El telégrafo


Tenía que existir el modo de mandar mensajes sin que el hombre tuviera que andar, dale que dale, de aquí para allá. Idear la manera de hacerlo fue algo que desveló por años a los ingeniosos inventores.

Uno de ellos, Samuel Morse, después de muchos cálculos y ensayos, un día logró enviar por un cable metálico mensajes entre dos puntos distantes. En cada extremo instaló dos aparatos: uno era una especie de interruptor para mandar impulsos eléctricos. El otro producía pitidos cada vez que le llegaba un impulso desde el otro extremo.

Le tocó inventar un lenguaje para usar su novedoso artefacto: el alfabeto Morse. Las letras y números estaban compuestos de puntos (impulsos cortos) y rayas (impulsos largos). En este alfabeto la A es un punto y una raya, osea un impulso corto y uno largo; la E, un punto la I, dos puntos.

En un extremo de la línea, el emisor, es decir, el que enviaba el mensaje, manipulaba el interruptor. Escribía con impulsos cortos y largos, letra por letra. Al otro extremo de la línea, el receptor, el que recibía el mensaje, convertía los pitidos largos y cortos en puntos y rayas. De inmediato lo traducía para que el destinatario entendiera lo que desde lejos le mandaban a decir.

“¡Lo que ha hecho Dios!”, fue la primera frase que transmitió Morse en 1844. El telégrafo implicó una revolución en las comunicaciones.

En Colombia se tendió la primera línea de alambre telegráfico en l865. Desde Cuatro Esquinas, un cruce de caminos en lo que hoy es el municipio de Mosquera, cerca a Bogotá, se envió un comunicado al entonces presidente Manuel Murillo Toro. Poco a poco se extendieron las redes. Muchas de ellas avanzaron a la par con los rieles de los ferrocarriles. Por años, los telegrafistas fueron importantes y misteriosos personajes: conocían todos los secretos. Eran ellos los que transmitían y descifraban cartas de amor, de negocios, órdenes militares y comunicados oficiales.