Llanos orientales

Departamentos de  Meta, Vichada, Casanare, Arauca al  oriente de Colombia en los límites con Venezuela.

Actividad principal: ganadería  a gran escala. Temperatura: 26°a 28° centígrados.


Libertad, caballo y jinete, ¡eso es el Llano!


Los Llanos Orientales colombianos tienen 214 mil kilómetros cuadrados. En el mapa, esa sabana ocupa cuatro departamentos: Arauca, Casanare, Vichada y Meta.  El clima tiene dos épocas muy definidas: un largo verano, de diciembre a abril, y el resto del año, el invierno que inunda buena parte de la sabana, la hace intransitable y vuelve los ríos imposibles de cruzar.

Lo que más ama el llanero es sentirse libre, sin ataduras para jinetear, detrás del ganado, por una sabana que no parece tener límites.

A las tres de la mañana, el llanero ya está en pie. Hay que ordeñar las vacas. A esa hora, la mujer ya ha colado el café cerrero. Lo toma y sale para el corral. Cada vaca tiene su nombre y se le llama cantando. Si llama: “Ropa Sucia, Ropa Sucia...”, una vaca blanca, ceniza, brama: “maaaa”; ya tiene su orden para el ordeño. Y va entonando canciones “de esas que le nacen a uno”, mientras exprime la ubre: Pónte, pónte, Lucerito, mi vaca lebruna que el ordeñador la espera con el rejo y la totuma. Desde niños aprenden que a la vaca se le toca el lomo y se ordeña por el lado derecho; el animal, como hipnotizado, se deja ordeñar sin necesidad de lazo.

Día a día

A las seis, cuando el sol –si no está nublado– se ve como una bola roja muy grande, ya está libre para irse a limpiar la topochera –platanera–. A las siete desayuna con caldo de costilla, tungos –envueltos–, topocho cocinado y carne. La sobremesa es un guarapón, un café o dos vasos de agua de la nevera llanera: la tinaja.

Si hay que sabaniar –darle vuelta a la sabana– el horario se adelanta: sale a las cinco de la mañana. Se revisa qué “ganao” falta, cuál está ‘engusanao’, para rezarlo; se mira si la vaca que estaba a tiro de parir, ya parió, o si es necesario curar algún becerrito.

Entonces el desayuno es a las once. Muchas veces, a las cinco de la tarde, el llanero se encarama en el tranquero –puerta de los corrales y puerta de entrada al caney, la casa del hato–. Ahí se sienta a mirar la sabana; coge su cuatro y se inspira. A las seis come y se pone “al ‘trabajo de llano’ nocturno: recostarse y mecerse en el chinchorro”. Cuando hay ‘trabajo de llano’, las cosas son distintas. El encargado del hato mira el lucero becerrero, que anuncia las tres de la mañana, y dice: “¡Son las tres! ¡Ya, muchachos, párense! ¡Dejen la flojera! ¡Al corral y a los caballos! ¡Café cerrero!”, cuenta Pedro Nel Suárez, Galón, un viejo llanero que por años manejó hatos en Casanare y Vichada. Y mientras el lucero va bajando –a las cinco y media se oculta–, en las caballerizas los vaqueros van preparando los aperos. No olvidan el cacho y el cuchillo. ‘Llanero sin cacho, no toma agua; sin cuchillo, no come carne’, dice el refrán.


Es el trabajo más importante del hato: recoger, apartar y herrar el ganado. Ahí es donde salen a relucir las destrezas del buen llanero: jinetear un caballo machiro –mañoso, desconfiado–; enlazar de a caballo y en plena carrera una res; colear en sabana abierta un –maute– novillo entero, sin capar. 

El ‘trabajo de llano’ se realiza dos veces al año. En mayo, ‘a entrada de agua’, es decir, con las primeras aguas del invierno. Se repite en diciembre, en tiempos de ‘salida de aguas’, es decir, con los primeros soles de verano.

La jornada empieza al amanecer. Los jinetes van envolviendo los ‘rodeos’ –ganado que se aquerencia de un retazo de sabana– hasta que los juntan en un punto. Luego los con-ducen al corral. Cada llanero busca su lugar para hacer el recorrido que puede durar de dos a tres horas. El cabestrero va adelante, es el encargado de mostrar el camino. A veces va cantando al ganado: Afila, afila, novillo, por la huella del cabestrero/ ponerle amor al camino y olvida tu comedero, jaa jaaaaaaaaaa/ El que no canta ‘ganao’ no sirve pa’ cabestrero/ y lo llaman las mujeres el pendejo majadero, jaaa jaaaaaaaaaja.

Atrás van los vaqueros de menos experiencia. Algunos, van mascando chimú –resina de tabaco, que es tradición indígena– y de cuando en cuando sacan un pedazo de carne del pollero –bolsa de tela donde llevan el bastimento, ‘el por si acaso’ como lo llaman–. En uno va la carne y el plátano; en el otro, panela con queso o los golfios –harina gruesa– de maíz tostado.

Ya en el corral apartan el ganado de saca –que está listo para vender–, hierran los becerros y castran a los más grandes.

Según el tamaño del hato o del fundo, el trabajo de llano puede durar hasta 40 días. Antes, el ganado seleccionado para vender o llevar a los cebaderos se arriaba, a paso lento, en largas jornadas. Eran travesías en las que se orientaban por una ‘punta de mata’, por un palo, por un ‘monte redondo’, por un guafal, que es como llaman en el Llano a los guaduales. Así quedaron marcados los caminos ganaderos, ¡derechos!

Es diferente el ‘trabajo de llano’ para los casanareños, los araucanos y los llaneros del Vichada. En el Meta tienen otra forma de enlazar la res y otro modo de hablar. Un estero -como llaman en Arauca y Casanare a un humedal o ciénaga-, en el Meta es una chucua. Una mañosera es un ‘ganao’ que vive en el monte, sale por la noche a comer y vuelve y se mete en el monte. Es ‘ganao’ cimarrón.

Hay una creencia que manejan los viejos llaneros: “A los 40 días exactos del primer trueno que se escucha en enero, llueve”.

Paisaje


Garceros son los sitios donde en los atardeceres llegan las garzas de todos los colores. Allí duermen y al amanecer vuelan a las lagunas, esteros y ríos a buscar su alimento: el pescado.

El hato tiene más de mil hectáreas, y más de mil cabezas. El fundo, menos de mil y el fundito, menos de 200. En el Meta se habla ya de finca y hacienda –términos que llegaron de afuera–. En el hato se produce ganado. Cada hato tiene muchos atajos de caballos –grupo de yeguas con un caballo padrote– y muchos rodeos –reunión de ganado– en un cierto pedazo de sabana.

Rezos para el ganado y la llanura

En el Llano se reza el ganado. Lo enseñan, generación tras generación, los viejos, los abuelos, a los más jóvenes. “¿Qué colores tiene la res enferma?”, pregunta el que conoce el ofi cio, pues por cada color hay una oración.

“Yo te conjuro, animales… y te juro que caerán de dos en dos, de uno en uno, hasta que no quede ninguno!”. Así se va rezando. A la hora, dos horas, a la res ya se le están cayendo los gusanos.

También se reza la sabana, los cultivos y para evitar las mañoseras de ganados. “Si usted se pone a enlazar el ‘ganao’ sin rezarlo, se le vuelve altivo y se le pierde, se va pa’l monte, se mañosea. Toca ir a caballo y, cuando el ‘ganao’ se queda viéndolo, usted va rezando”.

La sabana se reza por ahí en noviembre, cuando da el ‘mal de tierra’; el agua se apicha y a los animales se les caen los cascos y se les pela la lengua. También, para alejar las culebras.

Vida y costumbres


Cuando se va a construir una casa, primero se busca el agua. La manera tradicional de hacerlo es colocando –en verano– platos esmaltados bocabajo. El que aparezca con una humedad es señal de que ahí está la pinta del agua. No falla. El hato tiene la casa del patrón, la del encargado y la caballeriza. La casa tradicional es amplia, de bareque y techo de palma. Las paredes no llegan al techo, para dejar correr el aire.

En la caballeriza empieza y termina el trabajo de llano. Ahí duermen y se reúnen los vaqueros y se reparten los trabajos y las sogas. Cada vaquero se apodera de un pedazo de ‘media’ –pared para colocar la silla– y de un horcón para guindar sus aperos.

Los ponederos de las gallinas son altos, porque hay harto animal que se come los huevos. En verano duran 20 días para empollar; en invierno, 22.

Por ley del llano, los tranqueros –puertas de corrales y hatos– son nones: tienen un número impar de travesaños: 5-3-7. Se abre siempre de abajo hacia arriba… Se cierra al contrario.

El botalón, un palo redondo terminado en horqueta, es donde se achican –amarran con rejo– las reses o bestias para castrar, marcar o topizar –quitar los cuernos a los becerros– y estoconar –despuntar los cuernos–.

Cuando el agua se saca con bomba, el pozo se llama aljibe. Cuando se saca con balde es jagüey. El primero tiene entre 12 y 18 metros de profundidad. El segundo, de 2 a 5. Cuando se sacrifica una res, la carne se sala y se guinda en la tasajera. El cuero lo estaconan –extienden– entre estacas y lo ponen a la brisa.

La mamona

La mamona es el plato típico del Llano. Nació en los corrales para alimentar a los vaqueros; también, para salir de los animales muertos que se dañaban durante las largas travesías. La carne de una ternera de seis meses a un año se adoba con un día de anticipación. Las presas bañadas en aguasal se ensartan en varillas de palos, que no sean amargos, y se colocan clavados alrededor de un fuego. Antes se decía que quien asa la mamona, la noche anterior no debe subir a un zarzo ni comer bocadillo, porque se le sorocha la carne. Las presas de mamona tienen nombres, muchos de animales porque recuerdan su forma: ‘osa’, ‘garza’, ‘tembladores’, ‘pollos’, ‘cachamas’...

Otros platos típicos llaneros son: El pisillo, una carne de res, chigüiro o babilla, molida y condimentada.

Las hayacas, tamales pequeños de carne picada de cerdo, res, gallina o pato, masa de maíz, papa y alverjas.

Los sancochos, que se hacen de gallina, pato o cachicamo (armadillo).

Todos se acompañan con abundante topocho verde y yuca cocinados.

El buen llanero es de talón ‘cuartiao’. Se le forma de montar a caballo descalzo y usar un estribo que deja un dedo –el gordo o el meñique– por fuera, ahorcando el estribo. “El que agarre y se suelte pierde el año”, dicen los viejos. Al principio da callo. Pero después que se coja un callo grueso, ya no molesta.

Buen caballo y buen sombrero son el orgullo del llanero. Descalzo, con el pantalón remangado en la pantorrilla y el cuchillo al cinto. La camisa de manga larga para las fiestas y para ‘salir al pueblo’ y el sombrero nuevo –el más fino, el pelo ‘e guama, de fieltro peludo–, negro o habano claro, pero, en todo caso, que pese para que resista la brisa y los brincos del caballo...

En el equipaje del llanero siempre va un chin-chorro, un toldillo y una muda de ropa, “pa’ no dormir mojao”.

Los bueyes sirven para cargar madera, guafa, leña, sal para los lambederos –saleros–. Se les llama los ‘camiones del llano’. Son los únicos que pasan por algunos sitios intransitables en invierno.

Folklore

La música llanera sigue el ritmo del caballo: lento, el vals o pasaje; menos lento, el pasaje y al galope, el joropo, que a su vez comprende más de 40 ‘golpes’ o variaciones: gaván, seis por derecho, pajarillo, periquera, zumba que zumba, quirpa, juana–guerrero... Los temas son el paisaje sabanero y la vida del llanero, con sus animales o con su propia naturaleza. Y el amor. El arpa, el cuatro, los capachos o maracas y la bandola llanera son los instrumentos tradicionales.

El furruco es un instrumento que se utiliza como reemplazo del bajo. Se hace con una vejiga de venado, cuero y una vara de ceiba que se unta con miel de abejas; se jala y produce un sonido hondo. Es semejante a la ‘puerca’ que utilizan en el Huila.

Del Llano no me salgo


Galón ha compuesto 120 temas y desde hace 20 años va a festivales a defenderlos. “Uno compone en la mente y después escribe”, dice. Pero hay mucho llanero compositor analfabeta. El va componiendo, en la cabeza. Va cantando y escoge lo que le gusta. Hasta que siente que lo tiene listo. Este es uno de sus poemas preferidos:

Que quién soy y pa’qué sirvo Yo nunca niego la cría Vengo del centro del Llano Por los lados del Guachiría Donde el topocho y la carne Son mi ración preferida La soga en el garabato Esa es la escopeta mía.

En un rancho var’en tierra Me acuerdo yo todavía Junto al lado de mi abuelo Él para mí fue la guía. Me enseñó los reglamentos Y el respeto, me decía,“Pa’que el día de mañana Del Llano sea garantía”.

El que se sienta llanero De esa manera se cría Me la habito trabajando De peón de ganadería Allá en esos viejos hatos En tiempo de vaquería Y en las faenas llaneras Porque esa es la ciencia mía.

El “coleo” un deporte llanero

El ‘coleo’ nació en las faenas de los hatos, cuando el animal se escapa del rebaño y el vaquero lo persigue a caballo. Lo coge de la cola y lo derriba de un jalonazo. El coleo a pie es común en el corral, con ayuda del que enlaza. También se hace en campo abierto. Se empezó a colear en las fiestas patro-nales de los pueblos, en las calles cercadas de guafa con el público en las ventanas. Hoy se hace en la manga de coleo, un cercado de 300 metros de largo por 20 de ancho. Se suelta el toro al grito “¡Cacho en la mangaaa...!” y el puntaje depende del sitio donde caiga el toro y de la forma de caer: de campana, campanilla, remolino.

Ahora, el coleo es un deporte que se practica en Colombia, Venezuela, México y Brasil.