Las ventanas de oro

Anónimo

Gracias a este cuento, sabréis quién posee la mejor casa del mundo.

Roberto vivía en una granja en mitad del campo, junto a un amplio valle de verdes pastos, que estaba rodeada de montañas y bosques. Su casa se hallaba situada en lo alto de una colina. Era un bonito lugar donde vivir, con mucho espacio donde jugar y corretear.

Por las tardes, cuando Roberto terminaba de hacer los deberes, se entretenía dando de comer a su ternero, arrojando palitos al agua del estanque o, simplemente, deambulando por la granja.

Su momento preferido del día era la caída de la tarde, cuando el sol estaba a punto de ponerse. Le gustaba entonces sentarse en el porche y contemplar la colina que se alzaba a lo lejos, en el otro extremo del valle. En aquel lejano promontorio, se erguía un viejo caserón con ventanas de oro. El único momento del día en que esas ventanas podían verse era justo antes de la puesta del sol, pero a esa hora despedían tal brillo, que no era capaz de mirarlas sin guiñar los ojos. Su resplandor se extendía por todo el valle, y a Roberto aquella casa se le antojaba la más maravillosa del mundo.

Un día, el chico decidió que tenía que ver de cerca aquella casa de las ventanas de oro. Se preparó la merienda y la metió en su mochila. Luego se despidió de sus padres, prometiéndoles que tendría mucho cuidado, y emprendió el camino a través del valle. Era un día precioso para salir de excursión. El sol sonreía y, por encima de las lejanas cumbres de las montañas, flotaban hermosas nubes blancas. Roberto pasó junto a varios campos de trigo, y desde el otro lado de las cercas de los prados, las vacas lo observaron con recelo. De vez en cuando le adelantaba algún coche por la carretera, por lo general ocupado por un conocido que lo saludaba con la mano al pasar. La sombra de Roberto caminaba con él, haciéndole compañía, y se sentía feliz.

Al cabo de un rato, Roberto sintió hambre y tomó asiento junto a un arroyo de agua clara que discurría por el centro del valle. Se comió el bocadillo, la manzana y la chocolatina que llevaba en su mochila y reemprendió la marcha.

Finalmente llegó a una montaña muy alta y frondosa. Escaló a duras penas la ladera y en la cima divisó la casa que andaba buscando. Pero al acercarse, se llevó una gran sorpresa: se trataba de un viejo caserón como cualquier otro, con ventanas corrientes de cristal. Allí no había oro de ninguna clase.

Una señora salió sonriente a la puerta, para darle la bienvenida.

—Desde nuestro monte, sus ventanas parecían de oro —dijo Roberto—, y he venido andando hasta aquí para verlas de cerca.

La señora sacudió la cabeza y se rió.

—Ojalá fueran de oro —contestó—, pero son de cristal; aunque el cristal es mejor porque así se ve lo que hay al otro lado.

La señora invitó a Roberto a sentarse en el porche. Le sirvió un pedazo de pastel y un vaso de leche y charlaron un rato. Después fue a llamar a su hija, que tenía más o menos la edad de Roberto, y ella regresó al interior.

Nancy, que así se llamaba la niña, acompañó a Roberto a dar una vuelta por la granja y le enseñó su ternero negro, que tenía una estrella blanca en la frente. Y Roberto le habló del suyo, que era de color castaño, con las patas blancas.

Después se sentaron a comer una manzana y se hicieron amigos, y Roberto le preguntó por las ventanas de oro.

—¡Te has equivocado de casa! —exclamó Nancy—. Ven conmigo, te enseñaré dónde está esa casa de las ventanas de oro.

Se dirigieron los dos hacia un promontorio que se alzaba tras la morada de Nancy. Mientras se dirigían hacia allí, la niña le comentó a su amigo que aquellas ventanas sólo podían verse a una hora determinada, justo antes de la puesta del sol.

—¡Ya lo sé! —saltó enseguida Roberto.

Cuando llegaron a lo alto del promontorio, Nancy se volvió hacia el valle y señaló hacia el extremo opuesto. Allí, en una colina lejana, se alzaba una casa con brillantes ventanas de oro, igual que las que Roberto había visto. Sin embargo, al mirarla bien, el niño se dio cuenta de que aquélla era su propia vivienda.

Le dijo a Nancy que debía irse. Antes, le regaló su guijarro favorito, el blanco con una franja roja, que guardaba en el bolsillo desde hacía un año. Nancy, por su parte, obsequió a Roberto un silbato que le había salido de regalo dentro de una caja de cereales. Roberto prometió que regresaría, pero no le reveló lo que acababa de descubrir. Bajó la colina a toda prisa, seguido por la mirada de Nancy, que lo observó alejarse a la luz del atardecer.

Casi era ya de noche cuando Roberto llegó a casa. Su familia se disponía a cenar en ese momento. Nada más abrir la puerta, su madre se acercó a darle un beso y su hermanita se le lanzó al cuello para abrazarlo. Su padre, que estaba poniendo la mesa, lo miró con una sonrisa.

—¿Qué tal ha ido la excursión? —preguntó la madre.

Muy bien, le había ido muy bien.

—¿Qué, has descubierto algo? —preguntó el padre.

—¡Pues sí! —respondió Roberto—. ¡Que tenemos una casa con las ventanas de oro!