Hace aproximadamente 3500 millones de años, en el inmenso océano que cubría la Tierra, un grupo de bacterias muy pequeñas y abundantes llamadas cianobacterias adquirieron la capacidad de utilizar la energía del sol, el agua y el CO₂ para producir oxígeno y azúcares, en un proceso que se conoce como fotosíntesis. Este proceso lo heredaron las plantas de la actualidad y se realiza en unas estructuras especializadas llamadas cloroplastos que contienen un pigmento verde conocido como clorofila, que capta la energía del sol. Los cloroplastos, por lo general, se encuentran en el haz de la hoja, es decir, en la parte de arriba.
El oxígeno que resulta de la fotosíntesis se libera a la atmósfera mediante unos pequeños poros llamados estomas, que están ubicados en el envés de las hojas, es decir, por debajo de estas, y que se abren y se cierran para permitir el intercambio de gases: capturan dióxido de carbono (CO₂) del aire y sueltan oxígeno. Además, por los estomas, las plantas liberan agua al ambiente, y cuando hace mucho calor los cierran para no deshidratarse.
Todo este proceso permitió que desde la más remota antigüedad el oxígeno se acumulara gradualmente y creara la atmósfera que hoy protege a todas las formas de vida existentes. Las plantas son importantes, además, porque constituyen la base de la alimentación de la mayoría de los seres vivos, regulan el clima, previenen la erosión del suelo y proporcionan hogar y refugio a innumerables criaturas. Los seres humanos encontramos en las plantas materiales esenciales como madera para construir, fibras para tejer y una vasta cantidad de medicamentos.
