Shah Khan, un joven labrador, vivía con su esposa en una pequeña aldea de la India. Tenían una hija pequeña, la hermosa Indra, a la que ambos querían mucho. Una tarde, cuando regresaba de trabajar, vio entre la maleza a una pequeña mangosta, un animal de patas cortas y larga cola, muy común por la región. Le fascinó su cuerpecillo largo y esbelto, con pelaje brillante y suave, y el par de ojos inteligentes que lo miraban. Pensando que podría ser una excelente mascota para su hija, la llamó:
—Ven, acércate.
Desconfiado, el animalillo se alejó, pero el labrador lo atrajo con trocitos de pan. La mangosta se acercó a comer y, al sentir que las ásperas manos del labrador la acariciaban, supo que no debía temer. Así que Shah Khan la tomó y la metió en el bolsillo de su camisa. Cuando llegó a casa se la mostró a su esposa y a Indra.
—Ya somos más en la familia Khan, les presento a nuestra nueva mascota.
Madre e hija saludaron con ternura a la mangosta, a la cual llamaron Kali, y desde aquel día convivieron muy felices con ella. Indra y Kali crecían poco a poco como grandes compañeras de juego.
Meses después, la mañana de un soleado sábado, la señora salió al mercado para comprar fruta y verdura, y dejó a Indra acostada en su cuna. Como su esposo no estaba en casa ella se fue un poco inquieta, pues no se sentía segura dejando sola a la pequeña Indra con la mangosta. “Después de todo, es un animal salvaje”, pensó.
Media hora después, cuando volvió de sus compras, vio que la mangosta estaba fuera de la casa. Se veía muy inquieta y tenía gotas de sangre junto al hocico. Por la mente de la señora pasaron mil ideas: “Seguro le hizo daño a la niña con sus filosas garras. Nunca confié en este animal, ¡qué tonta fui al dejarlas solas!”. Dominada por una mezcla de furia y angustia, alzó la canasta para arrojarla contra la mangosta y matarla, pero alguien la detuvo. Era Shah Khan que había vuelto y se había dado cuenta de lo que estaba pasando.
—Déjame darle su merecido a este bicho —gritó la señora.
—Cálmate, querida, entremos primero a la casa para ver qué fue lo que sucedió —respondió Shah Khan, mientras la mangosta se alejaba corriendo por el campo.
—Entra tú solo, a mí me da mucho miedo.
El marido entró y vio que la pequeña Indra dormía plácidamente en su cuna, sin un solo rasguño. “¿Qué habrá pasado?”, se preguntó. Al instante escuchó un ruido en el suelo: una peligrosa serpiente malherida se arrastraba con dificultad. Entonces lo entendió todo: la mangosta había luchado contra la serpiente para salvar a Indra.
Salió de la casa y le explicó a su esposa lo que había sucedido.
—Torpe de mí —dijo ella—. Estuve a punto de acabar con Kali, a quien debemos la vida de nuestra hija.
A partir de ese momento, la mujer del labrador siempre tuvo presente lo importante que es observar y pensar las cosas antes de actuar impulsada por el miedo y la violencia.