Cada año, en una lejana ciudad de la India, se celebraba un concurso para premiar al agricultor que cultivara las mejores mazorcas de todo el valle. Cientos de campesinos se preparaban para lograrlo, pues quien ganaba vendía toda su cosecha a la ciudad.
Algunos pensaban que la clave era la tierra donde se sembraba y otros creían que se trataba de utilizar misteriosos fertilizantes, pero ninguno compartía sus secretos. Sin embargo, los resultados de sus esfuerzos no eran tan buenos: las mazorcas resultaban pálidas, pequeñas o secas.
Llegó el día del concurso y se presentaron varios agricultores. A todos les sorprendió la participación de un joven campesino, Avediz, a quien nadie conocía. Y lo que más les llamó la atención fue el bulto de mazorcas que llevaba consigo, pues eran grandes, con granos jugosos y dorados: el maíz ideal con el que todos habían soñado.
Al hacer su evaluación, el jurado no dudó en reconocer que las mazorcas de Avediz eran las mejores y le otorgaron el primer premio, que consistía en una medalla y un diploma. Pero lo más importante era que tanto las autoridades de la ciudad como las de los pueblos del valle se comprometían a comprar solo las mazorcas de Avediz.
Cuando Avediz fue llamado al frente para recibir el premio, se acercó cargando un pesado costal. Mientras tanto, los demás agricultores pensaban con preocupación qué harían con su maíz de baja calidad y dónde lo podrían comercializar. La voz de Avediz los sacó de sus reflexiones.
—Por favor, todos formen una fila —les solicitó.
Los campesinos creyeron que Avediz les mostraría la calidad de sus mazorcas y solo algunos se acercaron. Cuando la fila tenía unas diez o doce personas, Avediz metió la mano al costal y comenzó a sacar pequeñas bolsas que entregaba a cada uno. En ellas había varias semillas del maíz que él había cultivado.
Uno de los miembros del jurado se acercó intrigado y le preguntó:
—¿Te has vuelto loco? Si les das esas semillas, todos tendrán un maíz igual al tuyo y perderás un gran negocio.
Avediz le contestó:
—La calidad del maíz depende del polen que el viento y los insectos llevan de un lado al otro. Como todos nuestros maizales están en el mismo valle, es muy posible que en mi plantío pronto crezca el maíz de baja calidad que todos cultivan. En cambio, si yo les doy estas semillas, todos tendrán una excelente cosecha y la mía no perderá calidad. En otras palabras, yo solo puedo estar bien si todos estamos bien.
Pasó el tiempo y el valle cobró fama por su excelente maíz y la generosidad de sus habitantes.
