Nuestra vida antes de nacer

Cuando se une la célula sexual femenina llamada óvulo con la célula sexual masculina llamada espermatozoide, surge la concepción. En el momento mismo de esta unión empieza a formarse una nueva vida humana que comparte la herencia biológica del padre y de la madre. El nuevo ser crece y se desarrolla en el útero materno durante las 40 semanas antes de nacer.

A los dos meses de gestación, el cuerpo del niño ya tiene todos sus órganos formados. En las treinta y dos semanas siguientes el cuerpo del niño crece y se desarrolla, y los diferentes órganos van adquiriendo sus funciones para prepararse para la vida que tendrá fuera del útero.

Durante este proceso la madre alimenta, da respiración y elimina los desechos del niño a través de la placenta.

La familia que espera un bebé

La mujer en gestación vive grandes cambios que influyen en su comportamiento y en sus relaciones con los demás. Su familia también siente estos cambios, y es ideal que los acepten apoyando a la madre de manera activa y solidaria. Toda la familia debe adaptarse a la nueva situación, y participar en los planes para la llegada del bebé, porque tanto la gestación como el nacimiento del bebé van a afectar a todos los miembros de la familia.

Los cambios también se sienten en todo el entorno de la casa: es necesario redistribuir las funciones de las personas en el hogar, asignar las tareas, abrir espacios y reacomodar las cosas para ubicar al recién nacido. 

Los hermanos del bebé que va a nacer sienten una gran curiosidad por su nuevo hermanito, se intrigan sobre manera con el abultado vientre de su madre, y harán preguntas que revelan cuánto los in- quieta la gestación. Los padres deben ir introduciendo al bebé en la familia y podrán pedirle a sus otros hijos que le hablen en el vientre a su hermano, y lo acaricien.

Los abuelos hablarán de su nuevo papel y responsabilidades, lo mismo que los tíos y otras personas cercanas.

El niño en el vientre materno

Existe una comunicación permanente entre la madre y el hijo que está en el vientre. Ellos están conectados tanto física como emocionalmente. Es por eso que el estado emocional de la madre influye directamente sobre el ánimo del bebé.

Desde el segundo trimestre, alrededor del cuarto mes de la gestación, la madre puede percibir claramente los movimientos del niño en su vientre, igual que el padre y cualquier otra persona al poner la mano sobre el abdomen.

El bebé en el vientre ya es sensible a los estímulos de los sentidos: siente la luz, oye la voz humana y los ruidos del ambiente, percibe el calor o el frío del cuerpo de su madre. Siente placer pero también puede sentir ansiedad. El bebé responde a estos estímulos con movimientos de su cuerpo.

Hablarle y comunicarse con él favorece su desarrollo y estrecha el vínculo afectivo que ya tiene con su madre.

La madre

Al comienzo de la gestación es común que la mujer sienta cierta inestabilidad emocional, y surjan de manera intempestiva antojos, alegrías y rabias inexplicables. Todo esto modifica en alguna manera su ritmo de vida y lo que espera es que el padre de su hijo y la familia que la rodean la comprendan y la apoyen.

Los síntomas de inestabilidad van desapareciendo progresivamente y cada día la madre se siente más tranquila y el ritmo del sueño y el apetito se normalizan.


Hacia el final de la gestación la mujer se preocupa por el parto y sus posibles complicaciones, y busca apoyo afectivo en su mamá y en su compañero. Es tiempo de hacer los preparativos para el parto, conseguir las cosas para el bebé y adaptar la casa para la llegada del recién nacido.

En los primeros meses la madre es el soporte principal del bebé, le brinda alimento y abrigo, y le da seguridad pues es el vínculo más fuerte que éste tiene al salir del vientre.

A lo largo de la infancia la madre será el pilar fundamental en la vida de su hijo, y con su afecto incondicional lo acompañará a crecer y a afrontar las dificultades de la vida. Será su refugio, la que solidaria y cariñosa está dispuesta a apoyarlo y a darle un abrazo que lo aliente y lo llene de felicidad. Pero también debe ser la persona que sabe abrir los brazos para que su hijo aprenda a volar y sepa cómo enfrentarse solo al mundo. 

El padre

Se espera que el padre, una vez reciba la noticia, experimente un sentimiento de alegría, y a la vez sienta preocupación por la madre, el nuevo hijo y las responsabilidades que ahora debe asumir.

El padre al aceptar el embarazo de su compañera y participar de manera activa durante todo el proceso de la gestación y nacimiento del bebé, se involucra en las nuevas situaciones que vive la madre y tiene con ella compromisos afectivos.

También es parte activa importantísima en la crianza del niño, y en todas las tareas que ésta demande. Un padre responsable ayudará a cuidar y a proteger el bebé, a cargarlo, limpiarlo y alimentarlo y, con el tiempo, se convertirá en el mejor cómplice de todas las actividades que el niño realiza en la gran aventura de ir descubriendo el mundo.

Con su ejemplo y con su actitud, el padre será el mejor modelo de imitación para su hijo. Un buen padre es cariñoso, afectuoso, tierno, firme, protector y amigo; además, tendrá la responsabilidad de velar por su seguridad material, en todo lo relacionado con brindarle un hogar armonioso y alegre, buena salud, buena alimentación y buena educación, pensando siempre en el presente y en el futuro del niño.

Un buen padre sabrá darle alas a su hijo, protegerlo y a la vez estimularlo para que descubra su propio destino como un hombre seguro, cálido, emprendedor, inteligente, sensible y responsable.