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El molino mágico

El molino mágico

Anónimo, Noruega

 

Hace muchos años, en el norte de Europa, vivían dos hermanos que eran pescadores. El mayor, Chiro, tenía un barco grande, redes nuevas, una bonita casa y era muy acaudalado. En cambio Jun, el menor, era pobre, su barco era pequeño, sus redes eran viejas y, por más que trabajaba, no conseguía lo suficiente para alimentar a su familia.

Una mañana, Jun salió a pescar en su pequeño barco. Después de un día completo en el mar, no pudo pescar nada. Por eso fue a casa de Chiro y le dijo:

—Hermano, he trabajado todo el día y no he pescado ni un solo pez. Por favor, dame un poco de pan para que mi familia pueda comer.

Chiro sacó a Jun de su casa y le gritó:

—¡Vete de aquí! Tienes que aprender a cuidar a los tuyos.

El pobre Jun iba cabizbajo para su casa cuando, en un recodo del camino, se encontró con un viejo de barba blanca. El anciano le dijo con voz dulce:

—Jun, tú eres un buen hombre, por eso he venido a ayudarte. Quiero regalarte este molino mágico.

—¿Y para qué sirve este molino? —preguntó Jun.

—Si giras la manivela a la derecha, puedes pedir un deseo. Cuando quieras que el molino se detenga, debes decirle: “Gracias, molino, ya tengo suficiente”. Luego giras la manivela hacia la izquierda y asunto terminado. Lo único que te pido es que no le cuentes a nadie para qué sirve ni cómo funciona el molino.

El joven pescador le agradeció al viejo el regalo que le había entregado y fue corriendo con su familia para compartir con ellos su nueva fortuna.

A partir de entonces, la vida de Jun cambió. Lo primero que le pidió al molino fue que le moliera una casa nueva. Luego pidió una barca grande, redes nuevas, abundante comida y mucho dinero.

El joven pescador se hizo rico y, como tenía buen corazón, ayudó a todos los pescadores vecinos.

Cuando Chiro se enteró de la riqueza de su hermano, se llenó de envidia y decidió ir a visitarlo:

—Querido hermano, ¿cómo has conseguido tanto dinero? —le preguntó al verlo.

Jun, que recordaba lo que le había dicho el anciano, no le contestó. Así que desde ese día Chiro comenzó a espiarlo para descubrir su secreto.

Una noche vio a Jun, a través de la ventana, justo cuando tomaba el molino y le decía:

—Molino, muéleme un poco de dinero. Quiero repartirlo entre los pescadores que perdieron sus embarcaciones en la tormenta.

El ambicioso de Chiro esperó que su hermano saliera de casa, entró y robó el molino. Luego tomó su embarcación y decidió partir a tierras lejanas para evitar que su hermano lo atrapara.

Pasaron muchos días de travesía y, una noche, una tormenta se llevó parte del equipaje y toda la sal. Así que a la mañana siguiente, cuando Chiro fue a desayunar, notó que a la comida le faltaba sabor. Por eso, sacó el molino que tenía escondido y giró la manivela a la derecha mientras decía:

—Molino, muéleme sal.

El molino comenzó a hacer lo que le habían pedido. Cuando ya tuvo bastante sal, Chiro exclamó:

—Deja de moler, ya tengo suficiente.

Pero el molino seguía moliendo y moliendo. Chiro no sabía que debía girar la manivela hacia la izquierda para detenerlo.

—¡Deja ya de moler sal, maldito molino! —gritaba desesperado.

Pero el molino molía y molía. Primero se llenó de sal el camarote y luego la cubierta. Por último, el barco no pudo soportar tanto peso y se hundió. Y como nadie giraba la manivela hacia la izquierda, el molino siguió moliendo sal.

Es por esto, dicen en el norte de Europa, que el agua del mar es salada.

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