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Un buey llamado Hermoso

Un buey llamado Hermoso

Anónimo, Bután

 

En Timbu, la capital de Bután, hace muchos siglos nació un tierno becerro. Le pertenecía a Amir, un hombre rico que lo llamó Hermoso.

Amir lo cuidaba con mucho esmero y lo alimentaba con lo mejor.

Cuando Hermoso se convirtió en un buey grande y fuerte, pensaba con gratitud: “Mi amo me dio todo. Me gustaría agradecer su ayuda”.

Así que un día le propuso:

—Mi señor, busca a algún ganadero orgulloso de sus animales y dile que yo puedo tirar de cien carros cargados.

Amir aceptó y visitó a un mercader, con el que apostó mil monedas de oro.

El día de la prueba, el mercader le amarró al buey cien carros llenos de arena para que fueran más pesados.

Amir se subió al primero y no resistió el deseo de darse importancia ante quienes lo veían. Entonces hizo sonar su látigo y le gritó a Hermoso:

—Avanza, animal tonto.

Hermoso pensó: “Nunca he hecho nada malo y mi amo me insulta”. Así que permaneció en el lugar que estaba sin moverse y se resistió a tirar.

El mercader sonrió y pidió el pago de las monedas.

Cuando volvieron a casa, Hermoso le preguntó a Amir:

—¿Por qué estás tan triste?

—Perdí mucho dinero por ti.

—Me pegaste con el látigo y me llamaste tonto. ¿Por qué? ¿Alguna vez te he hecho daño? —preguntó Hermoso.

—No —respondió el amo.

—Entonces, ¿por qué me ofendiste? La culpa no es mía, es toda tuya… Pero como me da pena verte así, vuelve con el mercader y apuesta de nuevo: que esta vez sean dos mil monedas. Eso sí, solo usa conmigo las palabras que merezco.

Amir volvió a donde el mercader y le propuso una nueva apuesta. Este la aceptó pensando que volvería a ganar.

Al día siguiente, todo estuvo listo para la nueva prueba. Cuando llegó el momento en el que Hermoso debía tirar de los carros, Amir le tocó la cabeza con una flor de loto y le dijo:

—Hermoso, ¿podrías hacerme el favor de jalar estos cien carros?

Hermoso obedeció de inmediato y con gran facilidad los arrastró, como si estuvieran cargados de plumas.

El mercader, sorprendido por lo que acababa de pasar, pagó las dos mil monedas de oro, y quienes presenciaron la sorprendente proeza de Hermoso llenaron al buey de mimos y obsequios.

Amir, mucho más que el dinero, apreció la lección de humildad y respeto que había recibido, y la recordó toda su vida.

 

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Ilustración de Carolina Bernal C.

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