El teléfono


Alexander Graham Bell
, un maestro de niños sordomudos, se dedicó a realizar ensayos con el telégrafo. Quería utilizar el invento en la educación de sus alumnos.

Experimentando y experimentando creó un rudimentario micrófono y un parlante. El primero, una membrana muy sensible, vibra ante cualquier sonido. Estas vibraciones, al pasar por una bobina, carrete de alambre fino, se convierten en impulsos eléctricos que viajan por un cable. Al otro extremo de la línea, un parlante trasforma los impulsos nuevamente en vibraciones sonoras.

“Señor Watson, le necesito. Venga aquí, por favor”, le comunicó Graham Bell a su colaborador que permanecía alerta a solo 30 metros de él. Con este primer mensaje en 1876, nació el teléfono.

Miles de manojos de cables nos unen

Los primeros teléfonos se alimentaban con la electricidad proveniente de una batería y de un magneto de manivela. La llamada siempre iba hasta una central telefónica. Las operadoras anotaban el número con el que se deseaba comunicar y manualmente hacían la conexión.

Hoy la conducción es por cables coaxiales —un cable central con miles de filamentos alrededor—, verdaderas autopistas que permiten 132 mil llamadas al mismo tiempo.

Existen también cables de fibra óptica que transportan los mensajes en señales de luz. Los impulsos originales, sean de voz, datos de computador, imágenes, son convertidos en impulsos de luz y son transportados por la fibra en un rayo lá- ser. Para unir centrales telefónicas de un continente a otro, miles y miles de kilómetros de cable coaxial o de fibra óptica han sido hundidos en el fondo del mar. Desde los buques, los técnicos van desenrollando los gigantescos carretes de cable.