Israel, un estado muy joven habitado por un pueblo muy antiguo.

Shalom! ¡Hola!


Me llamo Almog Miller, tengo ocho años y vivo en Tel Aviv. Almog quiere decir “coral”. Es un nombre que tenemos tanto los hombres como las mujeres. Miller, mi apellido, proviene de la palabra alemana müller que significa molinero. Muchos apellidos judíos provienen de los oficios que realizaban nuestros antepasados.

Los judíos vivieron miles de años dispersos por el mundo porque no tenían un Estado. Solo en 1948, después de la II Guerra Mundial, los judíos pudieron fundar el Estado de Israel, en las mismas tierras en las que nació su pueblo hace miles de años. En este territorio vivían también palestinos y otros pueblos árabes. Desde 1948, en Israel, viven personas de muchas nacionalidades, como mis papás, que llegaron de Argentina cuando yo tenía un año. Han llegado de tantos lugares que a veces juego con mis amigos a contar cuántos idiomas podemos oír mientras caminamos a lo largo de una cuadra. Mi loro —tuki, en hebreo— sabe saludar en distintas lenguas.

Mis primos viven en un kibutz, que es una granja grande donde un grupo de personas habitan y trabajan para luego compartir las ganancias que obtienen por lo que hacen. Hay muchísimos en mi país. A ellos llegan jóvenes de todo el mundo a labrar la tierra y a trabajar en distintos oficios a cambio de comida y de un lugar para dormir.

En Israel la mayor parte de la tierra es árida y poco apta para cultivar porque el agua es escasa. Pero eso no ha sido problema para los israelíes, para quienes toda gota cuenta. Ellos se han ingeniado la manera de sembrar hasta en el desierto, regando cada planta con goteros y reciclando el agua lluvia. Hoy tienen una agricultura muy desarrollada.

En la parte antigua de la ciudad de Jerusalén se encuentran monumentos muy significativos para tres religiones distintas: el Santo Sepulcro, que es un lugar de peregrinación para los católicos; la Mezquita Dorada, sagrada para los musulmanes; y el Muro de los Lamentos, o de las Lamentaciones, lugar donde los judíos vamos a orar y a pedir que nuestros deseos se hagan realidad. ¡Es increíble que en una sola ciudad, a poca distancia, se encuentren lugares sagrados tan importantes de tres religiones!

Todos los viernes, cuando oscurece y salen las tres primeras estrellas, hasta el sábado en la tarde, cuando vuelven a brillar las mismas tres estrellas, se celebra el shabat, el día de descanso de los judíos. Ese día se cierran to- dos los almacenes, los restaurantes y los mercados. En el shabat nos llevan al parque, donde hacemos un gran picnic con todos los vecinos.

En septiembre celebramos el Año Nuevo judío o Rosh Hashana —cabeza de año—. Mientras en otros países la gente celebraba en enero la llegada del año de 2014, nosotros, en septiembre, ya le habíamos dado la bienvenida al año 5774. En Rosh Hashana nos comemos una manzana con miel para tener un año dulce. Los mayores, por tradición, se comen una cabeza de pescado como símbolo de que empieza un nuevo año. También bailamos y tocamos un instrumento muy antiguo llamado shofar, fabricado con un cuerno de carnero. Cuando llega el momento, todos nos deseamos el feliz año y gritamos a todo pulmón: Shana Tová.

Al final del bachillerato, los hombres hacen tres años de servicio militar, y las mujeres, dos. Cuando terminan, la mayoría de los jóvenes viajan por el mundo durante un año, llevando solo un morral como equipaje. ¡Yo quiero viajar por muchos países del mundo y llevar un morral bien grande para llenarlo de buenos recuerdos!

Un día al año celebramos el Yom Kipur o día del ayuno, para así quedar inscritos en el libro de la vida, como dicen los rabinos o guías espirituales del judaísmo. Durante las 24 horas de ese día ningún judío practicante puede bañarse ni comer. Cuando cumpla nueve años, debo empezar a ayunar al menos una hora al día, y cuando cumpla 13 años será mi Bar Mitzvah, la fiesta en la cual los niños nos volvemos mayores y debemos cumplir con todo lo que ordena la Torah, el libro sagrado del judaísmo.

El Mar Muerto es el lugar más bajo de la Tierra. En realidad es un lago que tiene tanta sal que cuando te metes en sus aguas quedas flotando sin hacer el menor esfuerzo, como un barquito de papel. En vacaciones, los niños nos cubrimos el cuerpo con el barro que sacamos del Mar Muerto y jugamos a hacer miles de figuras.

Todá
¡Gracias!

Leitraot
¡Adiós!