La zorra siempre había pensado que la cigüeña era muy boba y, un día, decidió hacerle una broma para demostrar su teoría. Así que la invitó a cenar a su casa, preparó una rica comida y la dispuso sobre una mesa bien adornada.
Cuando llegó la cigüeña, sintió unos deliciosos aromas que le abrieron el apetito. Pero cuando se sentaron a la mesa, se dio cuenta de que la zorra había puesto todos los manjares en platos grandes y muy planos, y ella no podía comer nada con su pico largo y fino. Sin embargo, no dijo nada.

Cuando la zorra terminó de comerse toda la cena, la cigüeña le agradeció la invitación y se fue. La zorra, apenas cerró la puerta, soltó la carcajada y se echó al suelo a reírse.
Unas semanas después se encontraron cerca del estanque y la cigüeña invitó a la zorra a cenar. La zorra aceptó inmediatamente y se fue a su casa sonriendo mientras pensaba: “Esta cigüeña es muy boba, está muy agradecida por la invitación que le hice”.
La cigüeña también se esmeró en preparar una comida exquisita. La zorra llegó puntual y se le hizo agua la boca al sentir los tentadores olores que venían del comedor. Pero cuando se sentaron a la mesa, la zorra se dio cuenta de que todo estaba servido en frascos de largo y fino cuello, donde solo cabía el pico de una cigüeña, y no el hocico de una zorra.
La cigüeña comió con apetito y, cuando estuvo satisfecha, dijo:
—¿Qué opinas de la cena? Es una comida tan sabrosa como la que tú me preparaste.
