida cambió para siempre.

Aquella mañana se levantó y se fue a tomar un baño en el río. Luego de caminar un buen rato, se detuvo bajo un árbol a descansar, y en ese momento se le acercó una enorme anaconda a pedirle ayuda para desenredar la punta de su cola, atascada en un matorral. El armadillo le respondió:

—La verdad, señora anaconda, es que hoy tengo bastante prisa, pues antes del mediodía tengo que llegar al río, del otro lado de la Gran Selva. Disculpe, pero ya vendrá alguien que la ayude.

Dicho esto, el armadillo tomó su morral para seguir su camino, dejando a la anaconda atónita pues no esperaba semejante respuesta de un hermano de la selva.

Al llegar a su destino, el armadillo se zambulló en el agua fresca. Al cabo de un rato decidió to-mar una siesta en la orilla. Entonces un delfín se le acercó y con voz suave le dijo:

—Armadillo, necesito un favor tuyo. Al otro lado de la selva vive un mono que es gran amigo mío y mañana es su cumpleaños. Como no puedo salir a tierra firme, necesito que le lleves este regalo de mi parte.

Con su boca le alargó una roca que destellaba hermosos colores bajo los rayos del sol. Pero el armadillo replicó:

—Señor delfín, usted me disculpará, pero debo volver inmediata-mente a mi madriguera y no puedo desviarme. Será mejor que le pida el favor a otro animal que pase. Con cara larga y triste, el delfín dio media vuelta y se alejó por el río.

Como el sol empezaba a declinar, el armadillo decidió emprender el regreso a casa. Esa noche, mientras descansaba en su madriguera de tan largo viaje, hubo un consejo de animales. Como en la Gran Selva no había secretos, todos sus habitantes supieron que el gruñón armadillo no quiso ayudar a la anaconda ni al delfín, por lo que decidieron que al perezoso animal había que castigarlo de alguna manera. Para ello invocaron a Tupana, el gran conductor del universo, y le solicitaron ayuda. Éste no lo pensó mucho y decidió la suerte del armadillo. Fue así como al día siguiente, cuando el sol empezaba a despuntar en el horizonte, el armadillo se sintió más pesado que de costumbre al intentar levantarse: en su lomo llevaba una gran concha que le impedía moverse libremente como antes.

Desde aquel entonces, todos los animales de la Gran Selva procuran ayudar a sus hermanos, pues ninguno quiere correr con la misma suerte del armadillo.