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La suerte de Ozu

Basado en un cuento oriental
Imagen: Estatuas de Buda en la Bhümisparshamudra — (Ayutthaya Thailandia, Siglos xv–xvI)

Hace muchos años, en tiempos de guerra, vivían en una granja un buen hombre con su hijo.

La gente del pueblo los consideraba ricos porque tenían un caballo.

Una mañana, al entrar al establo, Ozu, el hijo, encontró que su caballo había desaparecido.

Corrió hasta donde estaba su padre. Llorando le contó lo que había visto y le dijo que era lo peor que les había pasado.

Su padre, muy sabio, le contestó:

—¿Estás seguro, hijo? ¿Cómo lo puedes saber? Buena suerte, mala suerte, quién sabe. 

Al día siguiente cuando Ozu limpiaba el establo, escuchó unos caballos galopando a lo lejos.

Salió a mirar qué pasaba y se encontró con que su caballo volvía a la granja acompañado de una manada de potros salvajes.

Al ver esto, Ozu corrió hacia la granja gritando:

—¡Nuestro caballo ha vuelto y nos ha traído una manada de potros! ¡Esto es lo mejor que nos ha pasado!

Su padre, muy sabio, le contestó:

—¿Estás seguro, hijo? ¿Cómo lo puedes saber? Buena suerte, mala suerte, quién sabe.

Esa misma tarde, Ozu quizo domar a uno de sus nuevos potros. En cuanto el caballo sintió el peso sobre su lomo, empezó a saltar sin control y Ozu cayó al suelo, rompiéndose un brazo.

Ya en su cama, adolorido, le dijo a su padre:

—La llegada de los potros ha sido lo peor que nos ha pasado.

Nuevamente, su padre volvió a preguntarle:
 
—¿Estás seguro, hijo? ¿Cómo lo puedes saber? Buena suerte, mala suerte, quién sabe.

A la mañana siguiente, el padre y su hijo se despertaron al oír unos fuertes golpes en la puerta de su casa. Eran unos soldados que venían a reclutar a Ozu para el ejército.El padre llevó a los soldados al dormitorio de su hijo y les dijo que podían llevárselo. El capitan lo miró detenidamente y lo miró muy serio:

—Así no nos sirve —y salió de la casa seguido por los otros soldados.

Ozu, con alivio, le dijo a su padre:

—¡Qué suerte he tenido!

Pero su padre, muy sabio, le contestó una vez más:

—¿Estás seguro, hijo? ¿Cómo lo puedes saber? Buena suerte, mala suerte, quién sabe.