Pitayó, Resguardo Páez.

Situado en el Municipio Silvia - Departamento Cauca, al sur de Colombia. 

Población: 1.350 familias. 

Extensión: 16 mil hectáreas. 

Actividades principales: Agricultura y pequeña ganadería. Temperatura: 14°a 16° centígrados.

La cultura del maíz y el tejido


En lengua paez, ‘yu’ es agua y pita, una planta que nace cerca de los nacimientos de agua. Pitayó quiere decir, entonces, conflluencia de agua, nacimiento de agua. 

Evelio extraña las casas que existían antes en Pitayó, un resguardo paez en las montañas de Cauca, en el municipio de Silvia. Eran de un solo ambiente grande. En uno de los extremos, sobre tres piedras, estaba la tulpa –fogón–, y al lado, unos cuantos palos donde se colocaban los trastos. En las esquinas estaban los garabatos para colgar canastos. En las tardes, toda la familia se reunía alrededor de la tulpa para calentarse, para contar cuentos y enterarse de lo que les había sucedido en el día. Hoy es difícil encontrar en la región alguna casa así, en esa forma. “Estamos perdiendo la identidad de nuestro pueblo”, lamentan. La mayoría usan la ‘hornilla’ –fogón en alto–. El primero que llega del trabajo se encarama en el mesón para calentarse.

“Los indígenas han olvidado muchas de las enseñanzas de sus antepasados”, dicen, y su afán ahora es retomarlas. Y están mirando “cómo hacer con la agricultura”, porque como la mayoría está apegada a la pequeña ganadería, se perdieron mucho los sembrados.

Día a día


Siembran en pequeñas parcelas y en la tul, “hablando en castellano, una huertica”, donde crecen cebollas, habas, coles, zanahorias, “la cosa más necesaria allí al pie de la casa”. Los cultivos son asociados. Donde hay maíz, por ejemplo, siempre hay fríjol, arracacha o habas. Es creencia de muchas zonas andinas: “una planta le ayuda a la otra; el fríjol ayuda a cargar el maíz, por los nutrientes que suelta y el maíz, a cambio, le da sombra”.

A las cinco de la mañana ya están las familias en movimiento saliendo para el ‘trabajadero’. Van papá, mamá y los niños que no están en edad de escuela. Cargan siempre un radio tan grande como la palma de una mano. A la espalda o de lado, llevan la jigra, mochila de fique. El hombre carga ahí las semillas, las herramientas; la mujer, los trastos: vasos, platos, la cauncharina –maíz tostado y molido– con el que se hace la pringapata, una sopa con coles y ullucos.

La mujer siempre va atrás; si tiene bebé, lo carga amarrado a la espalda con un chumbe –faja tejida en lana–; los brazos le quedan libres para poder trabajar. Ayudan al ‘picado’ de la tierra para ‘moldar’ –voltear la tierra–, haciendo las eras donde se riegan las semillas de papa o ulluco. Hoy usan también los surcos, en contra de la pendiente, para evitar la erosión; antes se hacían a favor de la pendiente. Si lo que tienen es ganado, la mujer ayuda al desenraizar la maleza, para que crezca el pasto, o aparta los terneros de sus mamás –un trabajo que se hace a la una de la tarde– para ordeñar al otro día a la madrugada.

A las seis de la tarde, regresan a la casa. La mujer, a veces, lleva un guango –atado de leña– amarrado a sus espaldas; encima va el bebé. Ella es la encargada de que no falte el fuego en casa. Que los más pequeños estén todo el día con los padres, asegurar que no pierdan el arraigo a la tierra, que aprendan el idioma propio, la ‘lengua’, el nasa yuwe. 

Los Paeces, como todos los indígenas, respetan la naturaleza.


“Somos muy dados a cuidar la naturaleza, especialmente los sitios sagrados”. Y son sagrados los páramos y las lagunas. Hace unos quince años, el Cabildo –máxima autoridad del resguardo– ordenó: “no más rocerías, no más quemas, vamos a conservar los páramos, para que nuestros hijos tengan agua”. El agua que consumen, pura y cristalina, es la que baja del páramo. El que incumpla es castigado en el cepo –instrumento hecho de maderos gruesos con agujeros, donde se asegura la garganta o la pierna del castigado–.

Para los paeces, todo lo que son aguas es sagrado. Las lagunas son una especie de ombligo espiritual, la fuerza interna de los resguardos.

La laguna más sagrada para ellos es la de Juan Tama, en la cumbre de una montaña de Tierradentro. Juan Tama, que “nació de enamoramiento del trueno y la estrella”, fue el gran cacique que defendió a los paeces. Cuando le llegó ‘el término de regresarse’, reunió a los suyos, les avisó que se iba a descansar y se internó en la laguna que hoy lleva su nombre. Hasta allí van los gobernadores indígenas y en un ritual especial refrescan sus varas de mando, hundiéndolas en las heladas aguas. Juan Tama les da sabiduría para mandar. 

Defender las tierras

Como en todos los resguardos indígenas, la tierra en Pitayó es comunal; no hay propiedad privada. Cuando se cumple los 18 años, sea mujer o hombre, el Cabildo debe dotarlo de tierra -esta adjudicación es el equivalente a una escritura pública-.

Tienen 16.000 hectáreas de un paisaje hecho de retazos de distintos verdes; para trabajar, apenas sirven un poco más de 3.000 y están repartidas entre 1.350 familias. La tierra, además, no se puede enajenar, ni hipotecar y sólo se permite arrendar hasta por tres años; si se hace por más tiempo, dicen, es peligroso perder la posesión. Y no es hereditaria. La función principal de los cabildos es defender las tierras de su comunidad.

El Cabildo de Pitayó, máxima autoridad, se compone de 86 personas. Todas las veredas tienen representantes. La plana mayor la conforman el gobernador, un alcalde mayor, un comisario, un fiscal, un alguacil; ellos son elegidos por voto popular por un año. Los demás cabildantes los escoge la comunidad en cada vereda. 

Las mingas o trabajos comunitarios

Los mayores recuerdan las mingas –trabajos comunitarios– en las que se daba cita todo mundo, para sembrar el trigo, para cortarlo. En la noche, había baile con flauta, tambores y chicha; molían el maíz, le echaban panela y en una canoa lo ponían a fermentar.

También, cuando una pareja iba a casarse o se iban a ‘rejuntar’, la gente ayudaba a construirles la casa. ¡En un día la dejaban lista! No se iban hasta que no quedara embutidas de barro las paredes, y el techo empajado.

Ahora sólo queda una minga grande: se hace todos los años para arreglar unos 30 kilómetros de carretera hasta Jambaló, otro resguardo Páez.

En un solo día queda lista. Lo que funciona ahora es lo que llaman el ‘cambio de mano’. “Yo tengo un trabajo y viene el vecino a ayudarme; y luego yo voy donde ellos a hacer el trabajo que tengan, porque uno queda como endeudado”. No hay obligación de dar comida a los que ayudan; ellos llevan la panela, la librita de arroz…

Hasta hace unos treinta años, en Pitayó vivían del trigo que molían en 14 molinos movidos por agua. Pero unos pajaritos pequeñitos aparecieron un día y devastaron todos los trigales; dejaron no más la caña. 

El trueque aún se usa. Como el resguardo tiene clima templado y clima frío, cambian papa, ulluco, habas, el maíz de lo frío, por el plátano, yuca, el café, naranja de la tierra más abrigada.

Vivienda


Las casas tradicionales tenían ‘barbacoas’, es decir, zarzos. Había unas especiales para el secado del trigo y para colgar el maíz o la carne ahumada. Y colocaban allá arriba, en medio del hollín formado por el humo del fogón, pieles de ganado. Sobre ellas se secaba el fríjol, y algunas semillas de papa, y se guardaban las habas.

Las casas tradicionales tienen el horno de barro para hacer el pan de las ofrendas a los difuntos, el primero de noviembre. Se prepara pan de maíz, chicha y mote, para los ‘finados’.

El cuy lo crían de la manera típica: sueltos, en la cocina, alrededor del fogón. Pero algunos se han modernizado y usan las jaulas, como ocurre mucho en Nariño. No se cría en cantidad, sólo para el consumo de la familia. Se come mucho cuy frito en manteca, luego de cocinarlo, pelarlo y sacarle las tripas.

Sopa de maíz

En la noche comen sango -sopa de maíz, la misma que se come en Boyacá y Nariño- con maíz crudo sin afrecho, ulluco, papa, coles, habas, arvejas, todo revuelto,

y mote de maíz. Ponen a hervir el maíz con ceniza hasta que suelta la capa que protege la ‘almendra’; se lava bien, se pone a hervir toda la noche, hasta que ‘fl orezca’, se reviente el grano. Al otro día se le agrega papa, habas, frijoles, carne y el ‘ogao’ de cebolla y tomate y ajo…

Vestido


El anaco –falda tradicional de lana virgen de ovejo– sólo se usa para presentaciones especiales. Hasta un mes duraban las mujeres tejiéndola en su telar doméstico. “El vestido tradicional se ha perdido por el modernismo. La gente busca lo más fácil: comprar un vestido y colocárselo”, se quejan los más viejos. 

Lo único que aún se conserva de lo típico es la ruana, el capisayo –especie de ruana chaleco– y el sombrero ‘de ramo’, hecho de una palma que crece en esas pendientes. 

Antes todos llevaban amarrada a la cintura la cuetanyaja o cuetandera -mochila pequeña de lana de varios colores para guardar las hojas de coca y el mambe, extraído de la piedra caliza. La mascaban en el día para calmar hambre y cansancio. Hoy se usa muy poco, es casi exclusiva de los te’walas, o médicos tradicionales.

El baile de la chucha

Cuando se va a cambiar el empajado del techo se hace el baile de la chucha, en ‘lengua’, wawa, como llaman a la zarigüeya -mamífero, de cola larga que carga sus crías en el lomo. En una vara sobresaliente cuelgan una chucha hembra y una macho hechas con paja; las tumban dándoles con un palo. Las entran a la casa, las desmenuzan, les prenden candela y hacen la danza alrededor. La tradición dice que es para que ese animal no se coma las gallinas, ni se robe los huevos, ni haga daño en los frutales... “Es para castigar al animal; para que no nos vuelva a molestar”.

Los guambianos: cultivando la música y la tierra

Dicen los tatá señores -abuelos guambianos- que los niños no se deben levantar antes de que el sol de las mañanas surja entre las montañas. Por eso los hermanos Yalambás, que viven en la vereda Piendamó Arriba, de Silvia, Cauca -en la cara occidental de la Cordillera Central-, bautizaron su grupo musical Sol Naciente. Son seis hermanos: tocan flauta transversa, quena, guitarra, requinto, zampoña, bombo, carrrasca, bajo, teclado.

Aprendieron viendo y oyendo al papá y a los tatá señores. Hoy dicen con orgullo: “cultivamos la música y cultivamos la tierra”. Se levantan a las cinco o a las cuatro de la mañana, y van a pie, por entre caminos rodeados de montañas, a trabajar en un pedazo de tierra, “lejísimos”, en el páramo: cultivan papa y cebolla. Por la tarde, se reúnen, con toda la familia, alrededor del fogón que todo el día está prendido. Sentados en pangus pequeños bancos tallados en un solo bloque de madera- tocan sus instrumentos y a veces componen, mientras las mujeres tejen o hilan y los cuyes corretean por un piso de tierra.

“No se compone de la noche a la mañana, es algo que va llegando, en la cocina, en el trabajo, en el camino”. Poco a poco van apareciendo las ideas; las palabras las intercambian, se las prestan de “hermano a hermano”; así componen. La mejor época para hacerlo es cuando soplan los vientos del páramo en junio, julio y agosto. El viento y el frío obligan a los guambianos a estar mucho tiempo encerrados al lado del fogón. Antes de que lleguen esos tiempos, tienen que ir a ‘prevenir’ la leña -almacenarla- “pa’ estarse en la casa, pa’ poder estar con el fogón caliente”. Afuera, el frío emparama, así se lleven dos camisas o dos ruanas.

Le cantan a la vida cotidiana, a los paisajes, a las lagunas y a Pishimisak, el duende, el dios de los guambianos. Tiene letra en español y en wampi-misamera-wam, su lengua nativa.

Entre Ñimbe y Piendamó yo nací de las lagunas. Con montañas fui creciendo con el sol de las mañanas.

Con el canto de las aves y el sonido de los vientos las quebradas y los ríos alejan los sufrimientos. 

Somos agua, somos tierra y de mi Pishimisk Somos viento, somos hijos, no nos pueden separar.