En un bosque frondoso y profundo trabajaba un leñador, quien cada día recolectaba madera suficiente para llenar su carreta y venderla en el pueblo.
Una mañana se acercó a un majestuoso roble que se erguía en la mitad del bosque con la intención de tumbarlo. Afiló su hacha, y ya estaba a punto de dar el primer golpe cuando oyó una voz que salía de adentro del árbol:
—Detente, leñador, ¿qué te he hecho para que me quieras quitar la vida? ¿No sabes que soy un ser vivo, como tú?
—Necesito tu madera, pues yo la vendo para vivir —respondió el leñador.
—¿No tienes límite? ¿Y la madera de todos los árboles que ya cortaste?
—También necesito la tuya. Pero para que puedas seguir viviendo, solo te quitaré un brazo.
—Uno solo de mis brazos te dará muy poca madera. Cada día querrás venir por otro, y por otro, hasta que acabes conmigo. No me cortes.
—Necesito tu madera para poder vivir.
—Pero, hombre, ¿qué harías si en este momento apareciera un lobo y te dijera “Dame uno de tus brazos, tengo hambre”?
—Echaría a correr.
—¡Tonto! El lobo es más veloz que tú, perderías la carrera.
—Entonces me treparía a tus ramas.
—Y yo te salvaría gustoso. Además, no olvides que con mis ramas y mi follaje protejo la tierra y las aguas. Y sin mí el aire que respiras estaría contaminado y te enfermarías. ¿Ya ves cómo me necesitas?
El leñador se quedó pensativo y luego le respondió:
—Tienes toda la razón, roble. Perdóname por no haberme dado cuenta de los beneficios que me brindas. Adiós.
—Gracias, amigo. Que seas muy feliz —respondió el gran roble.
