Minisurumbullo y el dulce de icaco

Gabriela Arciniegas


Es bien sabido que los ratones construyen grandes ciudades bajo las plazas y avenidas de las poblaciones humanas. Allí, bajo tierra, sin que nadie se dé cuenta, eligen reyes, forman ejércitos, libran batallas, tienen genios y héroes. Pero esta historia nada tiene que ver con personajes tan importantes, sino con una humilde familia de ratoncitos campesinos que tenía su madriguera bajo una mata de reseda, al pie de una mata de retama, junto a una mata de moras, en un potrero que había en las afueras de una tranquila aldea.

Adentro de la madriguera, el huequito tenía varios cuartos, pues la familia era numerosa. Tenía su puerta principal y su puerta secreta para el caso de que necesitaran despistar a algún enemigo, cosa que nunca ocurría: el vecindario era sumamente tranquilo. El único que utilizaba la puerta secreta era el menor de la familia para salir a hacer sus pilatunas.

El menor se llamaba Minisurumbullo, pero todos los nombres de ratón son larguísimos y todos se abrevian, así que a Minisurumbullo lo llamaban “Mi”. Mi era todo gris, menos la lengüita rosada con que se bañaba, las uñas y los dientecitos blanquísimos, y los pícaros ojos de chispita negra.

Una mañana, Mi salió por la puerta secreta en busca de aventuras. Como los demás dormían, nadie lo vio salir. Corrió por los potreros tan rápido que por poco pierde su sombra. Llegó a la aldea tan rápido que casi llega sin cola. La aldea como siempre olía... ¡olía delicioso!

Mi se metió por la rendija de una puerta y se encontró en una cocina llena de perfumes apetitosos, pero también llena de gente.

—¡Auxilio! ¡Un ratón! —gritó alguien.

—¡Aquí hay una escoba! ¡Dele! —gritó alguien más.

—¿Cuál ratón?

—Ahí estaba.

—¡Qué va! No hay nada.

Mi, escondido detrás de la estufa, suspiró de alivio. Había comprobado que no había gato, porque lo habrían llamado.

La gente de la cocina estaba muy ocupada y nerviosa. Estaban preparando el almuerzo para una visita encopetadísima. Todo lo que hacían era tentador, pero Mi tenía los ojos puestos en el dulce. Era dulce de icaco.

Ya casi nadie ha vuelto a hacer en las casas dulce de icaco. En todo caso, es una fruta ovalada, de color gris. Los icacos estaban en una olla, pero Mi vio cuando los pasaron a una vasija que dejaron sobre la mesa. Esperó con paciencia. Cuando se fue la última persona de la cocina, salió disparado de su escondite.

Saltó a la mesa, luego a la vasija. ¡Increíble quedar nadando en almíbar! Probó una fruta, pero en realidad el almíbar era lo que más le gustaba. Escondió la semilla de icaco bien abajo. Quiso seguir bebiendo almíbar, pero hacía tanto calor y era tanta la dulzura que lo invadió el sueño. Entre sueños oyó la voz de un niño muy pequeño:

—¡Ay, mamacita, qué cosas más ricas! ¿Puedo probar algo?

—No, ahorita no, pero te voy a dejar sentar a la mesa con los grandes. Eso sí, tienes que estar muy juicioso. Nada de comer con la mano ni hablar cuando los grandes estén hablando ni decir que la comida está fea. Te comes todo lo que te sirvan sin decir nada.

Tal vez me debería ir, pensó Mi, pero, como estaba pensando dormido, se quedó donde estaba. Fue cayendo en un sueño cada vez más profundo. Enrolladito, cubierto completamente de almíbar y tan chiquito como era, parecía un icaco más.

Lo despertó un fuerte sacudón. Mi se paralizó de miedo. Estaban alzando la vasija. La llevaban al comedor. Con una cuchara grandísima, alguien comenzó a sacar los icacos de a dos en dos, y cada vez había menos almíbar. Ya no quedaba más remedio que seguir fingiendo ser un icaco. Pidió silenciosamente a San Francisco de Asís, el santo de los animales, que lo salvara de algún modo, pero no veía cómo.

A los grandes les sirvieron de a dos, y finalmente al niño le sirvieron uno, el último.

—Mamacita —dijo el niño—. ¿Esto qué es?

—Dulce de icaco, mijito. Pruébalo. Es delicioso.

El niño se quedó mirando el plato.

Los grandes siguieron conversando y, aunque al niño le había dicho la mamá que no debía interrumpirlos, al ratico dijo:

—Mamacita...

—¿Sí, mijo?

—¿Los icacos tienen unos ojitos negros?

—¡Ah, qué niño más necio! Los icacos no tienen ojitos negros, ni ninguna clase de ojitos. Come juicioso y no molestes.

El niño siguió mirando el plato, mientras los grandes seguían hablando de cosas serias, de política; pero al ratico volvió a interrumpir:

—Mamacita...

—¿Sí, mijo?

—¿Los icacos tienen orejitas redondas?

—¡Cállate y no molestes más! ¡Qué van a tener orejitas redondas ni ninguna clase de orejas!

El niño siguió mirando su plato. Al ratico dijo:

—Mamacita...

—¿Sí, mijo?

—¿Pero bigoticos sí tienen?

—¡Come y no sigas diciendo tanta bobada! —lo regañó la mamá—. ¡Qué va a tener bigoticos un icaco!

Y siguieron hablando los grandes de política, de negocios. El niño siguió mirando el plato.

—Mamacita... —volvió a interrumpir—. ¿Pero una colita sí tienen?

—¡Qué va a tener cola un icaco! —dijo la mamá y lo regañó otra vez.

El niño siguió mirando el plato. Pasó un rato más largo. Los grandes hablaban. —Mamacita...

—¿A ver, mijo?

—¿Pero paticas sí?

En ese instante, Mi saltó del plato. Las señoras se subieron a los asientos y se pusieron a gritar como sirenas de bomberos. La mamá del niño se desmayó. El niño se puso pálido, después colorado, después le dio un ataque de risa.

Minisurumbullo saltó de la mesa. Corrió y corrió. Salió por la rendija de una puerta, se encontró en una cocina llena de perfumes apetitosos, cruzó potreros y cercas hasta que llegó a una mata de moras, una de retama y una de reseda. Se metió bajo la mata de reseda y encontró el huequito de la entrada principal de su casa. Se dejó caer como un bólido.

—¡Hola, Mi! —gritaron los demás ratoncitos—. ¿Dónde estabas? ¡Cuenta! ¡Cuenta! Y sus padres, abuelitos, primos, tíos, hermanos y hermanas empezaron a limpiarlo con sus lengüitas mientras contaba. Le quitaron de encima pajas y polvo, hasta que ya no había sino almíbar y más almíbar de icaco. Estaba delicioso, en el punto preciso para saber a gloria. Embelesados escuchando la increíble aventura, lo lamían y lo lamían y lo lamían y lo lamían y lo lamían y lo seguían lamiendo.

—Me encanta una historia así —dijo la abuelita secándose un par de lágrimas—. Tiene un final tan dulce...