­ San Juan de Sumapaz 

Es un corregimiento de Bogotá - Colombia. Población: 2.700 habitantes.

Actividad principal: la agricultura, espe-cialmente papa.

Temperatura:  -3° a 5° centígrados.

En el país de la niebla y los frailejones


Las ‘fogatas’ y los ‘fogones’ ayudan a calentar las casas de los habitantes del páramo de Sumapaz, el páramo más grande del mundo. Los dos se arman con piedras y leña, pero el fogón va al piso y la olla se cuelga del techo. A la fogata se le coloca una parrilla, levantada igual a la de la estufa de carbón. “Uno hace sus alimentos y se ‘calorea’ ahí mientras conversa con la familia”, dice Horacio, habitante de San Juan de Sumapaz, corregimiento a tres horas de Bogotá, por una carretera destapada, envuelta en neblina, trazada sobre el lomo de la Cordillera Oriental. Es uno de los trucos que tienen para espantar el frío.

Otros no utilizan ese recurso, pues “ya están organizados” con su estufa de gas. Lo que todos piensan es que sin ruana y sin sombrero es ‘dificultoso’ vivir allí. Cuando el día está soleado, llevan la ruana sobre la montura del caballo.

El páramo de Sumapaz tiene retazos en tres departamentos de Colombia: Cundinamarca, Meta y Huila, y es la mitad del área del Distrito Capital. Está ubicado en la Cordillera Oriental, a más de 3.500 metros de altura. 

La temperatura puede bajar a los - 9 grados centígrados.

Día a día


Horacio y su mujer Inés –los hijos ya se fueron– viven justo detrás de la línea de romeros que marcan el límite entre el páramo y el subpáramo. En el primero, el paisaje es descolorido. Los bosques de frailejones, con sus penachos de flores amarillas, pueden ocupar kilómetros. En el segundo, los frailejones crecen desperdigados y hay retazos verdes salpicados de morado, color de la flor de la papa, el único cultivo que se adapta a estas condiciones extremas, al lado de los cubios –otro tubérculo pequeño y alargado, blanco, con arrugas profundas–. El frío y el viento golpean allí más suave. Más abajo, aparecen parcelas llenas de varas, donde se enreda la mata de arveja, que señalan el comienzo de la tierra fría.

Se ‘agriculta’ la papa en terrenos que no son adecuados, reconoce Horacio. “En el páramo no hay la comodidad de vivir dedicado a la agricultura”; la tierra se agota rápido; es húmeda y pobre en nutrientes. En tiempo de heladas, cae hielo y quema las plantas que encuentra; las entierra y “no habiendo papa, no hay que comer”. La cebolla larga crece, pero poca, en la huerta casera.

Se vive también del ganado. Pero las vacas no se desarrollan igual que en zonas más abrigadas. Una res demora tres años y más para estar pesando 15 ó 16 arrobas. También es culpa de la raza; sólo se cría el ganado criollo. La leche es poca: mientras una cebú produce 10, 20 litros de leche, la criolla sólo 5 ó 7; “da para el sustento y para los quesos”. Por falta de calor, es muy difícil que una gallina empolle. En invierno y en tiempos de heladas, se les dificulta hasta poner huevos.

Horacio madruga a las cinco y media. Prepara agua aromática, porque allí, en esas zonas paramunas, la prefieren al tinto, y sale a mirar los animales. Jamás aventura fuera de casa sin sus botas de caucho mediacaña y dos pares de medias gruesas, para que no se le cuele el frío en los pies. Usa, además, franela, saco y chaqueta, y cuando el helaje se hace insoportable, un gorro de lana que cubre la cara y sólo deja abierta ‘vista’, nariz y boca, “de resto todo va abrigadito”. Esta montera la tejían las mujeres con lana de oveja que ellas mismas hilaban. Pero desde hace unos años, hay pocas ovejas; “agotaban el pasto y no dejaban mantener la vaca”.

A veces le dedica el día a cuidar la sementera; otras veces, le ayuda a un vecino en su trabajo. A esa ayuda, sin devengar, la llaman ‘ganar obreros’. Así se ahorran el lungo, como todavía llaman los viejos al jornal –con alimentación– que se paga en esta zona, donde la mano de obra es escasa. “Hemos vivido esa costumbre y nos gusta estar en esa ‘cordialidad’”, dice Horacio.

Desde su casa, se ve un paisaje abierto: los bosques de frailejones, que ocupan las partes más altas, se ven como grandes copos de algodón pegados a la montaña. 

Cuando amanece despejado, ve la montaña, que allá llaman ‘roca’ o ‘cerro’. “Por los cerros orientales madruga como más el sol”, piensa este abuelo. Y de tanto mirar y sentir esta tierra paramuna, sabe que “los días de verano, el sol calienta con mucha rabia; los rayos son picantes porque el calor es directamente del sol”. 

En tiempos de neblina la vida se complica. No se ve más allá de dos o tres o metros: “no ve uno más largo”. La neblina trae frío y esa como especie de llovizna venteada que va mojando y entumiendo a las personas. Pero la gente sale a caminar, porque es baquiana.


‘Uno conoce y no se pierde”. Antes era claro el tiempo de neblina, como los tiempos de lluvia o verano. Había una especie de estaciones. Ahora no se tiene ninguna certeza; todo está revuelto. Diciembre, enero, febrero y marzo eran verano. El invierno: abril, mayo, junio.

Lo que se mantiene son las heladas de diciembre y enero; en esos días, el hielo quema lo que encuentra; cuartea y parte las manos. Si se deja una vasija con agua en el corredor o en el patio de la casa, amanece ‘cuajada’, como un espejo, “es la nevera del páramo”, dicen. Toca bregar para romper el hielo y sacar el agua.

En las noches, se abrigan con cuatro o cinco cobijas: “uno necesita sentir que pesan encima de uno”. La luz eléctrica, que llegó hace ocho años, ayuda a ‘caloriar’ el ambiente.

La caza del curí y del conejo está controlada

Hay que pedir un permiso especial y avisar qué día se va de caza. Los dos son animales ariscos. La habitación del curí es entre el guinchi –especie de paja que se entremezcla con los frailejones, en pequeños pajonales muy tupidos–. Los perros, por el venteo –olfato– lo ubican en su cueva de guinchi, igual que al conejo, y empiezan a acosarlo. El cazador se encarga de darle el garrotazo y echarlo al canasto. Muchas veces los animales salen adelante; “pasan por entre los pies de uno y se van para otro lado; son estratégicos y ariscos”. De nuevo los perros corren detrás de ellos y los rodean, hasta que el cazador logra atraparlos.

El curí es de la misma familia del cuy de Cauca y Nariño, pero es de un solo color, “no tiene ‘injerto’ de variedad de colores”. El curí es silvestre; el cuy es más doméstico.

Los conejos acostumbran encuevarse, en medio de las piedras, cuando se sienten perseguidos por los perros; les gusta, además, hacer gambetas y escaparse a brincos de sus perseguidores. Un cazador experto puede atrapar hasta cinco, en una hora, para un almuerzo. Las patas y orejas se guardan colgadas en la cocina; es un viejo agüero para atraer la buena suerte.

El oso frontino, las águilas reales, los patos de páramo y de torrente; el quiche, el chusque, el pajonal, son otros habitantes del páramo.

Paisaje


Hasta las matas necesitan cobijarse para sobrevivir. El frailejón, con más de 32 especies distintas, sólo crece en el páramo. Tiene una piel felpuda que reviste sus tallos y hojas. Por lo general sus hojas son blancas para reflejar la radiación del sol y así protegerse de sus efectos. Son lentos para crecer. Sólo un centímetro por año. Los que apenas se levantan del suelo pueden tener cinco años. Los altos, como un niño de seis años, setenta centimetros o más. 

Los pantanos de páramo son esponjas muy eficientes: la maraña de restos vegetales que allí se deposita chupa hasta 40 veces su peso en agua. Los pantanos, cubiertos de musgos y plantas que forman cojines flotantes, semejan acuarelas de mil colores: rojos, naranjas, verdes, amarillos, ocres, sobre el espejo limpio del agua. 

La niebla, que viaja impulsada por el viento, es atrapada por la vegetación; especialmente por los musgos, de distintos colores, que cubren como una alfombra mullida casi toda la superficie del páramo, y por los frailejones.

Las lagunas son las fuentes de agua. “Todo nacimiento de quebrada o fuente de agua –‘chorro’, que llamamos nosotros– ‘demanan’ de las lagunas. Por eso las cuidamos como un patrimonio de todos”. 

Vestido

Si hay viento, se ponen el sombrero bien ajustado o amarrado con un cordón. Si no lo hacen, se lo arrebata ese viento helado que quema la cara, que los mantiene con los cachetes colorados.