Había una vez un rico y prudente mercader que antes de hacer un largo viaje quiso tomar precauciones para asegurar su dinero. Así que le pidió a su mejor amigo que le guardara un cofre con monedas de oro, que era toda su fortuna.
Pasaron varios meses, el viajero volvió y lo primero que hizo fue ir a recuperar su tesoro. Pero le esperaba una gran sorpresa.
—¡Te tengo malas noticias! —le anunció su amigo—. Guardé tu cofre con las monedas de oro bajo siete llaves en el sótano de mi casa, sin saber que había ratas en ese lugar. ¿Te puedes imaginar lo que pasó?
—No. ¿Qué sucedió? —preguntó el mercader.
—Las ratas agujerearon el cofre y se comieron todas las monedas de oro. ¡Esos animales son capaces de comerse cualquier cosa!
—¡Qué desgracia! —se lamentó el mercader—. Estoy completamente arruinado, pero no te sientas culpable, ¡todo ha sido por causa de esa plaga de ratas!
Antes de marcharse, invitó a su amigo a comer en su casa al día siguiente, pero al salir y pasar por los establos, sin que nadie lo viera, se llevó el mejor caballo que encontró.
Al día siguiente, el invitado llegó con cara de disgusto.
—Disculpa mi mal humor —dijo—, pero estoy muy triste porque desapareció mi mejor caballo. Lo busqué por todos lados y no lo encontré. Parece que se lo ha tragado la tierra.
—¿Eso es posible? —dijo el mercader, simulando inocencia—. ¿No se lo habrá llevado la lechuza?
—¿Por qué dices eso? —repuso el invitado.
—Anoche, a la luz de la luna, vi volar una lechuza llevando entre sus patas un hermoso caballo.
—¡Qué tontería! —dijo enojado el invitado—. ¿Dónde se ha visto que un ave tan pequeña pueda volar cargando un animal que pesa cientos de kilos?
—En un pueblo donde las ratas comen oro, todo es posible —afirmó el mercader—. ¿Por qué te asombra que las lechuzas roben caballos?
El amigo, rojo de la pena, confesó que le había mentido. Así que devolvió las monedas de oro a su dueño y el caballo volvió a su establo.
Hubo disculpas y perdón. Y hubo un tramposo que supo lo que es caer en su propia trampa.