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El invitado de honor

El invitado de honor

Anónimo, Medio Oriente

 

En una ocasión, Nasrudín fue invitado a una celebración en el palacio del gobernador. Así que aquel día, desde temprano, mientras labraba su plantío de higos, imaginaba lo bien que iba a pasar en esa maravillosa fiesta.

Pero se concentró tanto en su trabajo que cuando se dio cuenta, se le había hecho tarde para arreglarse. No le daba el tiempo para ir a su casa y cambiarse, pues la impuntualidad irritaba al gobernador. Entonces decidió presentarse con su ropa de labranza, toda salpicada de polvo. Ni siquiera alcanzó a lavarse la cara ni las manos.

Cuando llegó al palacio, los invitados conversaban animadamente. Pero nadie se acercó a saludarlo, nadie le dirigió la palabra ni nadie le pidió su opinión sobre los temas que discutían. Ni siquiera el gobernador le prestó atención. Y, a la hora de servir la cena, lo hicieron sentarse en el punto más distante del salón.

Nasrudín meditó por un segundo y sigilosamente salió del palacio y se dirigió a su casa. Tomó un buen baño con jabón y agua caliente, se puso sus nuevos pantalones bombachos, una hermosa camisa de seda y un turbante color rubí. Para completar su atuendo se engalanó con su largo abrigo de piel, una prenda costosa y llamativa. Cuando estuvo listo, fue de nuevo a casa del gobernador.

Los sirvientes lo hicieron pasar inmediatamente a la sala de banquetes y lo sentaron a la derecha del anfitrión. El gobernador, sin conocerlo, le preguntaba su opinión sobre cualquier cosa.

Los meseros le servían ricos manjares, pero, para la sorpresa del gobernador, Nasrudín tomaba esas delicias y las depositaba en los bolsillos de su abrigo diciendo:

—Come, querido abrigo, come.

Los invitados lo miraban sorprendidos.

—¿Por qué haces eso? —preguntó el gobernador.

—Le estoy dando de comer al invitado de honor —respondió Nasrudín.

—¿Acaso has perdido el juicio? —objetó el gobernador.

—No. Hace rato, cuando vine con mi ropa de trabajo, nadie me prestó atención. Ahora que traigo este abrigo, todos son amables. Yo sigo siendo el mismo, así que la diferencia de trato solo se explica por el abrigo. Por eso creo que él es el invitado de honor.

 

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Ilustración de Carolina Bernal C.

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