El pequeño que creció

En 1988, preocupada por los gastos de su casa en Buga, Martha decidió ayudarle a su marido y montó una venta de paletas con la receta que le había dado una amiga. Decidió bautizar el negocio con el nombre de su pequeño hijo, al que cuidaba mientras hacía las paletas. Así nacieron los Helados Pipe.

Las paletas se acababan en un santiamén, y pronto los niños del pueblo, clientes muy exigentes, empezaron a pedir nuevos sabores. Martha ensayó otras recetas y sacó a la venta nuevos helados de frutas, de pasas, de arequipe y de chicle. Todos tuvieron éxito. Semanas después de estos ensayos, las cubetas atestaban su nevera y las de sus vecinas.

No daba abasto con la demanda y no tenía donde guardar tantas paletas. Hizo un esfuerzo, ahorró y compró un gran congelador.

Con los meses, los clientes empezaron a amontonarse en la puerta de su casa. Para satisfacer el gusto de tanta gente, contrató a tres tilineros para que fueran por las calurosas calles de Buga a anunciar a los cuatro vientos sus helados.

Veintidós años después, Martha hace 400 helados todos los días. Ahora ella puede decir con orgullo que comenzó con una venta de paletas para ayudarle a su marido, y su marido terminó trabajando para las paletas. Con la perseverancia de Martha, los Helados Pipe y Pipe, su hijo, crecieron y salieron adelante.