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Matrioska

Cuento popular ruso

Hace mucho, mucho tiempo, un carpintero salió de su cabaña y recorrió lentamente el camino hacía el bosque, en busca de un buen tronco para tallar. En un claro del bosque, el viejo carpintero vio un tronco tan hermoso como nunca antes había visto. Lo cogió y lo llevó a casa. Era un hermoso tronco, con el que, sin duda, debía fabricar algo muy especial. Durante varios días, no supo qué hacer. Finalmente una mañana, despertó y decidió hacer una muñeca. Puso el tronco sobre la mesa de trabajo y empezó a tallarla suave y delicadamente. Cuando la terminó, le gustó tanto, que decidió no ponerla en venta y la colocó en su mesilla de noche. Le puso por nombre Matrioska. Cada mañana, el carpintero se levantaba y la saludaba cortésmente, antes de iniciar sus tareas:

—Buenos días, Matrioska.

Un día tras otro repetía la misma expresión, hasta que una mañana, un tenue susurro le respondió:

—Buenos días.

El carpintero quedó tremendamente impresionado y repitió:

—Buenos días, Matrioska...
—Buenos días —le contestó la muñeca, con un hilo de voz.

Asombrado, se acercó a la muñeca para comprobar que era ella quien hablaba y no sus viejos oídos que le jugaban una mala pasada. Desde aquel día, vivió acompañado por la pequeña Matrioska, que era un pozo de palabras y risas, y le distraía y alegraba en su trabajo diario. Una mañana, Matrioska despertó muy triste. Tras mucho rogarle, un poco avergonzada, ella le explicó que cada día veía por la ventana los pájaros con sus crías, los osos con sus oseznos, y hasta las orugas que se enganchaban unas a otras formando una gran fila familiar.

—Incluso tú —apuntó Matrioska— me tienes a mí, pues bien, yo también querría tener una hija.

—Pero entonces —respondió el carpintero— tendría que abrirte y sacar la madera de tu interior para hacerte una hija y eso sería doloroso y nada fácil .

—Ya sabes que en la vida las cosas importantes siempre suponen pequeños sacrificios —respondió la dulce Matrioska.

Y así fue como el carpintero abrió a Matrioska y extrajo cuidadosamente la madera de su interior, para hacer una muñeca un poco más pequeña, a la que llamó Trioska. Desde aquel día, cada mañana, al levantarse, saludaba:

—Buenos días, Matrioska; buenos días, Trioska.

—Buenos días, buenos días —respondían ellas al unísono. Ocurrió que también Trioska sintió la necesidad de ser madre. De modo que el viejo carpintero extrajo la madera de su interior y fabricó una muñeca, aun más pequeña, a la que puso por nombre Oska. Al cabo de un tiempo, también Oska quería tener su propia hija, pero al abrirla, se dio cuenta de que sólo quedaba un mínimo pedazo de madera, tan blanca como el primer día, pero del tamaño de un garbanzo. Sólo una muñeca más podría fabricarse. Entonces el carpintero, temeroso de no poder cumplir el deseo de la pequeña muñequita y de que ésta se sintiera triste toda su vida, le dibujó unos enormes bigotes y lo puso ante el espejo diciéndole:

—Mira, Ka,... tú tienes bigotes. Eres un hombre, o sea que no podrás tener un hijo o una hija de dentro de ti. Y así es como Ka, Oska, Trioska, Matrioska y el carpintero siguieron viviendo felices el resto de sus días.




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