
Hacía varios meses que el ratón de ciudad no visitaba a su primo, el ratón de campo, y lo extrañaba mucho; así que una mañana alistó su maleta y se fue para el campo.
Al llegar a la finca del ratón de campo, el ratón de ciudad respiró el aire puro y se alegró de ver a su primo, que salía a recibirlo.
—¡Primo! ¡Qué sorpresa! —lo saludó el ratón de campo muy contento.
Luego lo invitó a pasar al granero donde vivía y, de inmediato, el elegante traje oscuro del ratón de ciudad se llenó de briznas de paja.
—¡Cuánto polvo y paja hay en este granero! —se quejó el ratón de ciudad sacudiéndose el traje.
—La paja es muy cómoda para dormir —comentó el ratón de campo—. Y un poco de polvo y paja no hacen daño. Pero, primo, debes tener mucha hambre, vamos a comer.
Salieron al jardín y el ratón de campo lo invitó a sentarse a la mesa. Había allí semillas de girasol, unas cuantas migas de pan de centeno y dos cáscaras de nuez llenas de leche.
El ratón de campo comió contento, pero el ratón de ciudad se quejó:
—¡Qué comida tan simple! Deberías ver lo que se come en la ciudad.
—Sí, querido primo, algún día iré a la ciudad y probaré las famosas comidas de allá.
Luego de cenar, se fueron a acostar. El ratón de campo se durmió enseguida, pero al ratón de ciudad le incomodó la cama de paja, que le picaba, y se asustó con unos ruidos extraños que escuchaba. Así que sacudió a su primo y le preguntó:
—¿Qué ruido es ese tan extraño?
—¡Aah! —contestó el ratón de campo bostezando—. Es el canto de los grillos, especial para dormir, ¿no te parece?
—¡Qué fastidio! —se lamentó el ratón de ciudad y casi no durmió en toda la noche.
Al día siguiente, muy temprano, el ratón de ciudad le dijo al ratón de campo:
—Primo, quiero que vengas hoy a la ciudad y conozcas mi casa. Allá podrás ver qué maravillosos platos se comen y cómo se duerme de bien en una cama de plumas.
El ratón de campo aceptó complacido la invitación:
—Tienes razón, primo, ya es tiempo de que conozca la ciudad.
Llegaron a la ciudad a las seis de la tarde, la hora de mayor congestión del tráfico. El ruido de los autos y la cantidad de gente caminando a toda prisa marearon al ratón de campo.
—¡Qué ruido tan ensordecedor! —se quejó el ratón de campo, pero su primo no lo oyó. Iba muy emocionado correteando y comiendo desperdicios que las personas dejaban caer.
—Vamos pronto a tu casa, por favor. No me siento bien —pidió el ratón de campo.
Por fin llegaron a la elegante residencia del ratón de ciudad y, justamente, las personas que allí vivían estaban celebrando una fiesta.
—Estamos de suerte, primo —dijo entusiasmado el ratón de ciudad—. Comeremos exquisiteces, como te anuncié.
Así que se escondieron en la madriguera del ratón de ciudad a esperar que se fueran los invitados. Había un cojín de plumas forrado de seda tan suave que el ratón de campo se deslizaba al suelo cada vez que se encaramaba.
—Muy suave, pero muy incómodo —le dijo a su primo.
Por fin, muy tarde, cuando ya el ratón de campo estaba casi dormido, el ratón de ciudad le dijo:
—¡Despierta! Vamos por nuestro banquete.
Saltaron a la mesa y comenzaron a roer queso de Holanda, jamón de Italia, pan de harina blanca, torta de almendras y pastel de manzana. ¡Pero, cuando apenas habían probado las comidas exquisitas, apareció el gato siamés en la mesa!
—¡Peligro! —gritó el ratón de ciudad y corrió a esconderse en su ratonera.
El ratón de campo no reaccionó rápidamente y la garra del gato alcanzó a arañarle la cola justo cuando entraba a la madriguera.
—¡Qué susto! ¡Y cómo me duele mi cola! —se quejó.
Al día siguiente, el ratón de campo se despidió del ratón de ciudad:
—Primo, muchas gracias por la invitación. Ciertamente la ciudad es emocionante y hay comidas exquisitas, pero también hay muchos peligros y ruidos ensordecedores. Prefiero mis semillas, mi cama de paja y mis grillos. Adiós.
A cada cual lo suyo le parece mejor.