Los tres hermanos

Jacob y Wilhelm Grimm

Un hombre tenía tres hijos, y toda su fortuna consistía en la casa en que habitaban. A cada uno de los hijos le hubiera gustado heredar la casa después de la muerte del padre, pero este los quería a todos por igual y no sabía qué hacer. Tampoco quería vender la casa, pues había sido de sus abuelos. De pronto tuvo una idea y les dijo a sus hijos:

—Vayan por el mundo a probar fortuna y aprendan, cada uno, un oficio. Cuando vuelvan, la casa será del que lleve a cabo la mejor exhibición del oficio que haya escogido—. A los hijos les gustó la idea. El mayor decidió hacerse herrero; el segundo, barbero; y el tercero, maestro de esgrima. Luego fijaron un plazo para volver a casa y partieron.

Con el tiempo, cada uno encontró un buen maestro y aprendió lo necesario para ejercer su oficio.

El herrero progresó tanto que llegó a herrar los caballos del rey, y se dijo: —No fallaré, recibiré la casa.

El barbero se volvió muy solicitado por todos los señores del pueblo, y pensó que ya era suya la casa.

El maestro de esgrima recibió algunos golpes, pero se aguantaba y se animaba pensando para sí:

—Si temo algún golpe, nunca tendré la casa.

Cuando pasó el tiempo convenido, los tres hijos volvieron a la casa de su padre. Los tres esperaron el momento oportuno para mostrar el arte que habían aprendido en sus respectivos oficios. Un día, estando los cuatro juntos, un conejo pasó corriendo por el campo a toda velocidad. —¡Ah! Viene en el momento justo —dijo el barbero. Entonces cogió jabón y una vasija, hizo espuma, y cuando el conejo pasó cerca de él, lo enjabonó a toda carrera, y a toda carrera le afeitó los pelos de la barbilla sin hacerle corte alguno, y no le hizo ningún daño.

Al verlo, dijo el padre:

—Me gusta, me gusta. Si los otros no se lucen, la casa será tuya.

Poco después, pasó una carroza a toda marcha. Entonces el herrero dijo:

—Ahora verás, padre, lo que yo sé hacer.

Salió corriendo detrás de la carroza, cogió al caballo, que iba a toda carrera, y en un minuto le puso las cuatro herraduras.

—Eres increíble —dijo el padre—. Haces las cosas tan bien como tu herma- no. No sé a quién tendré que darle la casa.

Entonces habló el tercero:

—Padre. Déjame también probarte algo.

Y como estaba empezando a llover sacó su espada y la esgrimió con golpes cruzados sobre su cabeza de tal manera que no dejó que cayera ni una gota de lluvia sobre él. La lluvia se hizo tan fuerte que al final llovía a cántaros, pero él agitaba tan fuerte la espada para detenerla que seguía seco como si hubiera estado bajo techo.

Cuando el padre vio esto, dijo asombrado:

—Tú has llevado a cabo la mejor exhibición, la casa es tuya. Aunque debo reconocer que los tres estuvieron fabulosos.

Los otros dos se conformaron, según se lo habían prometido anteriormente. Como se tenían cariño, permanecieron en la casa los tres, practicando su oficio. Lo habían aprendido tan bien y eran tan hábiles que ganaron mucho dinero y el respeto de todo el pueblo.

Así, vivieron felices toda la vida, hasta que ya viejos uno de ellos enfermó y murió. Los otros dos se pusieron tan tristes que a los pocos meses también enfermaron y murieron. Y como se habían querido tanto, herrero, barbero y esgrimista fueron enterrados en la misma tumba.