El jaguar y la cierva construyen una casa

Isabel Crooke Ellison.

Cierto día, una bella cierva de ojos soñadores y corazón aventurero paseaba por la orilla de un río. El agua estaba fresca y cetelleaba en su alegre recorrido por el bosque, haciendo guiños al sol y al cielo azul. Era una escena mágica. De pronto, la cierva se encontró en un bello espacio abierto, agradablemente protegido por las delicadas sombras de las grandes ceibas.

“¡Esto es muy hermoso! —gritó feliz—. Cómo me gustaría tener mi casa en este lugar. Cuando llueva o los vientos rujan por la selva, sería un sitio perfecto donde abrigarme. Regresaré mañana y empezaré a construir. Sí, sin duda”. Y saltó feliz, perdiéndose nuevamente en el bosque.

Pasó menos tiempo del que necesita un mico para protestar, cuan-do apareció un elegante jaguar en el mismo claro. Luego de una larga jornada intentando sin éxito cazar algo, estaba exhausto. Tomó un largo trago de agua cristalina y se acostó a la orilla del río. Echado sobre su espalda, extendió las piernas y miró hacia el cielo. De pronto dio un salto y miró a su alrededor.

“¡Qué sitio tan agradable! —se dijo—. Este es el lugar preciso para construirme una casa. Aquí puedo traer la carne, prepararla y después descansar tranquilamente sin preocuparme de los molestos micos, de la lluvia, del frío. Regresaré en un par de días y comenzaré”. Continuó su camino, contentísimo.

Al día siguiente llegó la cierva llena de entusiasmo y de una vez comenzó el trabajo. No era tarea fácil. Primero tenía que limpiar el terreno. Arañó y raspó la superficie del suelo con sus pezuñas afiladas y al fin, hacia el atardecer, tuvo el área completamente despejada. Pero era tarde y ya la oscuridad invadía la selva. Se oían las voces de los animales nocturnos despertándose. Era hora de irse, antes de que las fieras rondadoras de la noche la olfatearan.

A la mañana siguiente fue el jaguar quien llegó temprano, tan fresco como el río centelleante que corría a su lado. ¡Qué sor-presa le esperaba! La tierra estaba lista para comenzar a cons-ruir. “¿Qué es esto? —dijo—. ¡No lo puedo creer, es fantástico!” La única explicación que pudo encontrar fue que Idn Kamni, el dios de todos los animales, había decidido ayudarle. “¡Qué suerte tan maravillosa! Bueno, voy a buscar los cuatro postes de apoyo”. Se dirigió al bosque, examinó los árboles y escogió los que necesitaba. Estos, al no ser muy grandes, cayeron sin demasiado esfuerzo después de empujarlos y halarlos. Luego tuvo que arrastrar uno por uno al claro. Al atardecer, con la ayuda de sus poderosas garras excavó cuatro huecos. Era la hora de comer, pero se sintió tan cansado que prefirió buscar un sitio cómodo donde dormir. Al día siguiente saldría a cazar.

Era una mañana bellísima, pero la cierva se encaminaba hacia el sitio de su nueva casa con algo de preocupación. ¿No sería que este sueño de tener su casa era en verdad una estupidez? Sólo pensar en el trabajo de tumbar y después asentar los cuatro postes de apoyo para su vivienda le parecía totalmente fuera de sus posibilidades. Tendría que buscar ayuda. “Podría hablar con el pájaro carpintero o el oso hormiguero, pero tendría que darles algo a cambio. No van a trabajar gratis”. En ese momento llegó al claro y no pudo creer lo que veían sus ojos. Allí estaban los cuatro postes firmemente hundidos en la tierra. “No es posible —susurró—. ¿Pero cómo? Ya sé, ya sé, eres tú, Idn Kamni. Gracias, mil gracias. No puede ser otro quien me ha ayudado”. La parte más difícil de la construcción estaba terminada. La cierva se fue saltando de alegría en busca de hojas de palma para entretejer las paredes. Pronto logró recolectar una cantidad enorme. Después buscó los bejucos para el amarre. Trabajó fuertemente, y al terminar el día ya estaban listas las paredes de su casa. Sólo faltaba el techo. “Lógicamente no puedo esperar que Idn Kamni me ayude con eso. Por ahora me voy a descansar y mañana ya veremos”.

Al otro día, el jaguar regresó para continuar con la construcción de su casa, y de nuevo se sorprendió al ver las paredes hechas. “Oh, Idn Kamni, una vez más, mil y mil gracias por tu valiosa ayuda. Y además dejaste suficiente palma para hacer el techo”. Inmediatamente, el animal inició su labor. Subía por los postes arrastrando consigo los enormes peines de hoja de palma. Después de ubicarlos y amarrarlos, saltaba a tierra nuevamente. Y otra vez a encaramarse con más hojas. Trabajó con tanto empeño que mucho antes de que el sol hubiera pensado en perderse por el oeste, la construcción estuvo techada y casi a punto para ser ocupada. Sin embargo, antes de instalarse en su casita, el jaguar decidió dividirla en dos: la mitad para él y la otra mitad para el dios Idn Kamni; así éste también tendría un espacio dónde descansar cuando anduviera por este mundo. “Y como todavía hay luz —pensó el jaguar—, me conviene salir a buscar la cena y mañana veremos”.

Al amanecer del día siguiente la cierva se encontraba dispuesta a techar su casa, pero al acercarse, ¡qué sorpresa tan grande! Allí estaba el techo, verde y reluciente bajo la luz del amanecer. Se acercó y miró hacia adentro. “Estoy eternamente agradecida contigo, Idn Kamni, dios de todos los animales. En reconocimiento, voy a dividir mi casa por la mitad. Tendrás tu propio espacio para cuando quieras visitar este mundo”. Dicho y hecho. Recogió más hojas y en poco tiempo bajó al río a refrescarse, y al ocultarse el sol, regresó a pasar la noche por primera vez en su nuevo hogar.

Esa misma noche el jaguar se encontraba cazando un pecarí. La presa corrió hacia el río y mientras la perseguía, de buenas a primeras el jaguar se encontró frente a su casa. La vio tan provocativa que dejó escapar al pecarí y decidió ocupar de una vez su nuevo hogar. Mañana haría la división para que Idn Kamni tuviera su propio espacio. Pero al entrar, no sólo descubrió que la división ya estaba hecha sino que alguien dormía en una de las piezas. “Ah, tiene que ser el mismo Idn Kamni”.

Luego, sin hacer ruido, entró en la otra pieza y muy pronto quedó profundamente dormido.

Con los primeros trinos de los pájaros, los dos animales se despertaron, se estiraron, se levantaron y salieron a la puerta. Grande fue la sorpresa de ambos, y con razón; la cierva se asustó considerablemente al encontrarse cara a cara con un jaguar. Sin embargo, él inclinó la cabeza con gran reverencia y dijo: “Oh, Idn Kamni, bienvenido. Ahora sí puedo agradecerte en persona por ayudarme a construir mi casa, que también es tu casa”. Se inclinó aún más profundamente. “Un momento —pensó la incrédula cierva—, ¿qué fue lo que me dijo? Me saludó como si yo fuera el mismo dios”. Con una gran sonrisa dijo: “Ah, sí, sí, señor jaguar; con gusto compartiremos esta casa”, parpadeó luciendo sus largas pestañas e inmediatamente pensó que tal vez eso no era lo que haría un dios. Entonces sacudió la cabeza, levantó una pezuña y dijo “¡Ah sí, ah sí”, otra vez!

“Me imagino que debes tener hambre —dijo el jaguar—. Iré de una vez a cazar algo”. Y con esas palabras se inclinó de nuevo y salió corriendo hacia el bosque. Poco después descubrió un joven ciervo tomando agua de una quebrada. Con un solo embate lo tumbó y le hundió sus terribles colmillos en el pescuezo, dándole muerte. La cierva, al ver llegar al jaguar arrastrando tras de sí una criatura de su propia especie, y bien muerta, quedó horrorizada. ¿El jaguar esperaba que ella se comiera un ciervo? Se excusó y salió triste hacia el bosque, a pensar.

Cuando regresó, el jaguar todavía estaba comiendo. “¿Estás seguro de que no quieres? La carne está muy tierna”.

“Como soy un dios puedo convertirme en cualquier criatura. En este momento soy una cierva, ¡y no siento ganas de comer eso!”.

“Ah, en ese caso, si no te importa, comeré tu parte también. Sería una lástima perderla, ¿no crees?”

El día siguiente dijo la cierva: “Hoy saldré yo a cazar”. “¡Oh, no, no es justo que un dios me atienda! Saldré yo”, dijo el jaguar, aunque todavía estaba lleno después del banquete del día anterior. “Pues insisto”, dijo la cierva, y con gran determinación desapareció entre el bosque.

Al rato divisó otro jaguar afilando sus garras sobre el tronco de un enorme árbol. Se alejó de él lo más silenciosamente posible y estuvo a punto de estrellarse con un oso hormiguero. “Ah —pensó— ¡qué suerte!”, y fingiendo mucha preocupación le dijo: “Oso hormiguero, no lejos de aquí hay un viejo y desagradable jaguar afilando sus garras y mascullando una cantidad de insultos contra ti. Estoy segura de que él está pensando en comerte”.

Por supuesto, el oso hormiguero, que no era dado a reflexionar, se puso furioso, y sin más ni más, se fue trotando donde el jaguar. Fue tan veloz el asalto que el pobre felino no supo lo que le había pasa-do: el oso hormiguero le hundió sus letales garras en la garganta.

“Eso le enseñará. ¿Cómo se le ocurre pensar en comerse a un oso hormiguero?”. El animal se sacudió y tranquilamente volvió al termitero donde se estaba dando un banquete. La cierva lo había visto todo oculta por una gran ceiba; apenas el oso se alejó tomó el cadáver y lo arrastró a la casa. Cuando el jaguar vio lo que traía la cierva, se sintió muy enfermo. “Idn Kamni —lloró—, ¿cómo pudiste matar a uno de mis hermanos? Y la cierva replicó:

“No soy Idn Kamni y…”.

“¿No eres Idn Kamni?”.

“No, claro que no lo soy. ¿De verdad crees que él aparecería en forma de una cierva cuando podría convertirse en cualquier animal magnífico, como un jaguar? Y en cuanto a él… —señaló al jaguar muerto—. Bueno, tú mataste a uno de mis hermanos ayer, entonces sabes cómo me sentí”.

Desde ese momento la cierva y el jaguar se separaron, y nunca volvieron a vivir juntos. La cierva decidió que era mucho mejor estar con su propia especie, sobre todo después de haber mostrado el jaguar un especial gusto por la carne de ciervo. Al fin de cuentas, siempre es más seguro vivir en grupo. El jaguar se dio cuenta de que tal vez no era muy conveniente estar amarrado a una casa. ¡No! El espacio abierto y la libertad de la selva, a pesar de los molestos micos, la lluvia y el viento, eran una opción mucho mejor. ¿Cómo era posible que hubiera pensado de otra manera? Naturalmente, los jaguares no son muy aficionados a los osos hormigueros. Prefieren mantenerse lejos de ellos.