Un día, un ratón muy distraído iba caminando por la selva, cuando, sin darse cuenta, se encaramó por el lomo de un león que estaba echado durmiendo la siesta.
El león sintió cosquillas en el lomo y se rascó.
—¿Qué es esto? —dijo sorprendido cuando tocó al ratón. Luego lo atrapó de la colita con su inmensa garra y se lo acercó a la cara—. Vaya, vaya… —gruñó y abrió sus enormes fauces para comérselo.
El ratón, aunque temblaba de miedo, carraspeó y dijo:
—Señor león, por favor, perdóneme la vida. Algún día yo podré salvarlo.
Al león le parecieron muy graciosas las palabras del ratón y se rio con muchas ganas.
—¡Cómo dices eso! No puedes pretender que algún día tú, un pequeño ratón, pueda salvarme la vida a mí, el rey de los animales —dijo el león—. Pero como me has hecho reír tanto, ratoncillo, te dejaré ir.
Y con una sonrisa en las fauces soltó al ratón, que se escapó corriendo.
Pasaron los meses y el ratón se mantuvo apartado de los territorios del león. Mas un día, a lo lejos, sintió unos aullidos. Siguió los gritos lastimeros y encontró al león atrapado en una red que los hombres habían puesto para cazarlo.
—Señor león —dijo el ratón—, ¿usted recuerda que hace un tiempo le prometí salvarlo? Hoy lo haré.
Así que se puso a roer las cuerdas que ataban al león hasta que logró soltarlo. El león, agradecido, le dijo:
—Nunca pensé que alguien tan pequeño y débil como tú pudiera alguna vez ayudarme, y menos aún salvarme la vida. Muchas gracias.