Municipio El Retorno, Guaviare


Situado en el departamento del Guaviare, al sur oriente de Colombia.

Población: 18.000 habitantes.

Actividades principales: la agricultura y la ganadería.

Temperatura: 28°a 35° centígrados.

La selva que embruja

“Si uno está en el centro de la selva, la única guía que tiene para no perderse es el Sol”. Lo dice con certeza Abimeleth Torres, un colono que llegó a las selvas del Guaviare en 1973. Y sabe los trucos para no perderse en esa maraña tupida de árboles gigantes, así sea en invierno, cuando las nubes tapan el sol.

Su padre fue fundador de El Retorno, un pueblo hecho, a golpe de hacha, por hombres provenientes de todas partes del país. Él y su familia llegaron de Acacías, Meta, luego de un viaje en camión y después en bongo, desde Puerto Lleras, por el río Ariari, un río que nace en la cordillera y desemboca en el Guaviare.

Caño Grande –así se llamaba El Retorno– era un sitio afamado. Desde 1968, empezaron a llegar campesinos de Cundinamarca, Boyacá, Santander, Antioquia, Tolima, Huila, Meta… Habían oído en un programa radial, de las cinco de la mañana, que en esas lejanas tierras regalaban tierra, semillas y herramientas a los desplazados del campo.

Juntos sobreviven en la selva

“Todo era muy pobre, pero tranquilo y sano. Había ayuda mutua: nadie temía de nadie”, recuerda Abimeleth. Hoy, como todos los que llegaron en esa época, cuando Guaviare aún era parte de Vaupés, están seguros de una cosa: sin la ayuda de colono con colono y, sobre todo, sin la de los indígenas, ninguno hubiera sobrevivido en la selva. “Es difícil; el que conoce la selva sabe: este animal es bravo, a éste puede meterle mano; pero uno llega inocente sobre el trabajo en la selva y hasta a las yanabés –hormigas venenosas– les mete la mano, porque las ve bonitas; uno aprende de otra gente, aprende además cómo se comportan los ríos y los caños y qué pepa sirve para comer y qué enferma…”.

Siete días se demora un hombre tumbando una hectárea de selva a punta de hacha. El sueño era desmontar 10 hectáreas al año para hacer potrero, “el afán de uno era tener ganado”.

Les rendía porque intercambiaban trabajo: una semana en una finca, la siguiente en otra. A este intercambio de ayuda lo llamaban de muchas formas: ‘brazo prestado’, ‘mano vuelta’, ‘tiempo cambiado’ o ‘fuerza vuelta’. También hacían ‘partijas’ –cultivos comunitarios de pancoger–. Con trabajo comunitario también armaron puentes y alargaron las trochas, porque quedaron ‘en veremos’ las promesas de apoyo estatal.

Al comienzo, sembraban maíz, arroz, pastos para el ganado. Mientras las cosechas daban, se dedicaron a la caza –a mariscar– y a la pesca. De los indígenas aprendieron a pescar sin anzuelos, haciendo trampas con hojas de palma en los ‘rebalses’ –zonas de inundación que sirven para controlar el cauce de los ríos–, y el secreto para cazar cafuches o cajuches –cerdos salvajes, zainos–. “Les cogimos la costumbre de cómo los mataban fácil. Nosotros con disparos los asustábamos”.

La llegada de un colono


Los primeros días, el colono los pasa en la casa del vecino más cercano. La mujer y los hijos se quedan ahí, mientras los hombres están ‘fundándose’: primero se hace la lindación –marcar los límites del fundo con palos–, luego se hace la socola –tumbar los palos más bajos y delgados– y se monta la ramada, para levantar el rancho o cambuyón, como lo llaman.

Lo principal es el techo, de palma de moriche, luego el zarzo. Antes siempre lo hacían con esterilla de palma de chuapo. Le sacaban la tripa, y la esterilla que quedaba la cortaban del largo necesario. “Se abría y se extendía sobre la empalizada”. Ahí dormían hasta que se acostumbraban a los ruidos extraños y perdían el miedo a las fieras de la selva: “En el zarzo se sentía uno protegido de animales; le tenía miedo al tigre, la culebra, los cafuches que siempre andan en manadas de a 40; cuando uno está nuevo y solo, se mira la selva, los animales se acercan a hacer ruido y uno sin saber qué clase de animales eran… confunde uno micos con marra-nos… esos sonidos raros piensa uno que son fieras; da miedo”, cuenta Luz Mary Urrego, otra colona de El Retorno.

El zarzo es también el sitio para almacenar la cosecha; el maíz lo sacaban dos veces al año a venderlo a San José del Guaviare. Más tarde, con la misma esterilla de chuapo hacían las paredes y se cerraba la casa. Aunque lo usual ahora es hacer, con motosierra, toda la casa en madera, en los lugares hasta donde van los ‘cortes de colonización’ se ve el sistema antiguo de hacer las casas.

La magia de la selva

Con el paso del tiempo, el que llega a la selva se va enmaniguando. “La selva es bonita”, dice Luz Mary Urrego. “Al comienzo se sufre y se llena de miedos, pero después es una magia que lo envuelve, que da tranquilidad; allá encuentra la vida”. Años atrás pasaba meses selva adentro, sin salir. El pelo se le ponía largo, bonito, “lo lavaba con una flor roja que echa una baba”. El ruido que primero la asustaba se convirtió en un encanto más de la selva: de noche las lechuzas chillan y las martas lloran como niños. A las cinco de la mañana, la pava cuyuya ya está bailando: “levanta las alas y las golpea atrás como chicharra; hace churruuu”. Más tarde, las guacharacas y las pavas llegan a comer guayaba y bananos. Y el tente, un ave de patas largas, como zancos, llega pujando: “pug pug”. Si alguien lo remeda, sale a esconderse.

Abimeleth no duda en decir que le fascina la selva; pasa días mirando cómo brincan de árbol en árbol los micos, sorprendido con los colores de las guacamayas. Mirando y mirando ha descubierto muchos secretos: donde totea la pepa de reventilla –con el sol la palma se seca y tira las semillas– es el sitio para pescar.

“Uno, siendo amante de la naturaleza, aprovecha hasta las inundaciones”, dice. Aprendió que los gurres –armadillos, cachicamos– en las crecidas de invierno buscan refugio en los islotes. Allí va a buscarlos. En verano, con el agua escasa, busca la marisca en los ‘salados’ –charcos de agua donde beben los animales–.

“La naturaleza tiene mucho enemigo; entre ellos el colono”, acepta Abimeleth. Pero sabe que domesticar tierras nuevas es la única opción de sobrevivir que tienen muchos campesinos. Vive obsesionado pensando qué cultivos se pueden explotar sin hacerle daño a la selva, que para él –como lo aprendió de los nativos– es la madre tierra.

Secretos para no perderse en la selva

No hay colono que no cuente una aventura perdido en la selva.  Miguel se ha perdido varias veces, del susto muchas veces ha llorado. “Como la selva se trata de que para donde uno voltié es todo igual, uno da y da vueltas y llega siempre al mismo sitio, se embolata fácil”.

Hay otros trucos y secretos, muchos de los indígenas: Si se entra a la selva, hay que tener en mente un punto de referencia: por dónde entró. Si uno entra con el sol al oriente, sabe que cuando regrese lo debe tener al occidente. Si es mediodía, coloca un palo en lo alto y la sombra se marca con otro palo.

En diez o más minutos sabe a qué lado corre el sol porque la sombra corre en sentido contrario. Cuando hay sol, uno se guía por las sombras.

Cuando es invierno y las nubes tapan el sol, o la vegetación es tan tupida que lo tapa, se sube a un árbol, busca un sitio un poco despejado y con las sombras se orienta.  También se puede guiar partiendo cogollos: “se quiebra la ramita para el lado donde se camina”.

Vida y costumbres


Los colonos saben ya hacer las trampas o nasas que usan los indígenas, de palma, para atrapar pescados. Algunos son una especie de embudos con un pequeño roto: el pez entra y no se puede devolver, “queda empacadito, encerrado, no encuentra la salida”. Hay gente que sabe buscar el agua. Con una horqueta de guayabo van caminando. “Cuando sienten una atracción, una fuerza hacia abajo, hacen el hueco y ahí está el agua”.

Los que no conocen este truco hacen los jagüeyes en las partes húmedas, donde ven una vena de agua. Es un buen sitio, porque no se seca tan rápido el agua. También los hacen a la sombra de una ‘morichera’ –grupo de palmas de moriche–. “Estando a la orilla de la morichera hay plena seguridad de que el agua está a flor de tierra.” Con la palma de moriche se techan las casas y los kioscos.

La rieca o zurucucú es la culebra más brava y la de mayor tamaño. Tiene mucho veneno; mata en 24 horas a una persona. Otra peligrosa es la cuatronarices.

Los colonos antiguos y nuevos hablan con horror de la hormiga yanabé. Es una hormiga grande negra y pica más duro que avispa, “hasta lo manda a uno al hospital”.

Lo común es usar pantalón largo, botas de caucho y camisa de manga larga. Saben que hay mucho cumare, una palma “que echa chuzos fuertes, espinas” y hay que protegerse.

Hasta a caballo andan con botas. En los pueblos de colonización se ve todo tipo de sombreros: ‘voltiaos’, llaneros… Últimamente se usa mucho la cachucha.

Las mujeres, además de cocinar y cuidar a los hijos, ayudan siempre a descolar. También ayudan a sembrar, quemar o limpiar.

Cuando se vive selva adentro, la comida es a las cinco de la tarde.

En 2003 el 80% de la población de Guaviare provenía de otras regiones. El 20% restante son los grupos indígenas y una franja de población nacida en el departamento.

La mezcla de costumbres

Cada colono llega a la selva con sus costumbres, “uno conserva sus tradiciones, pero va aprendiendo lo que le conviene”. A los boyacenses, por ejemplo, jamás les falta el guarapo bien fuerte; a los paisas, sus frisoles y sus arepas; a los santandereanos, el mute. En los caseríos hay galleras al lado de las canchas de tejo. Algunos se quejan: “nos tratan de imponer la cultura llanera”.

“Toda esta cultura hace que uno no se sienta oriundo de una parte determinada, sino colombiano con gran cantidad de conocimientos”, dice Abimeleth. Valora compartir con personas de todos los rincones del país, así alimenta su música.

A la selva llegó con su guitarra; apenas tenía una idea de tocarla. Pero se encontró un día con Abimeleth Pardo, campesino de Cundinamarca que, como él, llegó a buscar tierras nuevas en los años 70. Hicieron un dúo: ‘Los únicos’, lo bautizaron. No creen que exista alguien más con su nombre. El llanero compone hoy bambucos y pasillos, además de vallenatos y poemas llaneros; su tocayo de Cundinamarca ya escribe poemas llaneros; además, compró un cuatro y aprende a tocarlo.