Historia de las Vacunas y antibióticos


La Revolución Industrial generó grandes amontonamientos de personas. Los problemas de salud se agigantaron. No existían acueductos, ni drenajes para las aguas negras. Los trabajadores caían enfermos, había mucha mortandad. En ese momento, alguien tuvo una sabia ocurrencia: obligar a todas las personas a lavarse las manos una vez al día. Esta sencilla costumbre, así como la de construir letrinas y el suministro de agua corriente, fueron una gran revolución en materia de salud pública.

Como todas las ciencias, en los primeros tiempos la medicina avanzó lentamente. Y resulta un tanto extraño: las guerras, con el montón de heridos en el campo de batalla, han servido de motor y laboratorio para los adelantos médicos.

Durante la Segunda Guerra Mundial, entre 1939 y 1945, aparecieron las vitaminas sintéticas, los antihistamínicos, los anticoagulantes y se empezaron a utilizar los antibióticos. Estos últimos se descubrieron por casualidad en 1928, pero se comercializaron varios años después. Alexander Fleming, un bacteriólogo que estudiaba la gripa, notó que un hongo que contaminaba una de las placas de cultivo en su laboratorio destruía las bacterias que éste tenía. Encontró así la clave para acabar con las infecciones producidas por las bacterias.

Un batallón de niños nos trajo la vacuna

Las vacunas existen desde hace poco más de 200 años. Su descubridor fue el médico inglés Edward Jenner, quien vivió entre 1749 y 1823. Observó que las ordeñadoras afectadas por la llamada viruela vacuna —que daba por el contacto con la ubre de las vacas— jamás se contaminaban con la mortal viruela humana.

Pensó que el contacto leve con la infección creaba en el organismo las defensas capaces de protegerlo del mismo mal. Se arriesgó a inyectar pus de viruela vacuna a un niño sano: ¡su propio hijo! Luego lo infectó con pus de un enfermo de viruela humana. Nada le pasó. Lo había hecho resistente al mal. Estaba vacunado.

Años después, la vacuna de la viruela llegó a nuestro país. Lo hizo de una manera muy curiosa. Nadie había ideado la forma de transportarla en soluciones que evitaran su descomposición y, en el Nuevo Mundo, la población estaba siendo azotada por el terrible mal. Había que ingeniarse la manera de llevarla a través del océano de manera activa.

Por orden del Rey, salió de España un día de 1803, un barco con 22 niños a bordo. Uno de ellos tenía una pequeña ampolla en el brazo, justo en el sitio donde había sido infectado con la viruela. Antes de que cicatrizara, se pasaba a otro niño para mantenerla viva.

Así, pasándola de brazo en brazo cada nueve días, llegó a su primer destino: Puerto Rico. Meses después, el barco salvador llegó a Cartagena. De allí, por el río Magdalena y luego en mula, viajó la vacuna hasta Santa Fe de Bogotá. En cada estación esperaba un nuevo grupo de niños dispuestos a convertirse en los portadores de la prevención para el terrible mal.

Hoy, los científicos del mundo trabajan en la elaboración de vacunas y curas para grandes males del siglo XXI: el Sida, el cáncer y la hepatitis, entre otros.

En 1969 el mundo se asombró con el primer transplante de corazón. Lo hizo un médico de Sudáfrica, Christian Barnard. Se comprobó que era posible reemplazar un corazón enfermo, sin que esto implicara transferir sentimientos ni comportamientos del donante.

Hoy es posible transplantar hígados, riñones, pulmones, córneas, venas del cerebro, la médula.

El doctor Alberto Villegas hizo el primer transplante de corazón en Colombia, 18 años después de Bernard. Lo realizó en la Clínica Cardiovascular Santa María de Medellín a un obrero de 30 años. La operación duró ocho horas y el paciente vivió dos años más. Hoy Medellín es pionera en transplantes en América Latina.

Sólo hasta 1940 se tuvo la certeza de que el paludismo lo transmite un mosquito. Es un mal que mata a más de tres millones de personas al año en el mundo.

Un marcapasos artificial es un dispositivo electrónico que envía impulsos al corazón cuando falla la estimulación fisiológica para que mantenga el ritmo normal. Su implantación se realiza mediante una pequeña incisión debajo de la clavícula.