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Gallinazos, cóndores chamánicos, recicladores soberanos

Gallinazos, cóndores chamánicos, recicladores soberanos

“Gallinazo volador, mi caballo se ha perdido, ayúdamelo a buscar si no te lo habéis comido”, dice una copla campesina sobre esta ave que patrulla el cielo desde hace miles de años con su vuelo de superviviente. Y es que lo han resistido todo. Los fósiles de gallinazos más antiguos tienen unos 34 millones de años. Estuvieron aquí mucho antes que los humanos. Estos descendientes de los dinosaurios tenían dientes y, al abrir las alas, medían hasta ocho metros, mucho más que nuestro gallinazo más grande, el cóndor de los Andes, que puede alcanzar unos tres metros.

Los gallinazos son aves de una rica simbología en las tradiciones indígenas, relacionada con la espiritualidad, la Naturaleza y el equilibrio del mundo. Son símbolo de transformación y de renacimiento.

Para los indígenas koguis, por ejemplo, son intermediarios espirituales. Su capacidad para volar alto y alimentarse de carroña los convierte en los ayudantes en la transición de las almas, y de la renovación y regeneración. Su presencia es un recordatorio constante de la importancia del equilibrio ecológico y espiritual.

La comunidad indígena emberá considera al gallinazo el auxiliar del chamán. Para ellos, el mundo se divide en tres submundos: el de arriba, habitado por los muertos, los gallinazos reales y Karagabí, su creador; el intermedio, donde se encuentran Trutuika y espíritus como la Madre del Agua; y el último es el mundo de los humanos. Así que, según sus creencias, el gallinazo sirve de puente al chamán para comunicarse con los muertos y los espíritus.

Para muchas comunidades, los gallinazos son más que simples aves: son figuras esenciales que reflejan sus creencias y valores profundos.

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