Los tres pelos de oro del diablo

Jacob y Wilhelm Grimm

Había una vez un reino en donde vivía un joven muy valiente y apuesto. Tan valiente era que un día solicitó una audiencia con el rey y, al verse frente a él, le pidió de buenas a primeras la mano de su hija, de la que estaba profundamente enamorado.

El rey, cuya avaricia era bien conocida, pensando que el joven le hacía un pedido imposible, le contestó: —Solo concederé la mano de mi hija a aquel que vaya al infierno y me traiga tres pelos de oro de la cabeza del diablo. —Se los traeré, majestad —dijo el joven valiente, y partió de inmediato a cumplir el encargo.

Anduvo muchos días hasta que llegó a una gran ciudad, y el guardia que estaba en la puerta le preguntó qué oficio tenía. —Sé muchas cosas —contestó. —Entonces podrás hacernos un favor diciéndonos por qué la fuente de nuestra plaza, que antes nos daba vino, ahora ni siquiera nos da agua. Como recompensa te daremos dos burros cargados de oro. —Con mucho gusto —aceptó—, pero será a mi regreso.

Siguió su camino y llegó a otra ciudad, cuyo guardia también le preguntó: —¿Qué oficio tienes y qué sabes hacer? —Sé hacer muchas cosas —contestó. —Entonces nos podrás hacer un favor diciéndonos por qué el árbol que antes daba manzanas de oro ahora ni siquiera tiene hojas. Te recompensaremos por ello. —Con mucho gusto —aceptó—, pero será a mi regreso.

Siguió su camino y llegó a un río que tenía que cruzar. El balsero le preguntó: —¿Qué oficio tienes y qué sabes hacer? —Sé hacer muchas cosas —contestó. —Entonces me podrás hacer un favor diciéndome por qué debo seguir navegando eternamente sin que nadie me releve. Recompensaré tu ayuda. —Con mucho gusto —aceptó—, pero será a mi regreso.

Luego de cruzar el río llegó al infierno, que se veía negro y lleno de carbón. Sin embargo, el diablo no estaba en casa, pero estaba su abuela, sentada en un ancho sillón. —¿Qué deseas? —le preguntó. —Tres pelos de oro de la cabeza del diablo —le contestó el joven—. Sin ellos no podré casarme con la princesa de la que estoy muy enamorado. Entonces la anciana lo transformó en una hormiga y le dijo: —Métete en el bolsillo de mi falda. Allí estarás a salvo.

—Bueno —dijo él—. Pero también quiero saber por qué la fuente de la que antes salía vino ahora ni siquiera da agua, por qué el árbol que antes daba manzanas de oro ahora ni siquiera tiene hojas y por qué el balsero siempre debe ir y volver de una orilla a otra del río sin que nadie lo releve.

—Son tres preguntas muy difíciles —dijo la anciana—, pero si te quedas quieto escucharás las respuestas del diablo cuando le saque los tres pelos de oro.

No faltaba mucho para la noche cuando el diablo regresó a su casa. Olfateó por todas partes y dijo: —¡Siento... siento olor a carne humana! Y aunque buscó y revisó, no encontró nada.

La abuela lo frenó diciendo: —No me desordenes toda la casa, que hasta hace un rato estuve barriendo. ¡Siéntate y toma tu merienda!

Después de comer y de beber, el diablo apoyó su cabeza en la falda de la abuela, le dijo que estaba cansado y le pidió que le quitara los piojos de la cabeza.

Al rato se quedó dormido, respirando fuerte y roncando. Entonces la abuela tomó uno de los pelos de oro, lo arrancó y lo puso a un lado.

—¡Ay! —gritó el diablo—. ¿Qué pasa? —Tuve una pesadilla —dijo la abuela—. Por eso te tiré del pelo. —¿Qué estabas soñando? —Soñé que la fuente de una plaza que antes daba vino y agua pura en abundancia se había agotado. ¿Qué podrá ser?
—Ja, si supieran —contestó el diablo—. En la fuente hay una rana debajo de una piedra. Tienen que sacarla de ahí, y entonces volverá a funcionar.

La abuela siguió despiojando al diablo hasta que este volvió a dormirse y a roncar tan fuerte que temblaban los vidrios de la ventana. Entonces le arrancó un segundo pelo. —¡Uy! —gritó el diablo—. ¿Qué haces? —No te enojes —dijo la abuela—.

Lo hice porque estaba soñando. —¿Qué soñabas?
—Soñé que en un reino había un árbol que antes daba manzanas de oro y ahora ni siquiera tiene hojas. ¿Qué podrá ser?
—Ja, si supieran —contestó el diablo—. Un ratón se está comiendo su raíz. Tienen que sacarlo de ahí, y volverá a dar manzanas de oro. Si el ratón se sigue comiendo la raíz, el árbol se secará. Pero déjame en paz —le advirtió el diablo—. Si me despiertas una vez más, te voy a castigar.
La abuela siguió quitándole los piojos hasta que se volvió a dormir. Entonces agarró el tercer pelo de oro y lo arrancó.
El diablo saltó furioso, pero la anciana lo tranquilizó y le dijo: —¡Son pesadillas terribles!
—¿Qué era lo que estabas soñando?
—Soñé con un balsero que iba y volvía, y nunca nadie lo venía a relevar. ¿Qué podrá ser?
—¡Qué tonto! —contestó el diablo. Y le contó a la vieja el truco para que el balsero se liberara—. Cuando venga alguno que quiera cruzar el río le tiene que poner el remo en la mano, y entonces quedará libre. Ahora —dijo furioso— me quiero volver a dormir.

Entonces ella lo dejó dormir, y al día siguiente, cuando el diablo se fue, la abuela sacó la hormiga de su bolsillo y la volvió a transformar en el joven. Luego le dio los tres pelos de oro y le preguntó:
—¿Escuchaste y entendiste todo lo que dijo el diablo?
 —Sí —contestó el muchacho—. Y lo voy a recordar bien.

El joven valiente dio las gracias a la abuela del diablo y abandonó el infierno. Cuando llegó al río, el balsero le pidió la respuesta.

—Primero crúzame a la otra orilla y luego te diré lo que tienes que hacer —le dijo.
Luego de bajar de la balsa, le contó el consejo del diablo:
—Cuando venga alguno que quiera cruzar, dale el remo en la mano, sal corriendo y quedarás libre.
Después, siguió su camino, llegó a la ciudad del árbol sin frutos y el guardia le pidió la respuesta.
El joven le dijo lo que le había escuchado decir al diablo:
—Un ratón se está comiendo la raíz. Deben sacarlo y el árbol volverá a dar manzanas de oro.
El guardia le agradeció y le entregó dos burros cargados de oro.

Finalmente, llegó a la ciudad cuya fuente se había quedado sin agua y sin vino, y le contó al guardia lo mismo que había dicho el diablo:
—Hay una rana debajo de la piedra de la fuente. Búsquenla, sáquenla y llévenla a otro lugar. Entonces, volverá a salir agua y vino en abundancia.
El guardia le agradeció y le dio otros dos burros cargados de oro.

Al fin, el joven valiente llegó al palacio y pidió hablar con el rey, a quien entregó los tres pelos de oro del diablo. Cuando el avaro rey vio que traía cuatro burros cargados de oro se llenó de asombro y preguntó:
—Querido joven: ¿de dónde sacaste todo ese oro?
—He pasado un río —dijo el joven valiente— y lo he recogido en la otra orilla, donde hay oro en lugar de arena.
—¿Podré yo también encontrar oro? —preguntó el rey, sin poder disimular su codicia.
—Sí, todo el que quiera —le contestó el joven—.
Hay un barquero en el río, pídale que lo cruce y así podrá llenar de oro los sacos en la otra orilla.

Enseguida, el rey se puso en camino, y cuando llegó al río le hizo señas al balsero. Este lo subió a la balsa, pero cuando el rey quiso bajarse, al llegar a la otra orilla, el balsero le entregó el remo y saltó a tierra.

Entonces el viejo rey debió pagar su avaricia navegando sin reposo. ¿Remará todavía? Es muy probable, pues es difícil que conozca el secreto que solo saben el joven, el diablo y su abuela.