La liebre siempre estaba apostándoles carreras a todos los animales del bosque para probar su velocidad y poder presumir su rapidez.
Un buen día, la tortuga le dijo a la liebre:
—Oye, ¿apostamos a ver cuál de las dos llega primero al río?
Al oírlo, la liebre se echó a reír.
—¡Estás loca! —exclamó, muerta de risa—. ¡Qué cosas se te ocurren! Eres el animal más lento del bosque y crees que puedes ganarme una carrera. ¡Has perdido el juicio!
—La que llegue primero será proclamada como la más veloz del bosque. ¿Aceptas la apuesta? —replicó la tortuga, muy segura y convencida.
La liebre, al verla tan confiada, pensó en darle una lección y aceptó la apuesta: la que llegara primero al río sería proclamada la campeona de velocidad de todo el bosque.
Los animales se reunieron para ver la carrera y un gallo muy serio dio la salida a las contrincantes.
La liebre sabía que llegar al río no le tomaría más de un minuto. Así que no vio necesidad de apresurarse, por lo que, antes de echar a correr, se detuvo a almorzar en un prado de hierba tierna y jugosa que había por allí. Tan pronto como quedó satisfecha, le entró un sueñito y decidió dormir una siesta plácidamente.
“Si duermo diez minutos —se dijo—, tendré el tiempo suficiente para llegar al río antes de que la tortuga se acerque a la meta”.
La tortuga, por su parte, sin perder un momento, echó a andar a su paso lento y pesado, una patita tras otra, sin detenerse a descansar ni a recuperar el aliento. Y aunque sudaba mucho, no aminoró la marcha.
Entretanto, la liebre, después de la siesta, se encontró con las urracas y las palomas, que estaban contando historias y chismes del lobo, el zorro y el león. Como las anécdotas eran muy graciosas, se divirtió de lo lindo. Al cabo de un rato se dijo que ya era hora de correr hacia el río, pues su retadora debía de estar a punto de llegar a la meta. Y entonces salió disparada como una flecha, dispuesta a recuperar el tiempo perdido.
Pero por más que se esforzó, ya no pudo hacer nada. Mientras ella, la más veloz, se había dedicado a comer, a dormir y parlotear con sus amigas, la tortuga, con su famosa lentitud, le había sacado una ventaja tan grande que consiguió llegar a la meta antes y ganar la apuesta.
Así, la tortuga fue proclamada como la más veloz del bosque.