Un día, una mosca y una hormiga se pusieron a discutir sobre cuál de las dos era mejor.
—Te pasas la vida trabajando y caminando por el suelo —dijo la mosca con vehemencia—. En cambio yo vuelo muy alto. ¿Acaso alguna vez has podido pasearte por la cabeza de un rey o una presidenta como yo lo he hecho millones de veces? ¿O por la cabeza de una escritora, un científico, una jueza, un ministro o una actriz? ¿O entre las orejas de los alcaldes de las ciudades más bonitas e importantes, o de las cantantes más famosas y atractivas? Eso tampoco lo has hecho, ¿verdad? Tampoco has probado los platos más suculentos que sirven en los restaurantes famosos o los festivales gastronómicos. ¡Pobre de ti!
La hormiga meditó las palabras de la mosca por un rato y luego le respondió:
—Es cierto que puedes entrar en grandes palacios y mansiones famosas, pero a todos fastidias y te espantan. Aunque te pasees por la cabeza de hombres y mujeres poderosos, de intelectuales y deportistas, también te posas en la basura y los desperdicios. De todas partes te echan, y, si te atrapan, te aplastan. El día menos pensado las pagarás todas juntas. Dicen que hay muchas maneras de matar moscas, y no es ninguna tontería; pronto lo descubrirás. No quiero perder más tiempo charlando contigo, porque debo seguir trabajando para mi comunidad.
Y la hormiga se marchó dejando a la mosca con la palabra en la boca.
