En la antigua India vivió Yudistira, un rey justo y piadoso. Un día Yudistira, su esposa y sus hermanos decidieron ir a la gran cordillera de los Himalayas a buscar la entrada al cielo.
Se despidieron de su pueblo y partieron. En el camino Yudistira se encontró a un perro sin amo que lo siguió.
A causa de las dificultades del camino, sus hermanos y su esposa murieron por el agotamiento entre las nieves de las altas montañas, pero el perro siguió con él, fiel compañía en su última travesía.
Al llegar a la entrada del cielo, el dios Indra, el rey de los dioses hindúes, le exigió que dejara al perro para que pudiera acceder al más allá, pues los perros no entran al cielo.
Yudistira se negó respondiendo que el perro lo había acompañado durante el largo y difícil viaje, y le dijo que no entraría al cielo si no entraba el perro.
Indra le propuso que solo entrara el perro y Yudistira aceptó el trato. En ese momento el perro mostró su verdadero rostro, el del dios Dharma, padre de Yudistira, quien lo dejó entrar al cielo por haberse mostrado compasivo.