Saber servir


El que tenga tienda que la atienda, dice el dicho. Y es verdad: atender el propio negocio, estar al frente de él, poner una cara amable y demostrar que uno está dispuesto a dar un buen servicio hace la diferencia y sirve, como un imán, para atraer a los clientes y animarlos a entrar.

Así como el tendero, también el barbero, la costurera, la masajista y el cocinero se dedican a servir y a procurar el bienestar de los demás. Todos ellos viven cara a cara a la gente y esto les exige una cualidad: saber escuchar.

Una costurera, además de conocer muy bien la máquina de coser para hacer pretinas, ruedos y puntadas, debe saber cuáles son los gustos de la persona que va a vestir. Solo una vez sepa qué colores prefiere, cuál corte le gusta más, puede comenzar a sugerir.

Porque cada cliente es único. Un peluquero no puede hacer el mismo peinado a todos sus clientes, un cocinero no puede pretender que un solo plato les guste a todos y un albañil debe comprender todo lo que su cliente necesita antes de empezar a trabajar.

Por eso, quien sirve, además de saber muy bien la técnica de su oficio, debe tener una buena actitud, ser recursivo, buscar soluciones a los problemas que se presentan y tratar a cada persona que atiende de manera especial.

Saber servir es poder ponerse en el lugar del otro, es entender que cada uno tiene sus propias necesidades, es poner el talento y el conocimiento en función de la persona que está al frente, es atender a cada cliente como si fuera el único para que regrese y riegue la buena fama entre los demás.