
Érase una vez una familia formada por una pareja, su hijo de nueve años y el abuelo.
El abuelo era anciano y había pasado toda la vida en el campo, trabajando de sol a sol con sus manos. Pero tanto y tan prolongado esfuerzo le había ocasionado una dolencia: sus manos temblaban como las hojas de un árbol bajo el viento.
A pesar de sus esfuerzos, a menudo los objetos se le caían de las manos y se hacían añicos al dar contra el suelo. Y durante las comidas no lograba llevarse la cuchara a la boca, por lo que su contenido se derramaba sobre el mantel. Para evitarlo, procuraba acercarse el plato, pero este solía terminar hecho pedazos sobre las baldosas del comedor. Esto lo hacía sentir muy mal y pedía disculpas cuando le ocurrían tales contratiempos.
La madre limpiaba rápidamente y disimulaba tanto como le era posible para no avergonzarlo.
—No te preocupes, papá. Esto le puede ocurrir a cualquiera —le decía mientras le acariciaba suavemente las manos. Y luego recogía los pedazos del suelo tan discretamente como podía.
Pero el esposo de la mujer no tenía los mismos sentimientos. Estaba muy molesto por los temblores del abuelo. Así que una noche tomó una decisión que sorprendió y contrarió al resto de la familia: el abuelo debía comer en un rincón, lejos de la mesa del comedor, y usaría un plato de madera; de esta forma no mancharía los manteles ni rompería la vajilla.
Desde ese día, el abuelo comía en un rincón del comedor con su plato de madera. Movía suavemente la cabeza con resignación y de vez en cuando se enjugaba las lágrimas que le resbalaban por las mejillas.
Una tarde, después de varios días, cuando el yerno volvió a su casa, encontró a su hijo enfrascado en una misteriosa tarea: el chico trabajaba afanosamente un pedazo de madera con un cuchillo de cocina. Iba sacando virutas con mucho cuidado como un hábil carpintero. El padre lo observó unos instantes y, lleno de curiosidad, le preguntó:
—¿Qué estás haciendo, hijo? ¿Es una tarea que te han mandado en la escuela?
—No, papá —respondió el niño.
—¿Es un regalo para mamá? —insistió el padre.
—Tampoco es un regalo —contestó el chico sin levantar los ojos.
—Entonces, ¿de qué se trata?
—Papá, te estoy haciendo un plato de madera para cuando tú seas viejo y te tiemblen las manos.
Y así fue como el hombre aprendió la lección y, desde entonces, el anciano volvió a sentarse a la mesa con toda la familia.