Saber crecer


Los negocios tienen reglas para crecer. No crecen así, de repente, de un solo tirón. Tienen una primera etapa de ensoñación, que es cuando aparecen como una posibilidad en la mente de sus creadores. En este momento, cada cual sueña a dónde quiere llegar, qué quiere hacer y cómo quiere vivir.

Después viene el salto: del sueño a la realidad. Y en la realidad están los riesgos y las posibilidades: hay que arriesgar tiempo, trabajo y recursos. Hay que ensayar y equivocarse. Las decisiones acertadas llegan después de hacer varios intentos y de fallar algunas veces.

Poco a poco, la experiencia se va volviendo la mejor maestra y con los días algunos negocios comienzan a dar los primeros resultados: los clientes quedan contentos, la receta toma su punto, se domina la técnica, se aprende a administrar y se vende mejor.

Pero aun en este momento de alegría hay que ser cauteloso, avanzar con calma, aprovechar los logros y seguir creciendo con nuevos recursos, que pueden salir de las utilidades, de nuevos préstamos o de ahorros. Estos recursos sirven para conseguir más clientes, ampliar el local, sacar nuevos productos o mejorar la calidad.

No importa en últimas cuál sea el camino para crecer, pero lo que en ningún momento puede faltar es la honradez, que genera confianza, la pasión, que atrae nuevos aliados, y la perseverancia para vencer los obstáculos.

Saber crecer, entonces, es aprender de las fallas, es pensar en grande, pero sin saltarse ningún paso, es andar despacio para tener resultados más duraderos. Es imprimirle todo el esfuerzo a una idea para que se haga realidad.

Y al fin de cuentas crecerá la empresa, que tendrá más clientes y mejores productos, pero, sobre todo, crecerá quien la impulsó. Tendrá la satisfacción de haber armado un camino para hacer realidad lo que al principio soñó.