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Tío Tigre y Tío Conejo

Tío Tigre y Tío Conejo

Anónimo, Suramérica y Las Antillas

 

En una soleada mañana, Tío Conejo recolectaba zanahorias para preparar su comida preferida, cuando escuchó un fuerte rugido que lo asustó. Era Tío Tigre, que estaba buscando algo para comer. Tío Tigre era un felino grande y fuerte, que atemorizaba a los animales pequeñitos del monte, pero no al astuto Tío Conejo, conocido en todas partes por su ingenio.

Al ver a Tío Conejo, Tío Tigre exclamó:

—¡Te encontré, Tío Conejo! No podrás escapar de mí esta vez. Serás mi comida de hoy.

Como Tío Conejo no estaba dispuesto a dejarse comer, comenzó a pensar en una solución. Miró alrededor, y al ver unas grandes rocas en la cima de una colina tuvo una idea. Entonces le dijo a Tío Tigre:

—Yo soy una presa pequeña y con poca carne. Siendo tú tan grande y fuerte, ¿por qué quieres comerme cuando puedes obtener un banquete más suculento? En la cima de la colina veo que hay un rebaño de vacas pastando. Puedo subir hasta allá rápidamente y empujar una novilla para que ruede hasta ti.

Tío Tigre alzó la mirada y, como la luz del sol le daba directo en los ojos, solo pudo divisar la sombra de unos bultos a lo lejos. Creyendo en las palabras de Tío Conejo, aceptó la oferta.

Ni corto ni perezoso, Tío Conejo subió a la colina y arrastró una de las pesadas rocas hasta el borde del precipicio, y desde allí le gritó a Tío Tigre:

—¡Tío Tigre, abre los brazos para que agarres a la novilla!

Entonces el gran y feroz Tío Tigre abrió sus brazos y la roca le cayó encima, dejándole un enorme chichón en la cabeza que le impidió cazar por varios días.

Y una vez más, a Tío Conejo lo salvó su astucia, y no la fuerza bruta.

 

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Ilustración de Carolina Bernal C.

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