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Álvaro Cogollo Pacheco

Álvaro Cogollo Pacheco

Un naturalista de hoy

Álvaro Cogollo Pacheco nació en 1956 bajo una ceiba bonga, en una pequeña finca llamada Bongo Rico, de una vereda del municipio de San Pelayo, Córdoba. Lo recibió su bisabuela, que era partera. Creció gozando del caño Bugre, un efluente del río Sinú, pescando y bañándose en las pozas, pequeñas piscinas naturales que quedaban cuando descendía de nivel el caño para los meses de diciembre a marzo.

 

Fue un niño curioso y preguntón, que siempre estaba pidiendo explicaciones y aprendiendo de su entorno. Su abuela, yerbatera reconocida, le enseñó sobre las plantas pequeñas y útiles, las que servían para hacer remedios e infusiones y las que se usaban para hacer ensaladas con matas de monte. Su abuelo, en cambio, le enseñó sobre los árboles de la región y sus utilidades en la vida del campo. Sus primeros conocimientos sobre las plantas vinieron de sus abuelos paternos, y sus primeros sueños siempre tuvieron que ver con el saber.

Al vivir en un entorno donde los cultivos y la ganadería eran la fuente de trabajo y sustento, su curiosidad lo llevó a analizar a conciencia el proceso de germinación y crecimiento de plantas como el maíz y el arroz, que abundaban en su entorno, y las interacciones entre insectos y cultivos como el algodón, muy extendido en toda la región.

Cursó algunos años de primaria en la escuela rural de la vereda y de otros municipios de Córdoba, pero en ese entonces se hacía difícil tener continuidad. No fue sino hasta que tuvo 14 años cuando viajó a Montería y terminó su primaria y luego el bachillerato. Pronto se dijo a sí mismo que quería ser agrónomo, por todo lo que sabía de los entornos agropecuarios, y particularmente del cultivo del algodón. Pero a medida que fue creciendo descubrió que lo que más lo apasionaba era la biología, en especial la botánica. Así que un día, en 1977, hizo maletas y se fue para Medellín a estudiar en la Universidad de Antioquia, la única que ofrecía el énfasis en investigación de plantas.

Desde un principio se dedicó en cuerpo y alma a aprender. Se sobrepuso a base de tenacidad a las dificultades económicas y aprovechó la primera oportunidad para entrar a un grupo de investigación botánica. Sus habilidades para moverse en el monte, para estar atento a las diferentes plantas y, valga decirlo, para trepar árboles, hicieron que sus profesores pronto lo empezaran a considerar indispensable para salir a campo y recolectar muestras de las partes altas de los árboles.

Desde entonces su vida ha estado dedicada al estudio de las plantas. Trabajó 38 años en el Jardín Botánico Joaquín Antonio Uribe, de Medellín. Empezó como asistente del herbario y llegó a convertirse en el director científico. Al final de este camino se dedicó exclusivamente a la investigación, su verdadera pasión. Paralelamente a esto fue profesor universitario, publicó numerosos artículos y realizó investigaciones valiosísimas que contribuyeron a que hoy en día conozcamos mucho más de la flora colombiana.

Él ha descubierto más de 150 especies de plantas nuevas para la ciencia en los bosques de Colombia. Alrededor de 21 plantas llevan su nombre porque otros investigadores le han querido rendir un homenaje por ser su maestro o investigador aliado.

Hoy Álvaro sigue siendo miembro activo de la comunidad científica, pero con la sabiduría y la calma que le han dado los años. También volvió al lugar donde creció, a la vereda El Tapón, de San Pelayo, donde adquirió una parcela que ha poblado de plantas útiles y de plantas en peligro de extinción o amenazadas. Su propósito es que todo aquel que vaya pueda aprender algo nuevo sobre el maravilloso mundo de las plantas y de la riqueza de un territorio como Colombia. El niño que alguna vez soñó, hoy sigue soñando con un mejor futuro, uno donde aprendamos a conocer, a amar y cuidar todo lo que nos rodea, porque somos hijos de la Naturaleza y a ella nos debemos.

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