El hombre del cohete

Ray Bradbury

—Me ayudarás, ¿no es cierto? No quiero que se vaya otra vez.
—Haré lo posible —le dije.

—Por favor. —Las luciérnagas lanzaban unas móviles lucecitas sobre el rostro pálido—. No puede volver a irse.

—Bueno —dije, deteniéndome un momento—. Pero todo será inútil.

Mamá se fue y las luciérnagas volaron detrás, con el brillo de sus circuitos eléctricos, como una constelación errante, enseñándole el camino entre las sombras. Aún oí que decía, débilmente:

—Hay que intentarlo.

Otras luciérnagas me siguieron a mi cuarto. Cuando el peso de mi cuerpo cortó el flujo de energía en el interior de la cama, las luciérnagas se apagaron. Era medianoche, y mamá y yo esperamos en nuestros cuartos, en nuestras camas, separados por la oscuridad. La cama me acunó, cantando suavemente. Apreté un botón. El canto y el balanceo pararon. Yo no quería dormirme. No, de ninguna manera.

Esa noche no era distinta de muchas otras noches. Nos despertába- mos y sentíamos que el aire fresco se calentaba, sentíamos el fuego en el viento, o veíamos que las paredes se encendían unos segundos, con un color brillante, y sabíamos entonces que su cohete pasaba sobre la casa... Su cohete, y los robles se balanceaban a su paso. Yo seguía acostado con los ojos abiertos, y el corazón palpitante; y mamá seguía en su alcoba. Su voz llegaba hasta mí a través de la radio.

—¿Sentiste?

Y yo le respondía:

—Sí, era él.

Era la nave de papá, que pasaba sobre el pueblo, un pueblo pequeño adonde nunca venían los cohetes del espacio. Mamá y yo nos quedábamos despiertos las próximas dos horas pensando: “Ahora papá ate- rriza en Springfield; ahora camina por la pista; ahora firma los papeles; ahora sube al helicóptero; ahora pasa sobre el río; ahora sobre las colinas; ahora el helicóptero desciende en el aeropuerto de Green Village, aquí...”. Y ya había pasado la mitad de la noche, y mamá y yo, desde nuestras frescas camas, escuchábamos, escuchábamos. “Ahora camina por la calle Bell, siempre camina... nunca toma un carro... Ahora cruza el parque, ahora voltea en la esquina de Oakhurst y ahora...”.

Me incorporé en la cama. Allá abajo, en la calle, cada vez más cerca, vivos, rápidos, decididos... unos pasos. Ahora ante nuestra casa; en los escalones del corredor. Y los dos, mamá y yo, sonreímos en la oscuridad al oír la puerta de entrada, que se abre al reconocerlo, y lo saluda, y se cierra, allá abajo...

Tres horas más tarde hice girar suavemente la cerradura de la puerta del dormitorio de mis padres, reteniendo el aliento, en medio de una oscuridad tan inmensa como el espacio que separa los planetas, con la mano extendida hacia esa maleta negra abandonada a los pies de la cama. La tomé y corrí a mi cuarto, pensando: “No quiere hablarme de eso. No quiere que yo sepa”.

Y de la maleta salió el uniforme oscuro, como una nebulosa oscura, con algunas estrellas brillantes, aquí y allá, desparramadas sobre la tela. Apreté el vestido negro entre las manos febriles y respiré el olor del planeta Marte, un olor de hierro, y del planeta Venus, un olor de hiedra verde, y del planeta Mercurio, un aroma de azufre y fuego. Y pude sentir el olor de la luna blanca como la leche y la dureza de las estrellas. Metí el uniforme en una máquina centrífuga que había construido ese año en mi taller del colegio y la hice girar.

Pronto un polvo fino se precipitó en el fondo de la máquina. Puse el polvo bajo el lente de un microscopio, y mientras mis padres dormían confiadamente, y mientras la casa dormitaba con todos sus hornos, sus servidores y robots automáticos sumergidos en una modorra eléctrica, yo examiné atentamente las motas brillantes del polvo de los meteoros, de la cola de los cometas y del lejano planeta Júpiter. Y esas partículas de polvo eran como mundos que me atraían a través del microscopio, a través de un billón de kilómetros, con terroríficas aceleraciones.

Al alba, agotado por mi viaje, y con miedo de que me descubrieran, llevé el empaquetado uniforme al dormitorio de mis padres.

En seguida me dormí. Sólo me desperté una vez al oír el pito del camión de la lavandería que se detenía en el patio del fondo. Por suerte no esperé, me dije a mí mismo, pues dentro de una hora devolverían el uniforme limpio de mundos y travesías.

Me dormí otra vez, con el frasquito de polvo mágico en un bolsillo de la pijama, sobre el corazón palpitante.

Cuando bajé las escaleras, allí estaba papá, ante la mesa del desayu- no, mordiendo su tostada.

—¿Has dormido bien, Doug? —me preguntó, como si no se hubiese movido, como si no hubiese estado afuera de casa tres meses.

—Muy bien —le contesté.

—¿Unas tostadas?

Apretó un botón y la mesa del desayuno me preparó cuatro doradas tajadas de pan.

Recuerdo a mi padre aquella tarde. Cavaba y cavaba en el jardín como un animal que busca algo. Allí estaba, moviendo con rapidez los brazos largos y morenos, plantando, arando, cortando, podando, con el rostro siempre inclinado hacia la tierra, con los ojos puestos constantemente en su trabajo, sin alzarlos nunca hacia el cielo, sin mirarme, sin mirar ni siquiera a mamá, salvo cuando nos arrodillábamos a su lado y sentíamos que la tierra pasaba a través de nuestras ropas y nos humedecía las rodillas, y metíamos las manos entre los terrones oscuros, y no mirábamos el cielo brillante y furioso. Entonces papá lanza- ba una mirada, a la derecha o a la izquierda, hacia mamá o hacia mí, y nos guiñaba el ojo alegremente, y seguía inclinado, con el rostro bajo, con los ojos del cielo clavados en su espalda.

Aquella noche nos sentamos en la hamaca mecánica del corredor. Y la hamaca nos acunó, y levantó una brisa hacia nosotros, y cantó para nosotros. Era una noche de verano, y había claro de luna, y bebíamos limonada, y nuestras manos apretaban los vasos fríos, y papá leía los estereoperiódicos colocados en ese sombrero especial que uno se pone en la cabeza, y que cuando uno parpadea tres veces, vuelve las páginas microscópicas ante los lentes de aumento. Papá fumó algunos cigarrillos y me habló de cuando era niño, en 1997. Y después de un rato, me dijo, como en tantas otras noches:

—¿Por qué no juegas, Doug?

No dije nada, pero mamá respondió:

—Él juega otras noches, cuando no estás aquí.

Papá me miró, y luego, por primera vez en aquel día, alzó los ojos al cielo. Cuando papá miraba las estrellas, mamá lo observaba atentamente. El primer día, y la primera noche, después de alguno de sus viajes, papá no miraba mucho el cielo. Lo veo aún en el jardín, trabajando furiosamente, con el rostro pegado a la tierra. Pero la segunda noche papá miraba las estrellas un poco más. A mamá no le importaba mucho el cielo de día, pero de noche hubiese querido apa- gar todas las estrellas. A veces yo casi podía ver que mamá buscaba un interruptor eléctrico en el interior de su mente, pero nunca lo encontraba. Y a la tercera noche, papá se quedaba ahí, en el corredor, hasta que todos estábamos ya listos para acostarnos, y entonces yo oía la voz de mamá que lo llamaba, casi igual que a mí, cuando yo estaba en la calle. Y luego yo oía a papá que aseguraba el ojo eléctrico de la cerradura con un suspiro. Y a la mañana siguiente, a la hora del desayuno, mientras papá extendía la mantequilla sobre su tostada, yo bajaba los ojos y veía la maleta negra a sus pies. Mamá se levantaba tarde.

—Bueno, hasta pronto, Doug —me decía papá, y nos dábamos la mano.

—¿Tres meses?

—Eso es.

Y papá se alejaba por la calle, sin tomar un helicóptero, o un bus, llevando debajo del brazo el uniforme escondido en la maleta. No quería parecer orgulloso exhibiéndose ante otros como un hombre del espacio.

Mamá bajaba a desayunar, sólo una tostada seca, una hora más tarde.

Pero ahora era de noche, la primera noche, la mejor, y papá no mi- raba mucho las estrellas.

—Vamos a la feria de la televisión —dije.

—Bueno —dijo papá.

Mamá me sonrió.

Y volamos a la ciudad en un helicóptero y le mostramos a papá mil espectáculos, para que no alzara la cabeza, para que nos mirara, y no mirara nada más. Y mientras nos reíamos con las cosas graciosas y nos poníamos serios con las cosas serias, yo pensaba:

“Mi padre va a Saturno y a Neptuno y a Plutón, pero nunca me trae regalos. Otros chicos con padres que también viajan en cohetes reciben minerales negros de Calisto, y fragmentos de meteoros oscuros, y arena azul. Pero yo tuve que reunir mi colección cambiando cosas con los otros chicos”. Yo tenía mi cuarto lleno de piedras de Marte y arenas de Mercurio, pero papá nunca me hablaba de eso. Una vez, recuerdo, papá le trajo algo a mamá. Plantaron en el jardín los girasoles marcianos, pero cuando papá llevaba un mes afuera, y los girasoles empezaban a crecer, mamá salió y los arrancó de raíz.

Sin pensarlo, mientras mirábamos una de las pantallas tridimensionales, le hice a papá la pregunta de siempre:

—¿Cómo es estar en el espacio?

Mamá me miró con ojos asustados. Pero ya era tarde.

Papá se quedó callado medio minuto, tratando de encontrar una respuesta. Al fin se encogió de hombros.

—Lo mejor de lo mejor —me dijo, y añadió mirándome con ansiedad—: Oh, no es nada, realmente. Rutina. No te gustaría.

—Pero siempre vuelves allá.

—Costumbre.

—¿Cuándo volverás a salir?

—Aún no lo he decidido. Lo pensaré.

Siempre lo pensaba. En aquellos días no abundaban los pilotos de cohetes y papá podía elegir el trabajo, podía trabajar en cualquier momento. Cuando llevaba tres noches en casa, papá buscaba y elegía entre varias estrellas.

—Vamos —dijo mamá—. Volvamos a casa.

Llegamos temprano. Quise que papá se pusiese el uniforme. No debí pedírselo —mamá se entristecía—, pero no pude dominarme. Insistí varias veces, aunque papá siempre se negaba. Nunca lo había visto vestido de uniforme. Al fin papá dijo:

—Oh, bueno.

Esperamos en la sala mientras papá subía en el tubo neumático. Mamá me miró con ojos extraviados, como si no pudiese creer que yo fuese su propio hijo. Aparté la vista.

—Lo siento —dije.

—No estás ayudándome —me dijo mamá—. Nada.

Un instante después se sintió el silbido del tubo neumático.

—Aquí estoy —dijo papá, serenamente.

Lo miramos. Se había puesto el uniforme.

El vestido era negro, y brillante, con botones de plata, y botas con adornos de plata. Parecía como si los brazos, las piernas y el cuerpo hubiesen sido arrancados de alguna nebulosa oscura. Unas débiles estrellitas brillaban apenas a través de la nebulosa. El vestido ceñía el cuerpo como un guante que ciñe una mano larga y fina, y tenía un olor a aire frío, metal y espacio. Tenía el olor del fuego y el tiempo.

Papá nos sonreía torpemente desde el centro de la habitación.

—Date vuelta —dijo mamá.

Los ojos de mamá miraban a papá como desde muy lejos.

Cuando papá salía de viaje, mamá no hablaba de él. Sólo hablaba del tiempo, o de que tenía que lavarme la cara, o de que no podía dormir. Una vez me dijo que la luz era muy fuerte de noche.

—Pero no hay luna esta semana —le dije.

—Entra la luz de las estrellas —me dijo.

Salí y compré unas persianas más verdes y más oscuras. Esa noche, mientras estaba acostado, oí cómo mamá las bajaba. Las persianas susurraron largamente.

Una vez quise cortar el prado.

—No —dijo mamá desde el umbral—. Guarda esa máquina.

El pasto creció libremente durante casi tres meses. Papá lo cortó cuando vino a casa.

Mamá no quería que yo arreglase la mesa que preparaba el desayuno, o la máquina lectora. No me dejaba tocar nada, lo guardaba todo para las navidades. Y luego venía papá y martillaba y remendaba, sonriendo, y mamá sonreía, feliz, a su lado.

No, ella nunca hablaba de papá mientras él estaba ausente. En cuanto a papá, nunca trataba de llamarnos a través de ese billón de kilómetros. Una vez nos dijo:

—Si los llamara, querría verlos. No podría vivir tranquilo.

Y otra vez papá me dijo:

—Tu madre me trata a veces como si yo no estuviese aquí, como si yo fuese invisible.

Yo ya lo sabía. Mamá miraba más allá de papá, por encima de su cabeza. Le miraba las mejillas, o las manos; pero nunca los ojos. Cuando lo hacía, los ojos de mamá se cubrían con un velo tenue, como un animal que va a dormirse. Mamá decía que sí en los momentos oportunos, y sonreía, pero siempre un poco tarde.

—No estoy para ella —decía papá.

Pero otros días mamá estaba allí y papá estaba para mamá, y se tomaban de la mano, y paseaban alrededor de la manzana, o salían en carro, y los cabellos de mamá flotaban en el aire como los de una chica, y mamá apagaba todos los aparatos de la casa y cocinaba para papá pasteles y tortas increíbles, y lo miraba fijamente con una sonrisa que era de veras una sonrisa. Pero al terminar esos días en que papá parecía estar allí para mamá, mamá siempre lloraba. Y papá, de pie, impotente, miraba a su alrededor como buscando una respuesta, pero no la encontraba nunca.

Papá giró lentamente, con su uniforme, para que pudiésemos verlo.

—Date vuelta otra vez —dijo mamá.

A la mañana siguiente papá entró en casa corriendo con un puñado de tiquetes. Tiquetes rosados para California, tiquetes azules para México.

—¡Vamos! —nos dijo—. Compraremos esas ropas baratas y una vez usadas las quemaremos. Miren, tomaremos el cohete del mediodía para Los Ángeles, el helicóptero de las dos para Santa Bárbara, y el avión de las nueve para Ensenada, ¡y pasaremos allí la noche!

Y fuimos a California, y paseamos a lo largo de la costa del Pacífico un día y medio, y nos instalamos al fin en las arenas de Malibú para comer mariscos en la noche. Papá se pasaba el tiempo escuchando o canturreando u observando todas las cosas, atándose a ellas como si el mundo fuese una máquina centrífuga que pudiera arrojarlo, en cualquier momento, muy lejos de nosotros.

La última tarde en Malibú, mamá estaba arriba en el hotel y papá estaba a mi lado acostado en la arena, bajo la cálida luz del sol.

—Ah —suspiró papá—. Así es. —Tenía los ojos cerrados. Estaba de espaldas, absorbiendo el sol—. Allá falta esto —añadió.

Quería decir “en el cohete”, naturalmente. Pero nunca decía “el cohete”, ni nunca mencionaba esas cosas que no había en un cohete. En un cohete no había viento de mar, ni cielo azul, ni sol amarillo, ni la comida de mamá. En un cohete uno no puede hablar con su hijo de catorce años.

—Bueno, oigamos esa historia —me dijo al fin.

Y yo supe que ahora íbamos a hablar, como otras veces, durante tres horas. Durante toda la tarde íbamos a conversar, bajo el sol perezoso, de mi colegio, mis clases, la altura de mis saltos, mis habilidades de nadador.

Papá asentía de cuando en cuando con un movimiento de cabeza, y sonreía y me golpeaba el pecho, aprobándome. Hablábamos. No hablábamos de los cohetes y el espacio, pero hablábamos de México, a donde habíamos ido una vez en un viejo carro, y de las mariposas que habíamos cazado en los húmedos bosques del verde y cálido México, un mediodía. Nuestro radiador había aspirado un centenar de mariposas, y allí habían muerto, agitando las alas, rojas y azules, estremeciéndose, hermosas y tristes.

Hablábamos de esas cosas, pero no de lo que yo quería. Y papá me
escuchaba. Sí, me escuchaba, como si quisiera llenarse con todos 36    los sonidos. Escuchaba el viento, y el romper de las olas, y mi voz, con una atención apasionada y constante, una concentración que excluía, casi, los cuerpos, y recogía sólo los sonidos. Cerraba los ojos para escuchar. Recuerdo cómo escuchaba el ruido de la cortadora de pasto, mientras hacía a mano ese trabajo, en vez de usar el aparato de control remoto, y cómo aspiraba el olor del prado recién cortado mientras las hierbas saltaban ante él, y detrás de la máquina, como
una fuente verde.

—Doug —me dijo a eso de las cinco de la tarde, mientras recogíamos las toallas y echábamos a caminar por la playa, hacia el hotel, cerca del agua—. Quiero que me prometas algo.

—¿Qué, papá?

—Nunca seas un hombre del espacio.

Me detuve.

—Lo digo de veras —me dijo—. Porque cuando estás allá deseas estar aquí, y cuando estás aquí deseas estar allá. No te metas en eso. No dejes que eso te domine.

—Pero...

—No sabes cómo es. Cuando estoy allá afuera pienso: “Si vuelvo a Tierra me quedaré allí. No volveré a salir. Nunca”. Pero salgo otra vez, y creo que nunca dejaré de hacerlo.

—He pensado mucho tiempo en ser un hombre del espacio —le dije.

Papá no me oyó.

—He tratado de quedarme. El sábado pasado, cuando llegué a casa, comencé a tratar de quedarme, con todas mis fuerzas.

Recordé su figura sudorosa en el jardín, y cómo había trabajado, y cómo había escuchado, y supe que había hecho todo eso para convencerse a sí mismo de que sólo el mar y los pueblos y el paisaje y la familia eran las únicas cosas reales, las cosas buenas. Pero supe también qué haría papá esa noche: miraría las joyas de Orión desde el corredor de la casa.

—Prométeme que no serás como yo —me dijo.

Titubeé.

—Muy bien —le dije.

Papá me tomó la mano.

—Eres un buen muchacho.

La comida fue magnífica esa noche. Mamá había corrido por la cocina con puñados de canela, y harinas y cacerolas y ruidosas sartenes, y ahora un pavo enorme humeaba en la mesa, con salsas, arvejas y pasteles de calabaza.

—¿En pleno agosto? —dijo papá, asombrado.

—No estarás aquí en navidad.

—No, no estaré.

Papá se inclinó sobre la comida, aspirando su aroma. Levantó las tapas de todas las fuentes y dejó que el vapor le bañara la cara tostada por el sol.

—Ah —exclamó ante cada uno de los platos. Miró la habitación. Se miró las manos. Observó los cuadros en las paredes, las sillas, la mesa. Me miró a mí. Miró a mamá. Se aclaró la garganta. Vi que iba a decidirse.

—¿Lily? —dijo.

—¿Sí?

Mamá lo miró a través de su mesa, esa mesa que había preparado como una maravillosa trampa de plata, como un sorprendente pozo de salsas, donde, como una antigua bestia salvaje que cae en un lago de alquitrán, caería al fin su marido. Y allí se quedaría, retenido en una cárcel de huesos de ave, salvado para siempre. Los ojos de mamá refulgían.

—Lily —dijo papá.

Vamos, pensé yo ávidamente. Dilo, rápido. Di que vas a quedarte, para siempre, y que ya no te irás nunca. ¡Dilo!

En ese momento el paso de un helicóptero estremeció la habitación y los ventanales se sacudieron con un sonido cristalino. Papa volvió los ojos.

Allí estaban las estrellas azules de la tarde, y el rojo planeta Marte que se elevaba por el este.

Papá miró el planeta Marte durante todo un minuto. Luego, como un ciego, extendió la mano hacia mí.

—Pásame las arvejas —me dijo.

—Perdón —dijo mamá—. Voy a buscar un poco de pan.

Corrió a la cocina.

—Pero si hay pan aquí, en la mesa —exclamé.

Papá no me miró y empezó a comer.

No pude dormir aquella noche. A la una de la mañana bajé a la sala.

La luz de la luna era como una escarcha en los techos, y la hierba cubierta de rocío brillaba como un campo de nieve. Me quedé en el umbral, vestido sólo con mi pijama, acariciado por el cálido viento de la noche. Y vi entonces a papá sentado en la hamaca mecánica, que se balanceaba suavemente. Su perfil apuntaba al cielo.

Miraba las estrellas que giraban en la noche, y los ojos, como cristales grises, reflejaban la luna.

Salí y me senté con él.

Nos hamacamos un rato. Y al fin le pregunté:

—¿De cuántos modos se puede morir en el espacio?

—De un millón de modos.

—Dime algunos.

—Los meteoritos. El aire se escapa del cohete. Un cometa que te arrastra. Un golpe. La falta de oxígeno. Una explosión. La fuerza centrífuga. La aceleración. El calor, el frío, el Sol, la Luna, las estrellas, los planetas, los asteroides, los planetoides, las radiaciones.

—¿Y dónde te entierran?

—No te encuentran nunca.

—¿A dónde vas entonces?

—Muy lejos. A un billón de kilómetros de distancia. Tumbas errantes. Así las llaman. Te conviertes en un meteoro o en un planetoide, y viajas para siempre a través del espacio.

No dije nada.

—Hay algo rápido en el espacio —dijo papá—. La muerte. Llega pronto. No se la espera. Casi nunca te das cuenta. Estás muerto, y eso es todo.

Subimos a acostarnos.

Era la mañana.

De pie en el umbral, papá escuchaba al canario amarillo que cantaba en su jaula de oro.

—Bueno. Lo he decidido —me dijo—. La próxima vez que venga a casa, será para quedarme.

—¡Papá! —exclamé.

—Díselo a tu madre cuando despierte —me dijo papá.

—¿Lo dices de veras?

Papá asintió muy serio.

—Hasta dentro de tres meses.

Y allá se fue, calle abajo, con su uniforme escondido en la maleta, silbando y mirando los árboles altos y verdes, y arrancando las moras al pasar rápidamente al lado de los cercos, y arrojándolas ante él mientras se alejaba entre las sombras brillantes de la mañana...

Cuando habían pasado algunas horas desde la partida de papá, le hice a mamá varias preguntas.

—Papá dice que a veces parece que no lo oyeras o que no pudieses verlo.

Y entonces mamá, serenamente, me lo explicó todo.

—Cuando empezó a viajar por el espacio, hace ya diez años, me dije a mí misma: “Está muerto. O lo mismo que muerto”. Así que pensé en tu padre como si estuviese muerto. Y cuando tu padre regresa, tres o cuatro veces al año, no es él realmente, sólo es un sueño, un recuerdo agradable. Y si el sueño se interrumpe o el recuerdo se borra, ya no puede dolerme mucho. Así que casi siempre me lo imagino muerto...

—Pero otras veces...

—Otras veces no puedo impedirlo. Preparo pasteles, y lo trato como si estuviese vivo; pero sufro mucho entonces. No, es mejor pensar que no ha vuelto desde hace diez años, y que ya nunca lo veré. Así duele menos.

—¿Pero no dijo que iba a quedarse la próxima vez?

—No. Está muerto. Estoy segura.

—Pero volverá vivo.

—Hace diez años —dijo mamá—, pensé: ¿Y si se muriese en Venus? No podríamos ver Venus otra vez. ¿Y si muriese en Marte? No podríamos ver Marte, tan rojo en el cielo, sin sentir deseos de meternos en casa y cerrar la puerta. ¿Y si muriese en Júpiter, Saturno o Neptuno? En las noches en que esos planetas brillan en lo alto del cielo no querríamos mirar las estrellas.

—Creo que no —le dije.

El mensaje llegó al día siguiente.

El mensajero me lo dio, y yo lo leí, de pie, en el corredor. El sol se ponía. Mamá me miraba fijamente desde el otro lado de las venatanas. Doblé el mensaje y me lo guardé.

—Mamá —dije.

—No me digas nada que yo ya no sepa —me dijo mamá.

Mamá no lloró.

Bueno, no fue Marte, ni Venus, ni Júpiter ni Saturno. Cuando Marte o Saturno se levantasen en el cielo de la tarde no tendríamos que pensar en papá.

Se trataba de algo distinto.

La nave había caído en el Sol.

Y el Sol era enorme, y ardiente, e implacable. Y estaba siempre en el cielo. Y uno no podía alejarse del Sol.

Así que durante mucho tiempo, después de la muerte de papá, mamá durmió de día y dejó de salir. Desayunábamos a medianoche y almorzábamos a las tres de la mañana y comíamos bajo la luz fría y pálida de las primeras horas del alba. Íbamos a los espectáculos nocturnos y nos acostábamos al amanecer.

Y durante mucho tiempo salimos a pasear sólo en los días de lluvia, cuando no había sol.