Desierto de La Tatacoa

Situado en el municipio de Villavieja en el departamento del Huila - Colombia
Extensión:
330 km2. Población: 46 familias
Actividad principal: pastoreo de cabras
Temperatura: 24°a 26° centígrados

La vida en un bosque muy seco

Para vivir en el desierto de La Tatacoa, hay que saber cogerle el rastro a los brotes de agua. “Uno mira si hay señales de partidura en la tierra y ahí hay agua escondida”. Eso dice Miguel Ángel González, viejo habitante de este valle erosionado y estéril, en el municipio de Villavieja, en el Huila.

En sus 330 kilómetros cuadrados, en pequeños fundos, sólo viven 46 familias dedicadas, más que todo, al pastoreo de chivos y cabras. Al lado de cada casa hay una mana –nacedero de agua que brota del suelo–. “Sin mana no se puede vivir”. De ahí, por mangueras bombean el líquido a la casa o la llevan en canecas y cantinas que cargan en burros. A las manas las cuidan como a la luz de sus ojos. Las cercan para que no entren los animales, “sólo entran las aves a buscar sus pepitas”.

Para que el agua crezca, la rodean de árboles: limones, palmas de cuezco, la única palma que se da en esos parajes. Los animales beben agua lluvia; se almacena en las albercas, adonde llega por caminos de guadua que bajan de los techos de las
casas. Es también el agua que se usa para los servicios.

En el desierto de la Tatacoa, cercado por dos grandes ríos: el Magdalena y el Cabrera, crecen 12 tipos de cactus distintos. Unos son largos y los llaman cola de zorro, otros semejan candelabros y otros, pequeños y redondos, son como piñas cargadas de espinas. Esto, el color rojizo y gris de su suelo y el avance de la erosión le dan la apariencia de desierto. Los científicos lo llaman bosque tropical muy seco.

La patilla, el algodón y el plátano.

Crecen en un suelo que guarda poca humedad. Para que ‘peguen’, se siembra en febrero o marzo, época de lluvia, y en menguante, cuando hay poca plaga. En junio, cuando se aplaca el cielo, se recolecta la cosecha. Los aguaceros, como en el desierto de la Guajira, son intensos y se concentran en pocos días.

“Uno sufre mucho”, dice Miguel Ángel. Sueña con un jagüey, como los del desierto de La Guajira, para recolectar las aguas llovidas. Así tendría reservas para hacer uno o dos riegos y salvar el cultivo en tiempos de sequía. Por ahora sólo cuenta con las ‘rociaditas’ que caen del cielo. Allí también los tiempos y los regímenes de lluvias han cambiado. Hay hombres que saben leer en las nubes las señales que anuncian su cercanía. Si observan copos grandes que se ocultan por donde nace el sol, los viejos dicen: ‘mañana amanece en agua’. Igual piensan si ven a las mirlas ‘afanosas’ y al gavilán volando y cantando. Hay épocas en que sólo cae ‘cualquier inviernito’. Entonces sólo queda el rastrojo; se acaba el teatino –pasto nativo–, las manas se apocan, pero nunca se secan del todo; son permanentes. Las que no son permanentes son las dos quebradas que pasan por este desierto: la mayor parte del año son cauces sin agua; con los aguaceros se desbordan.

Agosto es el mes de los vientos. Soplan por todos lados formando remolinos. El día menos pensando, los ’ciclones de viento’ tumban hasta los árboles que protegen las manas. Entonces niños y grandes se encierran en las casas, para evitar que la tierra les hiera los ojos.

Día a día

A las cuatro o cinco de la mañana, con el canto de las aves, y según se tenga que hacer, se levantan los habitantes de este desierto. Ordeñar, cargar el agua y la leña, curar las cabras enfermas y darle tetero a las pequeñitas son los oficios ‘de mañanita’. Pero antes se toma el tinto. Sólo en épocas de ‘ordeña’ se bebe un vaso de leche de cabra; cuando hay ‘cosecha de cabritos’, ni se ordeña ni se hacen quesillos.

Luego del desayuno, los hombres se van a trabajar en los cultivos o a comprar y vender pieles de cabra. Salen con su botella de agua, la peinilla o el azadón, a pie o a caballo. Como no hay ingreso asegurado, es común el ‘cambio de trabajo’: trabajar en la finca de otro, a cambio de yuca o plátano o por un cordero. “Es el intercambio que hace uno”, dice Miguel Ángel.

Las mujeres se quedan en casa y se hacen ‘al cuido’ de las cabras. Muy temprano las corren para que salgan del corral y vayan a pastorear. “Ella, con su rebaño de animales y criando los hijos”, es un decir en el desierto.

A las cinco de la tarde, cada animal busca su casa. A esa hora se ven mujeres y niños ‘rodeando las cabras’; así llaman el atraerlas para encerrarlas en el corral. Luego pasan revista: la negra, la colorada, la manchada... ‘Echar de menos’ le dicen a este oficio. Aunque tengan más de 50, las tienen memorizadas. ‘Si echan en falta a alguna’, salen a ‘rodearla’. “Bee beee beeee”, se escucha a esa hora en el desierto. Son las pequeñas cabritas llorando y buscando a su mamá; cuando se organizan, se callan y el desierto comienza a quedar en silencio.

El cielo se abre inmenso en la noche. Con frecuencia se ven lluvias de estrellas; “se ve muy hermoso ... da brillo en la noche... En las ciudades no se dan cuenta ni de cuándo hay cambio de luna ni ven los luceros, porque no los dejan ver los bombillos”, comenta Miguel Ángel. Él, como muchos hombres y mujeres del desierto de La Tatacoa, siempre se ha alumbrado con velas. El silencio, la tranquilidad, las aguas puras, el viento lo amarran a su tierra.

Vivienda

La casa tradicional es de bahareque; con el techo separado de las paredes para que entre el viento... “A las 6:00 de la tarde empieza a enfriar, porque la brisa va barriendo el calor y da la diferencia con la ciudad”, explica Miguel Ángel.

Al lado de la casa está el corral de las cabras. Pueden ser de guadua, pero, como escasea, se hace de varas de cajuanejo, otro de los arbustos del desierto. La cocina tradicional es de leña; el gas ya está empezando a reemplazarla. Sobre el fogón de leña se cuelga la carne de chivo, para darle sabor ahumado.

Alimentación

Lo que jamás falta es el horno de barro. Allí se hace el asado tradicional de cabrito o de cerdo; los insulsos, los bizcochos de achira o los de cuajada, para las fiestas de San Pedro. Hay que saber ‘el caliente’ del horno. Si queda el suelo del horno frío, se asienta el azúcar. El calor debe ir de abajo hacia arriba, para que no se aplanen los bizcochos.

La ‘barbacoa’ –especie de mesón hecho de guadua– es una vieja tradición del campo en Huila y Tolima. Lo usan para descansar, para echar una siesta.

El almidón de achira se saca del tubérculo de una planta muy común por su follaje y sus flores grandes, rojas o amarillas. Para hacer los bizcochos, se mezcla con cuajada fresca, yemas y mantequilla.

El desierto de la Tatacoa es una reserva de fósiles de más de 12 millones de años. Sus habitantes saben que allí, hace muchos, pero muchos millones de años, todo era un mar habitado por animales gigantes. Cuando se formaron las cordilleras, se fue el agua.

Los niños escarban la tierra buscando muelas, vértebras, mandíbulas, huesos de animales que vivieron en el lugar hace millones de años y se conservaron, convirtiéndose en piedras, o sea, fosilizándose.

Comidas en horno de leña

Quesillo de piedra: Se ponen a calentar dos piedras en la candela. Éstas se colocan abajo y encima de una cuajada envuelta en hojas de plátano; así se asa.

Insulso: Es un ‘engrudo’ de harina de maíz con panela. Se le agrega canela, un poco de mantequilla y dulce al gusto y se mete al horno.

Envuelto: Se muele el maíz o la harina. Se revuelve con plátano machacado y se envuelve en hoja de plátano dándole forma de cono. Y se mete al horno.

Chivo: El chivo se pica bien, se arregla con ajos, comino, laurel, tomillo, orégano. Se deja en sazón para que dé buen sabor y se pasa al horno hasta que quede bien doradito. Se acompaña con insulso, envuelto o arepa.

Desde la barbacoa

Dicen que en las barbacoas nació la rajaleña, verso picaresco que llevan en el alma los huilenses. Es un verso de cuatro estrofas; riman la segunda y la cuarta. Es similar a la trova, pero es más picaresco; tiene doble sentido. Se acompaña con tiple y tambor:

Mijita dame la chicha/ que yo preparo el asado/ que yo sé que el bizcochuelo/ usted lo tiene esponjado.
El chucho, el ciempiés y la puerca son instrumentos musicales típicos de la región. El primero es una guadua recortada; el ciempiés, una guadua llena de cascabeles, también se llama carrasca o guacharaca. La puerca es una totuma forrada con vejiga de marrano. Lleva una cola encerada que al jalarla da el sonido ‘puaj puaj’, como gruñido de una puerca.

En las tardes, Miguel Ángel se sienta en la barbacoa, en la parte alta de su finca, debajo de un pelán -un arbusto de ramas que crece de lado como peinadas por el viento-. Desde allí, dice, ‘casi ve el mundo’.

Es el momento de pensar, charlar si hay con quien, esperar las llamadas al celular o componer sus canciones. “Se me vienen las ideas de cómo es el desierto...”. Piensa en los secretos que guarda ese paisaje lleno de surcos y cárcavas -pequeñas cuevas abiertas en las paredes de arena por los torrentes de invierno- y curiosos estoraques creados a lo largo del tiempo por el agua y el viento... Y les compone canciones. Él toca la guacharaca y su hermano rasca la guitarra. Se llaman Aires del desierto.

Mitos de la tierra

Los habitantes del desierto de La Tatacoa, como huilenses que son, creen en el Mohán; en la Madremonte, que aparece cuando uno se porta mal; en el Sombrerón, que sale a asustar a los que juegan dados y naipe; en la Llorona... Honorio Vanegas recorrió su tierra y compuso compuso Mitos de mi comarca:

Son los mitos o tal vez fue realidad. Fue una época en que la inocencia tenía más brillo que la maldad. Quizás esa era la causa por la que seres de la oscuridad salían en noches sin luna con la misión de asustar. De pronto era para corregir a la pobre humanidad. Si ustedes no creen lo que con detalle les narro, pregúntelo a don Polo, a quienes muchos conocieron como el sargento Zamarros. Porque aún es mejor que el diablo siga saliendo a asustar y no se meta en las mentes para que no hagan el mal.

Que vuelva a aparecer El Tunjo y La Candileja que aparezca El Pollo ‘E Viento’ y hasta El Cura sin cabeza que salga La Madremonte, La Patasola y El Mohán que aparezca La Llorona y las brujas a volar que salga La Viuda Alegre con su encanto a enamorar la Madre del Ganado a traer prosperidad. ¡Salga, salga El Sombrerón! Y que vuelva la inocencia que nos da menos temor que la maldita violencia... Me duele que del pasado todo eso se ha perdido, y que cada vez el mundo se encuentre más pervertido...