Cuando el tren con su estela de humo y hollín llegó a Colombia y a Antioquia


El río Magdalena fue, por años, la columna vertebral de un país desconectado. Era el camino que unía al país. En los vapores entraron técnicos e ingenieros, inversionistas, mercancías venidas de cualquier parte del mundo, locomotoras, rieles, telares, trapiches, cortadoras, prensas, partes para la construcción de puentes, maquinaria para minería.

Los vapores se alimentaban con leña en un principio. Los buques se arrimaban a la orilla para conseguir de 40 a 50 burros de leña al día. Años después llegaron buques que marchaban con carbón. ¡Los fogoneros permanecían tiznados hasta los dientes!

Cuando el café empezó a inundar los campos en 1860, se pensó en modernizar el transporte. Las cosechas necesitaban caminos para llegar al río Magdalena.

Colombia ingresó entonces en la era del ferrocarril. Y avanzó a cuenta gotas, entre otras, también por culpa de las guerras. Más se demoraba el obrero en coger su pala y su pica, que en llegar la noticia de un nuevo conflicto que lo obligaba a tomar el fusil.

Ocurrió con el ferrocarril de Antioquia que tardó 39 años en llegar a Medellín. En 1875 se firmó el contrato para la construcción, en un plazo de ocho años y medio, de un ferrocarril de trocha angosta de 150 kilómetros desde Puerto Berrío hasta Barbosa. Pero 10 años después, el contratista, el ingeniero cubano Francisco Javier Cisneros, se retiró. Había tendido sólo 48 kilómetros de rieles. En diez años el orden público se había agitado 10 veces. Después de muchos problemas, el tren entró a Medellín en 1914.

“El ferrocarril fue lo más hermoso. Fue una gran tragedia que se hubiera acabado”, decía Fulano de Tal a los más jóvenes. Les contaba de sus viajes de Medellín a Puerto Berrío: la máquina y la fila de vagones de metal y madera, se descolgaba por el valle del río Nus, en medio de montañas, y luego corría por un paisaje plano y pantanoso hasta llegar al Magdalena. Por más que lo pensaba, no lograba explicarse por qué el tren se echó al olvido en el país.

El primer tren en el país se hizo en Panamá, cuando éste era aún un departamento de Colombia: con él, se unieron los océanos Atlántico y Pacífico. Luego se tendieron vías férreas para unir las distintas poblaciones con el río Magdalena y entrelazar regiones aisladas.

Las locomotoras favorecieron el desarrollo industrial, en especial, la industria textil de Medellín. Los costos de transporte para importación de maquinaria y materias primas bajaron de manera considerable.

En dos hornos se fundía el oro de las minas de Titiribí. Salían lingotes de 12 libras. De allí, en mulas, emprendía un largo viaje por trochas y luego río. El tren cambió las cosas: el oro salía en mulas y tomaba el tren en Amagá.