Río Nilo

Situado en el nordeste de Africa, fluye hasta desembocar en el mar mediterráneo a través de Uganda, Sudán y Egipto. Mide 6.500 kilómetros.

Es considerado el río más largo del mundo.

El 99% de la población egipcia vive en el valle de este río y desde hace millones de años inventaron la manera de irrigar el desierto.


El regalo de la vida


Por el desierto más grande del mundo, el Sahara, en el norte de África, corre el río Nilo. Es, para algunos, el río más largo del mundo. Mide 6.200 ó 6.600 kilómetros, según el lugar en donde se considere su nacimiento. Otros creen que el más extenso es el Amazonas, en Suramérica.

La vegetación a lo largo del Nilo varía mucho por su enorme longitud: selva tropical con cultivos de café, bambúes y árboles de caucho en las montañas de Etiopía y en la Meseta Este Africana; sabanas con pastos a lo largo del Nilo Azul. Papiros –una especie de cañas con la que hacían papel los antiguos– en los pantanos de As Sudd, al sur de Sudán. Al norte de Jartum, capital de Sudán, se ve el desierto verdadero. Su cuenca ocupa un área de aproximadamente 3.350.000 km cuadrados en diez países africanos. En la cuenca del Nilo viven más de 180 millones de personas –algo más de la mitad de los 300 millones que habitan los diez países que la forman–.

Este valle fue la cuna de la primera civilización: la egipcia. Por esta razón, Egipto es conocido como ‘el regalo del Nilo’. Para los egipcios, las arenas son la ‘tierra roja’, y el valle del río es la ‘tierra negra’.

En Egipto, el 99% de su población vive en el valle del Nilo, y este valle es apenas el 5% de su territorio. Esa estrecha franja de vida –de sólo 10 ó 15 km de ancho– a lo largo de 1.000 km casi rectos, es el oasis que los antiguos creían era un don del dios Hapi; el río se abre, como una flor, en el delta de su desembocadura en el mar Mediterráneo. El área cultivada termina donde llega el agua del río por canales laterales, que los egipcios han construido desde hace más de 5.000 años. Ahí, sin avisar, empieza el desierto interminable.

En ese límite, en las laderas de las montañas de arena y roca desgastada que bordean el valle, es donde vive la población dedicada a la agricultura. Así no malgastan en la construcción de sus viviendas ni un centímetro de la escasa tierra fértil. El paisaje amarillo, árido, contrasta con el azul intenso del Nilo y con los verdes: palmas de dátiles –frutos muy apreciados en el desierto–, enormes extensiones de algodón, lino, arroz, maíz, caña de azúcar, trigo, cebada, frutas, verduras. Además, crían ganado: búfalos, ovejas, cabras. Han logrado un rendimiento de más de nueve toneladas de arroz por hectárea. Es el elemento básico para su alimentación. Cada egipcio consume 120 libras al año.

En las orillas del Nilo se ve a los campesinos con sus familias. Mientras ellos, vestidos con largas túnicas, sacan agua con ‘tornillos de Arquímedes’, para regar sus cultivos y lavar sus cosechas, las mujeres y los niños se bañan, juegan y lavan la ropa. El tornillo de Arquímides es un gran tambor de madera con un tornillo sinfín de paso ancho en su interior. Un extremo del cilindro, inclinado, va metido en el agua. Arriba, una persona gira el tornillo con una manivela y eleva así el agua hasta el cultivo. Ha sido usado por los campesinos del Nilo desde hace más de 2.000 años, para sacar agua del río o de los canales.


Buena parte de la agricultura sigue usando las herramientas tradicionales. La mano de obra aún es barata. El transporte de fertilizantes y productos se sigue haciendo en grandes canastos tejidos con corteza de palma trenzada, cargados por burros, o en carros y carretas de madera, jalados por caballos, burros o cabras. Todavía son comunes los arados de bueyes.

Durante más de 60 siglos, el río Nilo ha ofrecido el don de la vida a un país cuyo paisaje está dominado por el estéril desierto.

Pero la fertilidad no llega al desierto sólo con el agua. El Nilo arrastra desde las montañas grandes cantidades de sedimentos ricos en nutrientes. Estos, desde hace miles de años, se han acumulado en el valle. Anualmente llegaban con el akhet –‘la inundación’– entre julio y septiembre, con las lluvias torrenciales en la meseta etíope.

Pero a veces el río crecía demasiado y generaba destrozos y calamidades. En otras no crecía lo suficiente y llegaban las hambrunas. Entonces, desde tiempos remotos, los primeros agricultores aprendieron a asociarse, para levantar diques de tierra a lo largo de la zona inundable, para regular las aguas. El área quedaba así dividida en una serie de cuencas, que conservaban el agua durante semanas.

Cuando el nivel del río bajaba, las cuencas drenaban poco a poco, dejando tras de ellas el limo o fango que abonaba el suelo. Fueron el primer pueblo en regar la tierra sistemáticamente, en controlar el nivel del agua, en dominar su curso y el almacenamiento de las aguas. Aprendieron también a guardar el grano para los años de escasez, en los que las cosechas fallaban.

Hoy día, una serie de presas y sistemas de irrigación controlan las aguas del Nilo. Pero las cosas no han sido fáciles.

Desde entonces, los campesinos tienen que usar cada vez más fertilizantes para sus cultivos. En el Delta sufren la lenta salinización de sus tierras por el agua del mar que se mete y las inunda, sin que las lave el akhet. Así, Egipto ha perdido hasta ahora el 10–15% de su área cultivable. Otros dicen que hasta la tercera parte. Hay una ventaja: tienen agua de riego permanente todo el año y no sufren la destrucción de sus cultivos durante el akhet.


Las casas en los poblados, desde el antiguo Egipto, se siguen construyendo de adobes hechos de barro del Nilo, reforzado con paja y guijarros. El interior de las viviendas es fresco; las ventanas, pequeñas, dejan entrar poco sol. Los techos son terrazas planas, donde se pasan las noches calurosas. En uno de los cuartos del primer piso duermen los animales; en otro está el pajar.

En muchos pueblos, las fachadas de las casas de los hadj –musulmanes que han hecho su peregrinación a La Meca, ciudad sagrada– son grandes murales llenos de color que, como una tira cómica, cuentan las peripecias del viaje. Contrastan, desde lejos, con las fachadas grises u ocres de los fellahs –campesinos egipcios–. Los cafés, talleres y tiendas han imitado esta decoración y en ella recuerdan el Antiguo Egipto con sus dioses, mitad humanos mitad animales, y los jeroglíficos –tipo de escritura egipcia de entonces que no usaba letras, sino figuras.

En esas épocas remotas del antiguo Egipto el río se asociaba con buen número de dioses. Pero el dios particular del Nilo era Hapi –el Señor de las provisiones y Señor de los peces–. Vivía en una caverna bajo las montañas de Asuán. Hapi vertía agua desde una jarra sin fondo y formaba las crecientes anuales del río. Para garantizar que Hapi volcara la jarra en un ángulo de inclinación correcta, todos los años se ofrecían sacrificios en su honor. Un poco más inclinada podía derivar en diluvio e inundaciones; un poco menos, en sequía y hambruna.

Hace 100 años era impensable recorrer Egipto por tierra. El transporte se hacía por río en los ‘faluchos’ –pequeños barcos de vela triangular alta–, que todavía hoy navegan por el Nilo llevando personas y mercancías.

Cultivo

Antiguamente se cultivaba cebada y trigo, la base de la dieta egipcia. Con estos granos hacían pan y cerveza. La llanura inundada también se prestaba al cultivo de hortalizas como cebollas, ajos, puerros, fríjoles, lentejas y lechugas. También se daban calabazas, dátiles e higos, pepinos, melones y sandías.

El desierto del Sinaí se está convirtiendo, gracias al agua del Nilo, en enormes granjas de cultivos orgánicos que exportan todo el año verduras y frutas a los supermercados de Europa, Asia y Estados Unidos.