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Los tres consejos

REGIÓN SURANDINA

Era una vez un hombre muy pobre que vivía en un ranchito. Cansado ya de tanta miseria, resolvió irse a recorrer el mundo y probar fortuna. Su mujer trató de disuadirlo de sus propósitos, y hasta le dijo que pronto tendrían un hijo, pero ni así logró detenerlo.

El hombre hizo su viaje a pie. Caminó de pueblo en pueblo sin encontrar ningún trabajo que le interesara.

Al fin, después de mucho andar, llegó a un pueblo que le gustó y pidió trabajo en la panadería. El dueño de la panadería lo aceptó, pero a cambio no le dio sueldo alguno. Sólo le daba en pago comida y ropa.

Así pasaron los años, hasta que un día el hombre se acordó de su esposa y le dijo al dueño que deseaba volver a su pueblo. El panadero le dijo que hacía muy bien en volver a su casa y que si prefería dinero en pago de tantos años de trabajo, o tres consejos. Después de mucho pensar, nuestro hombre se decidió por los tres consejos. Entonces, el panadero le dijo: 

—No dejes camino real por vereda. No te hospedes nunca en donde el amo de la casa sea un viejo. No hagas nunca de noche aquello de lo que te puedas arrepentir por la mañana.

Ya para despedirse, el dueño le regaló un pan con la recomendación de que no lo partiera hasta no llegar a su casa.

Así, emprendió el regreso. En el camino se encontró con varios hombres que lo invitaron a viajar con ellos. Al llegar a una encrucijada, los compañeros opinaron que era preferible acortar camino tomando una vereda. Entonces recordó el primer consejo: “No dejes camino real por vereda”, y abandonó a sus compañeros. Al llegar al pueblo cercano, se enteró de que unos bandidos habían matado a sus compañeros de camino.

Siguió, pues, su viaje solo. Una tarde, ya caía la noche y estaba todavía lejos el pueblo, vio una casa y se acercó a pedir posada. Al tocar, salió a recibirlo un viejo acompañado de su esposa, una mujer joven. Recordó de inmediato el segundo consejo: “No te hospedes nunca en donde el amo de la casa sea un viejo”. Y después de saludar atentamente, se despidió y siguió su camino.

Cercano a la casa estaba un caney abandonado, donde colgó su chinchorro y se acostó. 

Muy entrada la noche, se despertó, pues sintió ruido en la casa cercana y se levantó para averiguar qué pasaba. Oculto detrás de un árbol, vio que de la casa salía un hombre arrastrando un bulto; pasó muy cerca de él y se detuvo un momento, lo que aprovechó para cortar un pedazo de la capa del hombre.

Al clarear, emprendió de nuevo su camino y al llegar al pueblo cercano se encontró con una multitud que rodeaba el cadáver del anciano dueño de la casa en donde no había querido hospedarse. Nadie sabía quién lo había matado. Entre los curiosos que rodeaban el cadáver, nuestro hombre vio al que le faltaba un pedazo de capa y se dio cuenta de que era el asesino. Fue al tribunal y lo denunció presentando como prueba el pedazo de capa que había guardado.

Ante la prueba, el hombre confesó su crimen diciendo que se había puesto de acuerdo con la esposa del viejo para hacerlo. La justicia le dio las gracias y él continuó su camino.


Después de muchos días de viaje, una noche de luna en la que había gran claridad, llegó a su casa, entró y vio a un hombre durmiendo en un chinchorro. Iba a caerle a palos, creyendo que su mujer se había casado con otro, cuando recordó el tercer consejo: “No hagas nunca de noche aquello de lo que te puedas arrepentir por la mañana”. Entonces salió afuera y se sentó cerca de la puerta a esperar el día para hablar con su esposa.

Al empezar a aclarar oyó la voz de su mujer que decía:

—Hijo, hijo, levántate.

Entonces se acordó del anuncio de la esposa, cuando decidió partir, de que iba a tener un hijo, y entró de inmediato a la casa donde fue reconocido por la esposa. Abrazó al hijo y todo era alegría para los tres después de tan larga separación. Para celebrar el encuentro se sentaron a desayunar y el hombre sacó el pan, regalo del dueño de la panadería. Al cortarlo salieron una cantidad de monedas de oro que el dueño de la panadería había puesto en recompensa de sus buenos servicios.

Y desde entonces todos fueron felices.

Ilustraciones: Alejandra Estrada