El patito feo

Hans Christian Andersen

Había una vez, en una granja, una pata que tenía los hijitos más hermosos de la región. Cada vez que sus paticos estaban a punto de nacer, sus amigas del corral la rodeaban para admirar a los recién nacidos y felicitarla.

Ella se alegraba mucho y aceptaba sus elogios con modestia, aunque en el fondo de su corazón se sentía muy orgullosa.

Un día de sol, acompañada de sus vecinas, la mamá pata esperaba una vez más a que nacieran sus paticos. Los pequeños, uno tras otro, comenzaron a romper el cascarón, y cada recién nacido era recibido con mucha alegría.

Estaban todos tan entusiasmados que nadie se dio cuenta de que aún quedaba un huevo en el nido. De pronto, lo oyeron romperse:

Cruj crij, un crujido, y el patito que faltaba saltó del huevo.

Pero ¡qué sorpresa! Este último patito se veía muy grande y diferente, y no se parecía en nada a sus hermanos. Y aunque nadie lo dijo, todos pensaron que era muy feo y desaliñado.

Además, se pusieron a mirarlo con tanta curiosidad que el patito se sintió mal y corrió a esconderse bajo el ala de su mamá.

Ella lo miró con extrañeza, pues nunca había visto un patito como aquel, y en verdad no parecía hijo suyo.

Enseguida empezaron las tristezas para el pobre pato, que era muy sensible y cariñoso. Pronto se dio cuenta de que su mamá era la única que lo defendía, mientras sus hermanos se burlaban de él todo el día.

—Eres un pato muy raro, mira cómo caminas —le decían. Y todos comenzaban a imitarlo.

Por eso nunca jugaba con nadie y se pasaba los días solitario y triste. A medida que crecía todo se ponía peor, pues cada día se hacía más evidente que era diferente a todos. Hasta que se cansó de las burlas y los desprecios, y dijo:

—Tengo que escapar de aquí, no me quieren, siempre se burlan de mí.

A la mañana siguiente, muy temprano, cuando todos dormían, se escapó por un agujero que había en la cerca del corral y se fue caminando despacito, despacito, hasta que llegó a otra granja.

Apenas llegó allí, lo cogió en sus brazos la dueña de la granja y el patito suspiró contento: —¡Por fin alguien que me acepta!

Y se alegró aún más porque de inmediato ella le dio un suculento plato de comida. Pero se equivocaba, y lo comprendió un día en que oyó a la mujer decir a la cocinera: —Hay que darle de comer bien a este animal, y cuando esté bien gordito nos daremos un banquete de pato con papas y arroz.

El pobre se puso a temblar y otra vez dijo: —Tengo que escapar, no me quieren, aquí lo que quieren es comerme.

¡Qué mal rato pasó el patito! Esa vez tuvo que huir en pleno aguacero y caminar entre el barro helado, mojarse con la lluvia y soportar fuertes vientos. Además, por el campo andaban los cazadores que, sin duda, le dispararían al verlo.

Y por tercera vez dijo:

—Tengo que escapar, no me quieren, aquí lo que quieren es cazarme.

Por fin, cuando cesó la lluvia, llegó desfallecido a un lago a descansar. Y desde la orilla pudo ver un espectáculo maravilloso.

Unas aves blancas muy grandes se deslizaban por el agua. Una de ellas se acercó a la orilla y le dijo:

—Cuac, cuac, ¿no quieres bañarte? ¡Ven, anímate! El pobre no lo podía creer. Para colmo, los nadadores de este lago eran tan hermosos, con sus largos cuellos y sus plumas brillantes, que él se sentía más feo y desaliñado que nunca.

—Es que no sé si podré nadar —balbuceó. —¿Cómo no vas a poder? ¡Si todos sabemos nadar!

—¡También ustedes se quieren burlar de mí! —les dijo—. Seguro que cuando esté en el agua se van a morir de risa.

—Pero ¿de qué hablas? ¿Cómo nos vamos a burlar de ti si eres un cisne como nosotros? Al cabo de unos instantes el patito pensó:

—Tengo que atreverme. ¡Que pase lo que sea!—. Se tiró de cabezas al agua y comprobó que lo que le decían era cierto: ¡podía nadar! Entonces un cisne mayor y muy elegante se acercó y le dijo:

—Mírate en el agua y verás lo hermoso que eres.

Cuando se atrevió a mirar su reflejo en el agua comprendió que no le mentían. Ya no era un patito feo, solo era distinto a los hermanos con los que había nacido. Al crecer, se había convertido en un cisne: la más hermosa de todas las aves de la región.