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La liebre y el león

La liebre y el león

Esopo, Grecia

 

Una vez, en un bosque muy lejano, todos los animales se pusieron de acuerdo para seleccionar al azar cuál sería el almuerzo del león cada semana. De esta forma, el león no saldría a cazar, no los perseguiría y podrían vivir muy tranquilos. Así, semanalmente, los animales hacían una rifa para seleccionar a quién le tocaría ser el almuerzo del león.

Un buen día, una liebre muy astuta ganó la desafortunada lotería y trazó un plan para escaparse de la muerte. Primero, caminó muy lentamente a la cueva del león y llegó tarde a la cita.

El león tenía un hambre enorme y se enfadó mucho por el retraso. Al ver llegar a la liebre, hecho una fiera, le preguntó por el motivo de su tardanza, a lo que ella respondió:

—Señor león, cuando venía hacia su cueva para cumplirle la cita, me encontré con otro león. Él me dijo que el rey de esta comarca era él y no me quería dejar pasar. Así que tuve que correr y esconderme entre los arbustos, y luego esperar que se cansara de buscarme. Por eso tardé tanto.

El león le creyó toda la historia a la liebre y se enfureció. Enseguida le ordenó que lo llevara a donde estaba ese león tan atrevido que decía ser el rey del lugar.

La liebre condujo al león hasta un paraje en el que el río era muy profundo y había una corriente muy fuerte que arrastraba piedras y troncos. Al llegar, le pidió al león que se acercara y se asomaron con cuidado en el río. La silueta de ambos se reflejó en la superficie del agua.

—¿Lo ve, mi señor? —dijo la liebre—. Ese es el león, ahí, en el agua.

El león creyó que su reflejo era otro león y muy furibundo se tiró al río para luchar contra el intruso. Pero la corriente era tan fuerte y el río era tan hondo que el león no pudo nadar y murió ahogado. Así, la liebre, gracias a su astucia, salvó su vida.

 

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Ilustración de Carolina Bernal C.

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