La arcilla es uno de los materiales más comunes en el planeta Tierra. Se forma por la descomposición de rocas que contienen un grupo de minerales llamados feldespatos, y pueden tener composiciones muy diferentes; por eso encontramos arcillas blancas, grises, amarillas, rojas y negras en diferentes matices.
Los humanos hemos utilizado las arcillas desde la Antigüedad, pues descubrimos que, cuando se someten a altas temperaturas (desde 600 °C en adelante), se convierten en cerámica. La cerámica es dura y resistente al paso del tiempo, al agua y al calor. Gracias a estas cualidades, desde hace miles de años, culturas de todo el mundo han usado arcillas para representar aspectos sagrados de la vida y para elaborar vasijas, tinajas, vasos, platos, jarras, ladrillos, baldosas, tejas y un sinfín de elementos útiles en la vida cotidiana. Las arcillas están presentes en casi todas partes y, si aprendemos a diferenciarlas, tendremos acceso a una materia prima muy interesante, que nos permitirá divertirnos, afinar nuestras habilidades manuales, crear objetos bellos y útiles, y aprender de un proceso mágico y milenario.
Si prestamos atención, podemos encontrar arcilla fácilmente. En los barrancos que hay a los lados de las carreteras o en lugares donde se pueden apreciar las diferentes capas que nos muestran las estructuras de los suelos. En ocasiones se ve un efecto de craquelado o agrietado, que indica la presencia de altos contenidos de arcilla. También encontramos arcillas en los lechos de quebradas y cuerpos de agua, donde son bastante comunes, pues las arcillas impiden que las aguas superficiales se filtren y se conviertan en aguas subterráneas.
Además, podemos buscarlas haciendo un hueco en la tierra, casi que en cualquier lugar. Generalmente, en la parte más cercana a la superficie encontramos una capa negra, que llamamos humus o tierra de capote. Está constituida por materia vegetal descompuesta o en descomposición. Si tomamos un puñado de esta tierra negra en la mano y le echamos un poco de agua, se deshace. Más abajo de la tierra de capote casi siempre cambia el color de la tierra hacia tonos más claros (generalmente amarillos y rojizos). Para saber si en esta capa la tierra tiene un buen contenido de arcilla, le echamos un poco de agua y la apretamos con las manos: si se deshace, probablemente contiene mucha arena o materia orgánica; si, por el contrario, tiene una textura jabonosa o grasosa, es elástica y se deja moldear, nos encontramos en presencia de arcillas aptas para convertirlas en piezas de cerámica.

Una de las características más importantes de la arcilla es su plasticidad. Esa cualidad que le permite asumir las diferentes formas que le imprimen nuestros dedos o manos sin romperse o agrietarse. Para apreciar la plasticidad de una arcilla es necesario hidratarla, pues si está muy seca se hace polvo. Pero para trabajarla hay que buscar el balance, porque, si está demasiado húmeda, se vuelve muy pegotuda y no se deja moldear.
Otra de las características importantes de las arcillas es la refractariedad, es decir, la capacidad que tienen de soportar la acción del fuego y transformarse con el calor.
La arcilla generalmente viene acompañada de arena. Esta le da estructura y fuerza. También le da refractariedad y la posibilidad de resistir choques térmicos. Sin embargo, un exceso de arena le quita plasticidad y lleva a que las piezas se rompan y no se dejen moldear. Es importante buscar arcillas que cuando las humedezcamos suficientemente:
· Nos permitan hacer una bola consistente.
· Nos dejen moldear una culebrita y hacer un arco sin romperse.
· Nos posibiliten hacer un cuenco o recipiente pequeño sin rajarse.
Si una arcilla nos permite hacer estas tres cosas, es una buena arcilla para trabajar.