Los siete chivitos

Jacob y Wilhelm Grimm

Este es el cuento de siete chivitos blancos que vivían con su mamá en una linda casa en el bosque. Pero en el bosque vivía también un lobo malvado.

Un día, la mamá tuvo que ir al mercado. Llamó a sus siete chivitos y les dijo: —Cierren bien la puerta y no le abran a nadie, porque el lobo malvado puede venir. —¿Y cómo sabremos que el lobo malvado es el que toca a la puerta? —preguntaron los chivitos. —Porque el lobo tiene la voz ronca y las patas negras —contestó la mamá y se despidió.

Al quedarse solos, los siete chivitos cerraron la puerta con candado.

El lobo, que estaba escondido detrás de unas matas, vio pasar a la mamá y pensó: “Ahora me comeré a los siete chivitos que están solos, tiernos y gorditos”.

En tres saltos llegó a la puerta de la casa y tocó: ¡toc, toc, toc! —¿Quién es? —Abran, mis chivitos. Soy su mamá y les traigo dulces del mercado —dijo el lobo.

Pero los chivitos le contestaron: —No, tú no eres nuestra mamá. Ella tiene la voz dulce y tú la tienes ronca.

Entonces el lobo se fue a su casa y se tomó seis cucharadas de miel para aclararse la voz. Regresó a casa de los chivitos y tocó: ¡toc, toc! —¿Quién es? —Abran, mis chivitos. Soy su mamá y les traigo dulces del mercado —dijo el lobo con voz dulce. Los chivitos iban a abrirle la puerta, cuando vieron sus patas por la rendija. —No, tú no eres nuestra mamá. Ella tiene las patas blancas y tú las tienes negras.

El lobo se puso furioso. Entonces fue a casa del panadero, y allí, sin que nadie lo viera, metió sus patas en un barril de harina hasta que le quedaron blancas. El lobo regresó corriendo a casa de los chivitos. Y tocó: ¡toc, toc, toc! —¿Quién es? —Abran, mis chivitos. Soy su mamá y les traigo dulces del mercado —dijo el lobo. —Queremos ver tus patas primero —contestaron los chivitos. Y el lobo asomó por la rendija sus patas enharinadas. Los chivitos, entonces, abrieron la puerta. El lobo entró a la casa y todos corrieron a esconderse.

El primer chivito se metió en la canasta de la ropa sucia. El segundo chivito, debajo de la cama. El tercer chivito, en una gaveta. El cuarto chivito, debajo de la mesa. El quinto chivito, en el escaparate. El sexto chivito, detrás del sofá, y el más chiquito se metió dentro del reloj.

Pero el lobo malvado los fue encontrando uno por uno, y uno por uno se los fue comiendo, menos al más chiquito, porque no se le ocurrió buscar dentro del reloj. El lobo se fue con la barrigota llena y se acostó a dormir la siesta debajo de un árbol en medio del bosque.

Cuando la chiva regresó del mercado, encontró la puerta abierta y la casa patas arriba. —¡Ay, mis hijos! ¡Ay, mis chivitos! ¡El lobo malvado se los ha comido a todos! —¡A mí no! ¡A mí no! —gritó el más chiquito desde el reloj.

La mamá chiva lo ayudó a salir y el chivito le contó lo que había pasado. A la chiva se le ocurrió entonces una idea: buscó las tijeras, el carrete de hilo, la aguja y el dedal. Tomó a su chivito más pequeño de la mano y se fue con él al bosque a buscar al lobo.

Caminaron y caminaron hasta que escucharon unos ronquidos, y ahí, durmiendo debajo de un árbol, vieron al lobo.

La chiva se acercó calladita, y, de un tijeretazo, le abrió la barriga. Afuera saltaron los chivitos, uno por uno. El lobo estaba durmiendo tan profundamente que no se daba cuenta de nada. Los chivitos brincaban felices, pero la chiva les dijo: —Shhhhh... no vayan a despertar al lobo, que aún no hemos terminado. Busquen seis piedras bien grandes para metérselas en la barriga.

Los chivitos trajeron las piedras y se las metieron hasta dejarlo panzón.

Luego, la chiva enhebró la aguja y, con mucho cuidado, le cosió la barriga.


La chiva y sus chivitos regresaron a casa, trancaron la puerta y se comieron los dulces que su mamá les había traído del mercado.

Y el lobo, mientras tanto, despertó con dolor de barriga. Quiso ir a tomar agua al río y se paró trastabillando porque la barriga le pesaba muchísimo.

—¡Ay! Estos chivitos no estaban tan tiernos, me duele la panza —se quejó el lobo. Y cuando se inclinó a beber a la orilla del río, el peso de las piedras lo hizo caer al agua y la corriente se lo llevó.

La chiva y los chivitos nunca volvieron a ver al lobo por esas vecindades.